viernes, 2 de abril de 2010

La cabeza de mi padre

En La cabeza de mi padre, Kalman Barsy nos presenta a una familia húngara que emigra a Argentina. Y a continuación relata de que manera afecta esa nueva vida a cada uno de sus miembros.

Zoltán, el padre, transmutado en Zoilo, añorará hasta el fin de sus días los picantes sabores culinarios que la esforzada madre no puede reproducir con los ingredientes locales. El hijo mayor, Laci, de espíritu aventurero, se convertirá en el modelo cuya memoria planea sobre su hermano Attila. Y este, el narrador, favorablemente dispuesto a las costumbres del país de acogida, será no obstante considerado con displicencia por quienes consideran que "húngaro" y "gitano" vienen a ser lo mismo.

Una novela estimable que gira alrededor de dos ideas: el sentimiento de pertenencia a un lugar y la falta de reconocimiento a los esfuerzos cuando se vive bajo la sombra de alguien más popular. Tiene momentos especialmente bien resueltos, como cuando el padre decide visitar a Evita para que financie la fabricación de un invento suyo. Dado que aún no domina el idioma, se hace acompañar por Attila como intérprete, y el niño, que está aprendiéndolo mediante tiras cómicas del pato Donald, traduce a su particular e imaginativa manera. Como consecuencia, la atónita prócer entiende que le está pidiendo... una bicicleta.

Hay que decir además que el propio autor tiene una biografía movidita, así que escribe con cierto conocimiento de causa. Barsy nació en Hungría, de donde se trasladó tempranamente con sus padres a Austria, y más tarde a Argentina. A los veintiún años quiso seguir conociendo mundo, por lo que se dirigió primero a los Estados Unidos y luego a Francia, de vuelta a tierras australes y más tarde al norte, a Puerto Rico, donde enseña actualmente en la universidad.

Para todos, a un lado y otro de la mar, un saludo.



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6 comentarios:

Daniel Os dijo...

Realmente interesante este artículo. Me identifican y me seducen mucho las contradicciones nomencladoras del argentino. Pasan las décadas y lejos de corregir las fallas, las convierte en idiosincracia y en diversión.

El italiano es tano (por napolitano, aunque venga de Palermo o Roma), el norteamericano es yanqui, el francés franchute, el boliviano bolita, el paraguayo paragua, el uruguayo yorugua y el argentino ama con insana locura a su tierra aunque renuncia a ella todos los días.

Muy buen espacio, Mannelig. Llegué acá por recomendación del amigo Pablo Franko, y veo que no se ha equivocado.

Un fuerte abrazo,
D.

Luis dijo...

Como siempre, interesante tu recomendación. La anoto en mi lista de libros recomendados que poco a poco voy solicitando en mi biblioteca de barrio.
Un fuerte abrazo amigo.

Lua dijo...

Me dieron muchas ganas de leer el libro, seguimos siendo así,
tal cual,
abrazo de este lado del charco!.

alex dijo...

Tiene que ser una historia bonita y simpática, tierna y dulce. Uf, yo no se si sería capaz de vivir lejos de mi tierra. Imagino que llegado el momento tendría que hacerlo, pero me costaría un mundo.

Un beso cielo

Kutxi dijo...

Tomo la recomendación y agradezco esta reseña más que interesante.

Un abrazo,

Estonetes dijo...

Interesante tu blog, apunto varias referencias. Te leo.