miércoles, 17 de marzo de 2010

Hormiguero

Hoy tenemos una hermosa novela de Margit Kaffka: Hormiguero.
Las dos muchachas adultas, recostadas contra el tronco, estallan en una risa cómplice.
–¿La has visto?
–¿Qué le habrá pasado a la Vieja? ¿Se ha producido un milagro? ¿O se ha vuelto loca?
–Qué va. Mira el camino. ¿Quién viene por allí?
–Claro, es Virginia, ya lo comprendo. El amor convierte al tigre en paloma.
–¡Deja de decir estas cosas, que las detesto!
Lo dice una muchacha de pelo moreno, ondulado, de figura esbelta y de una belleza extraña, luego se estrecha contra la otra. Es una rubia de cara suave, redonda, de mirada inteligente, con pechos y caderas de mujer. Las dos son del último curso.
–Qué sorpresa, mi pequeña –dice alegremente la rubia–. Sólo hace dos años que ibas corriendo detrás de la bella sor Bernarda.
–Sí, pero aquello fue entonces. Una lleva encerrada aquí años y años, pues se mortifica como puede, y es que tenemos mucho corazón o fantasía, como tú dices. A una, sin querer, se le pegan esas estupideces. Pero tú llegaste el año pasado y me has quitado los pájaros de la cabeza.

Publicada por primera vez en 1917, la acción tiene lugar en el interior de un convento de monjas. Allí coinciden hermanas de todos los rincones del Imperio Austro-Húngaro, con sus respectivas lenguas y costumbres, así como jóvenes novicias y alumnas de magisterio. Los únicos hombres con quienes tienen un trato habitual visten sotana.

Asistimos en ese escenario a la enfermedad de la madre superiora, ya anciana y que habrá de ser pronto sustituida en asamblea. Subrepticiamente al principio, y de forma declarada según se acerca el momento de las votaciones, se van formando bandos que empujan en favor de una modernización acorde a los tiempos, o abogan por mantenerse en las tradiciones.

Y el apoyo a uno u otro grupo tiene mucho que ver con las admiraciones que despiertan las candidatas. Unas simpatías que se demuestran en detalles sutiles: miradas, susurros, sonrisas, roces con la mano. En su micromundo, esas mujeres experimentan las mismas emociones básicas que el resto de la humanidad.

Porque los afectos pueden ser arrinconados, pero no es tan fácil hacerlos desaparecer.
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3 comentarios:

Ivan Ignacio dijo...

Parece interesante el libro. Muy buen análisis

Carlos Galeon dijo...

Por fortuna, existe una mentalidad más abierta sobre determinados temas convertidos en tabú por las religiones. De todos modos, creo que aún queda mucho camino por recorrer para que seamos capaces de admitir de una manera franca y sin complejos, la diversidad del ser humano. Un abrazo.

jozko dijo...

Vaya, Mannelig, gracias a tu entrada me he enterado de que han traducido a Margit Kaffka al español. Me has dado una alegría. Había leído solo un fragmento del libro, pero me gustó mucho.

Gracias.

Un saludo desde Budapest