miércoles, 10 de febrero de 2010

Cuentos de los vikingos

Noche del sábado, de vuelta a casa. Llegué a tiempo de tomar uno de los últimos metros, me senté cómodamente, encendí el reproductor portátil de música, me puse los auriculares y saqué un libro del bolsillo del chaquetón: Cuentos de los vikingos. En suma, las circunstancias perfectas para el camino.


Enfrascado en las andanzas de unos alegres muchachuelos que hendían cascos y cotas de malla con la facilidad que suelen proporcionar las espadas mágicas forjadas por enanos de la montaña en la sangre de un dragón, apenas me fijé en unas alegres muchachuelas que subieron en la siguiente parada. Eran cuatro, dos se sentaron enfrente y otras dos a mi vera.

Leyendo, leyendo, leyendo... Sigo leyendo... Empiezo a tener alguna que otra dificultad... Se hace una tarea complicada, ardua, imposible...

Hasta que tuve que parar. La razón, una cabeza llena de pelo que se interpuso en mi línea visual. No es que se acercara con disimulo, no, es que se inclinó hasta colocarse entre el libro y yo. Deduje de ello dos cosas: la primera, que su dueña se interesaba por las sagas medievales. La segunda, que no llevaba puestas las gafas.

Bueno, también deduje que el contenido del vaso que llevaba en la mano, de color naranja, no necesariamente era cien por cien zumo.

Por supuesto, para facilitarle entrar en el contexto de la lectura le mostré la portada. Incluso me despojé del auricular derecho, con lo que pude escuchar su comentario: «Aaaaah, sí, me gustan mucho los vikingos». Después les dijo algo que no distinguí con claridad a sus acompañantes, las cuales estiraron los gráciles cuellos y asintieron.

De manera que, sosteniendo el volumen en un ángulo tal que nos permitiera a ambos el disfrute de su contenido, proseguimos viaje. El único problema residía en la velocidad para pasar páginas, ya que en alguna ocasión me pidió volver atrás. Por ejemplo, cuando Gunhilda, la hija del rey, le prometía a su amado que aunque perdiese la vida en el duelo que se avecinaba no pensaba casarse de ninguna de las maneras con su rival, un berserk apto sólo para la bulla y la rapiña.

Finalmente, el convoy entró en la estación donde nuestros caminos se bifurcaban. Conmovido, le regalé el libro a la joven y me apeé.

Quizá debiera haber besado su mano...
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5 comentarios:

Winnie0 dijo...

¡Curiosa anécdota! La acción buena del día...jaja regalar el libro...Besos

Netomancia dijo...

De ahora en más le dir Sir Mannelig.
Me gustó su gesto y su forma de actuar.

Mai Puvin dijo...

Todo un caballero, te comportaste de maravillas!... De todas maneras, ya sé como actuar cuando te encuentre en el metro, mi casa está ordenada!

Contame otra de vikingos...

Besos!

La Dame Masquée dijo...

Oh, monsieur, que detalle exquisito el suyo! Es usted uno de esos caballeros de brillante armadura. Supera con creces a Sir Lancelot y a todos los demas.
Y a mi que no me gustaba el metro!
Era que lo habia probado poco.

Buenas noches, monsieur

Bisous

Lua dijo...

Uy,
caigo rendida a los pies
de cualquier ser
tan maravilloso
capaz de compartir un par
de páginas de su libro
con una borracha de pelo desordenado.
Para luego regalárselo!
Te sigo.