miércoles, 20 de enero de 2010

Cenizas

Mana fuego de la tierra. Respiro fuego. Me quemo por dentro, lentamente.

Dicen que quien nada espera, nada puede perder.

Por eso anhelo deshacerme de la esperanza. Por eso sueño con no soñar.

Mientras tanto, avanzan imparables las cenizas.

No lo conseguiré.



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domingo, 17 de enero de 2010

Maldito karma

Acumular buen karma, haciendo felices a los demás, es fundamental para asegurarnos una satisfactoria reencarnación, en nuestro largo camino en pos del nirvana. Porque la ausencia de buen rollito podría causar que volviéramos a nacer con seis patas, dos antenas y un gran abdomen, por ejemplo. Y la existencia en esas condiciones no es la más cómoda imaginable. Que se lo pregunten a Casanova. O a Kim Lange.
De las memorias de Casanova: En toda mi triste vida de hormiga, sólo se cruzaron en mi camino tres personas reencarnadas. La primera fue el temible Gengis Kan. Según me contó, ya arrostraba unas cuantas vidas, alguna como pulga del cerdo. Oírlo me divirtió mucho. Pero mis carcajadas le hicieron temblar de cólera: «Antes habría ordenado que te tiraran en aceite hirviendo. Pero ahora soy más pacífico.» Dicho esto, hizo un nudo gordiano con mis antenas. A partir de entonces, evité en lo posible cruzarme en el camino del «pacífico» Gengis. La segunda persona reencarnada que conocí fue una hormiga que se me presentó como Albert Einstein. Albert se tomaba su destino con paciencia y no cesaba de señalar que, por lo visto, el universo era mucho más relativo de lo que él había considerado posible. Y la tercera persona reencarnada con la que pude entablar amistad siendo un insecto fue madame Kim. El ser que cambiaría radicalmente mi lastimosa existencia.

En Maldito karma, David Safier nos ofrece conocer mejor a ambos personajes. Kim es una presentadora de debates en televisión, casada con Alex, un hombre encantador, y madre de una niña pequeña, Lilly. Sus éxitos profesionales, coronados con una nominación al premio más prestigioso del ramo, colman cualquier ideal que una chica crecida entre bloques de cemento prefabricados en Alemania del Este hubiera podido soñar.

Cierto que su relación de pareja se encuentra algo deteriorada, pues no se sube en la escala social sin hacer renuncias en lo personal. Cierto también que ha pisado unas cuantas cabezas en esa ascensión, y que despierta por lo tanto pocas simpatías entre sus colaboradores. ¿Pero qué importa? Va a llevar un vestido exclusivo de Versace en la entrega de galardones, y hasta podría disfrutar de una sesión de sexo supercalifragilisticoespialidoso más tarde, con el deseado presentador de informativos Daniel Kohn. Perfecto, todo perfecto.

Si no fuera porque el lavabo de una estación espacial rusa fuera de órbita, al precipitarse sobre la Tierra, la pilla justo debajo. Y cuando abre de nuevo los ojos, es el colmo: se ha reencarnado en una hormiga, con la natural indignación hacia Buda y sus estúpidas reglas. ¿De qué manera volverá al mundo de los humanos? ¿Qué pasos seguirá para ganar puntos? Parece que va a necesitar la ayuda de otro insecto con más experiencia, ciento quince vidas ya, y motivos más que suficientes para quejarse de su actual cuerpo: el signore Giacomo Casanova.

La historia es francamente simpática. Kim habrá de pasar del orden de los himenópteros a otros superiores, llevando a cabo acciones meritorias que le permitan recuperar a su familia. Y no le conviene perder demasiado tiempo, pues su mejor amiga de juventud, Nina (a quien Casanova considera un ejemplar de bípedo de arrebatadoras características), se muestra muy interesada en seducir a su marido. Sin desvelar más, no lo dudéis: lectura recomendada.
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lunes, 11 de enero de 2010

Capricho

−Oye, Patrick, esta salsa está buenísima, ¿la has preparado tú?
−Eh... gracias, pero creo que...
−¿Cuál es la receta?
−¿Del guacamole? Pues básicamente, aguacate y...
−Espera, espera. Chicas, venid y probad lo que ha traído Patrick a la fiesta.
−Si es que yo...
−Ya ves, a mis amigas también les gusta, creo que vamos a llevarnos bien. ¿Qué más sabes hacer, Patrick?
−Uh...
−Vaya, tú no hablas mucho, ¿verdad?
−Sí. No. A veces. No me llamo Patrick.
−Ay, qué gracioso, ja, ja, ja. Deja que te mire... Tienes cara de Patrick. Por lo tanto, eres Patrick. Yo soy Linda.

Y con el nombre de Patrick tuve que quedarme.


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martes, 5 de enero de 2010

Ya vienen, ya vienen…

Entramos en la librería, con papel de carta en la mano. ¿Qué pediremos?

Hay corsarios y filibusteros, ávidos de botín. Hay mohicanos, los últimos de su estirpe. Hay robots de corazón casi humano y más de un humano sin corazón. Hay gigantes de un día y liliputienses al siguiente. ¡Tierra, tierra! ¡Paso al correo del zar!

Como el vilano, nos posee un espíritu alado. Dos gacelas gemelas respiran, palpitantes, y con los labios trémulos de deseo seguimos a la apasionada andaluza hacia la perdición.

Nos deslizamos por lianas. Cabalgamos por la Tierra Media. Nos hacemos invisibles. Descendemos al infierno, volamos hasta la Luna, cruzamos el espejo, rompemos nuestras cadenas de esclavos.

Desde un estante nos recuerdan que la vida es sólo un sueño, desde otro nos observa el ojo de cierto hermano. Más allá nos llama un rumor de quimeras, un eco, un susurro de adiós. Volvemos a casa por mares de leyenda, con el nombre de la princesa de Troya escrito indeleble en la piel.

Desafiamos a todos los guardias del cardenal, reímos, lloramos en silencio, conocemos a cronopios y famas, a los rudos habitantes de Cimmeria, nos inclinamos ante el Gran Khan. Asistimos a la gloria y a la ruina de Ávalon.

Hay que decidirse. Ya vienen los Reyes.





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