martes, 28 de diciembre de 2010

Todos cometemos errores

Kåseberga, sur de Suecia. Tras visitar las Piedras de Ale, un conjunto megalítico que asemeja la silueta de un barco vikingo, mis primos y yo subimos al coche. Antes de que arranquemos, alguien llama a la ventanilla.

−Hola, esta matrícula es de Madrid, ¿no?

Una sueca, es una sueca. Mis primos vuelven a salir ipso facto del vehículo.

−Pues sí, sí, somos españoles.
−Ah, qué bien, es que yo viví allí cuando era estudiante, y al verla se lo he dicho a mis amigas.

Otro par de nativas trigueñas observan de cerca la escena. Tres suecas, son tres en total. Y nosotros. Caramba, qué coincidencia...

Que nadie me acuse de falta de educación: yo también me apeo, doy los parabienes a la señorita por su perspicacia y pasamos veinte, treinta minutos en amable compañía, intercambiando lenguas.

Quiero decir... que desean comprobar nuestras habilidades orales... A ver si me explico... En fin, que nos obligan a pronunciar continuamente palabras con el fonema local sj, con resultados que parecen deleitarlas: sju, sjö, sjunka, sjuksköterska...

Todo estupendo, hasta que echo un vistazo al reloj. Venga, caballeros, nuestra planificación exige ir a ver ahora tal cosa, después tal otra, luego al camping a dormir, mañana temprano lo de más allá... Despidámonos.

Mis compañeros me miran como si fueran monjes de Lindisfarne en el año de gracia de 793, yo me llamara Olaf y hubiera desembarcado junto con Erik, Sven, Gunnar, Harald, Magnus... Con los ojos como platos.

No acabo de entender por qué se muestran tan remolones. Un plan es un plan, ¿no hemos conversado ya con estas damas todo lo que teníamos que conversar? ¿Es que no hay obras de arte que nos esperan en nuestro periplo? La catedral de Lund, la fortaleza de Älvsborg, los museos de Gotemburgo, la farmacia más antigua de Malmö. Con estos argumentos, razonados, irrefutables, hago valer mi capacidad de liderazgo.

Los destinos de ambos grupos divergen, pues. Las suecas se quedan allí, un tanto perplejas, agitando sus pañuelos mientras nosotros nos alejamos.

¡¿Los museos de Gotemburgo?! ¡¿La farmacia más antigua de Malmö?! Ay, lo siento, lo siento, lo siento, perdonadme, primos, ¿me perdonaréis alguna vez?


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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Un poco de publicidad gratuita

En la calle, esperando a que cambie el semáforo junto a otra viandante.

−Perdón.
−¿Eh?
−¿Puedo hacerte una pregunta?
−Hum...
−A lo mejor te parece un poco absurda.
−Hum...
−Pues... Si sigo de frente, ¿adónde llego?
−Por María de Molina... Llegas a la Castellana.
−Gracias.
−De nada.
−¿Y si...?
−¿Sí?
−¿Si voy a la derecha?
−Entonces a Nuevos Ministerios.
−Ajá.
−(...)
−¿Hay algo interesante que ver allí?
−Mmmm, no, creo que no.
−Ah.
−Quizá el museo de Ciencias Naturales.
−Oye...
−Hum...
−Lo que quería preguntarte de verdad es... ¿qué colonia usas?

Y como son fechas de regalos, aunque poco o nada literaria, esta es la recomendación de hoy: Fierce, de Abercrombie & Fitch. Parece mano de santo.



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sábado, 18 de diciembre de 2010

Soledad

Hay palabras que están llenas de silencio y silencios que están llenos de palabras.



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domingo, 12 de diciembre de 2010

Caminando

Te acercas, caminando.
¿Sobre la tierra? ¿Sobre el aire?

Mi mirada encuentra la tuya
una fracción de segundo.

Me alejo, caminando.
¿Sobre el aire? ¿Sobre la tierra?



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viernes, 10 de diciembre de 2010

Mariposas

Me di cuenta mientras comía: estaba fuera, al otro lado del cristal.

Recordé la tarde en que una de ellas se había posado sobre la ventana de la oficina, aunque cuando quise llamar a más testigos, nadie me creyó. Demasiado alto, dijeron, te lo estás inventando.

También me vino a la memoria aquella que volaba en el vestíbulo de la estación, y aún otra más que, asombrosamente, entró detrás de mí al vagón del metro.

Es todo verídico, veo continuamente mariposas a mi alrededor. ¿Una señal? Lo que no sé es qué querrá decir.



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domingo, 5 de diciembre de 2010

Contra el viento del norte

Imaginarse a una persona a través de sus palabras, esperarlas con impaciencia, enamorarse de ellas... Algo así es lo que les ocurre a los protagonistas de esta novela de Daniel Glattauer: Contra el viento del norte.
Voy a tomar otro trago de vino blanco del Friuli. Bebo a nuestra salud. Ya estoy un poco borracho. Pero no mucho. Ahora te toca a ti de nuevo. Escríbeme, Emmi. Escribir es como besar, pero sin labios. Escribir es besar con la mente. Emmi, Emmi, Emmi.

Emmi y Leo lo tienen todo más o menos encauzado. Ella, diseñadora gráfica, se encuentra casada con su antiguo profesor de piano. Él acaba de salir de una relación tormentosa y se concentra en su trabajo en la universidad.

Un día, Emmi equivoca el correo electrónico donde solicita la baja de su suscripción a una revista. Leo responde, iniciándose así un intercambio de mensajes. Y llegan a abrirse tanto el uno al otro que temen encontrarse físicamente, por si las imágenes que se han formado en sueños no se correspondiesen con la realidad. Hasta que ya no pueden más. Entonces...

Para apreciar el libro hay que partir de sus buenas intenciones, es decir, creer en el azar, en que es posible que de la indiferencia surja el más poderoso imán, que el sentido de la vista pueda ser dejado de lado y, sobre todo, que se pueda tener miedo al amor.

Y aunque no se trata de la octava maravilla literaria, ni muchísimo menos, y de la prevención que suelen causarme los superventas, este me pareció agradable. Tiene un final abierto y precisamente acaban de publicar la segunda parte. A ver si para Reyes...
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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Al despertar

Al despertar, la lluvia, el frío, la oscuridad, se alejan al otro lado del vidrio.

Sé que hoy hallaré la luz y el color de las hojas de los árboles.

Así que, hala, andando al curro.



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miércoles, 24 de noviembre de 2010

La transformación

Volvía caminando a casa aquella madrugada, y se me ocurrió atajar por el parque. Más que las raquíticas farolas dispersas aquí y allá, arrancando sombras chinescas de los árboles, era la luna llena la que me guiaba. El silencio era total.

De repente, noté los síntomas. ¿Por qué sudaba de esa manera, por qué esos temblores, ese vello erizado? Miré alrededor con alarma: nadie. ¿De verdad no había ojos ocultos observando? Mis pasos se hicieron de plomo. ¿Y si por una vez no luchaba contra ello? ¿Y si dejaba salir a la fiera que vive en mi interior?

No pude contenerme más, el raciocinio me abandonó, fue puro instinto. Sin otros testigos que pudieran acusarme, las lechuzas, los somormujos, puede incluso que alguna ardilla en duermevela, sufrieron las consecuencias de la transformación. De mi garganta brotaron los primeros sonidos: la, la...

Laralalera, laralalaaaa, laralalera, laralalaaaa, largo al factotum della città, largoooo, laralalaralalaralalaaaaa...


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domingo, 21 de noviembre de 2010

Flowers' love

Junto con otros selectos gourmets, hállome invitado a cenar en casa de dama principal. La anfitriona, que desea conocer con anticipación nuestras preferencias, nos pregunta:

–¿Qué os gusta más, la carne o el pescado?

La primera interpelada responde que a ella le place el pescado, si bien su señor marido se inclina por la carne. Regocijo general.

Otro sibarita manifiesta catar ambas con mayor o menor delectación. Nuevas expresiones risueñas.

El tercero de la lista, es decir yo, se muestra dubitativo. A ver, ¿hay aquí algún doble sentido? ¿De qué estamos hablando exactamente?

Por fin, doy con la clave: contesto que soy vegetariano. Así cubro cualquier significado de la conversación.

Pero bueno, ¿de qué se ríen ahora? ¿No saben que las plantas se comen? ¿Y que además... mmmm... se polinizan?



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jueves, 18 de noviembre de 2010

Primavera mortífera

Hoy nos acompaña un maestro, Lajos Zilahy, con su novela Primavera mortífera.
Detrás de la pareja salió una muchachita; se parecía mucho a la madre. También tenía los dientes algo hacia fuera, pero menos que la madre, y ese ligerísimo defecto daba a su rostro una especial expresión que hasta resultaba agradable. No era fea ni guapa, pero emanaban de su persona, como un suave perfume, la juventud, la distinción, la pureza de cuerpo y de alma. Antes de subir las escaleras, consulté en el portal de la casa la lista de inquilinos. Entre los nombres que correspondían al primer piso se podía leer: «Otto von Ralben, General der Cavallerie».

Pensativo, subí por la escalera. Entre el segundo y el tercer piso me detuve, me apoyé en la pared y, tras una breve vacilación, decidí que la muchacha de la dentadura un tanto salida, la hija del general de rostro severo, sería un día mi esposa. Sé perfectamente que todo esto, contado así, debe de parecerte absurdo y hasta ridículo; pero ten por seguro que de esta manera suele decidirse el destino de los hombres y surgen amores mortíferos. Uno vuelve la cabeza en la calle para mirar a una mujer que pasa y se dice: «¡Qué rostro más bello...!». Al día siguiente, volvemos a cruzarnos con ella; al tercer día, mientras estamos comiendo en el restaurante, pensamos en ella; al cuarto, nos hemos acostumbrado a pensar en ella, como los pulmones de un muchacho se acostumbran al humo del tabaco. Y dos meses más tarde, cada una de las fibras de nuestro sistema nervioso está dolorosamente inflamada por un veneno inexorable y mortífero. Pero esto sólo se advierte después, cuando ya es demasiado tarde...

Se trata de una extensa carta que el protagonista, de quien nunca llegamos a saber el nombre, dirige a un amigo de su infancia. Le ha visto llegar al mismo hotel donde él se aloja, ha reconocido a la mujer a su lado como aquella chiquilla que fue compañera de juegos de ambos, y en lugar de saludarlos con gozo ha corrido a ocultarse, a redactar para ellos sus últimas líneas a la luz de una lámpara. Porque, cuando llegue el alba, quiere pegarse un tiro en el corazón.

Un joven apuesto, terrateniente acaudalado en la Budapest imperial, miembro de la élite, con una prometedora carrera en ciernes, ¿qué le impulsa a tomar tal decisión? ¿Quizá Edit von Ralben?

Rememora el momento en que se cruzó con ella en la escalera de casa, la fiesta a la que pudo hacerse invitar, sus primeros paseos en el monte Gellért, arropados por la complicidad de la madre, la primera vez que apoyó la cabeza en su regazo, la primera vez que la vio desnuda... Y también, la primera vez que la vio hablando con el conde Ahrenberg. ¿Su rival?

A partir de aquí su existencia empieza a resquebrajarse: juego, deudas, desprecio social... Hay una posibilidad de salvación cuando entra en escena Józsa, que arrastra sus propios secretos. Ella le ama, pero, ¿será eso suficiente?

Venga, que es una novela estupenda, de verdad, hacedme caso, no os lo penséis más. Vuestro destino es leerla.
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domingo, 14 de noviembre de 2010

Moras

Sube al vagón y se sienta a mi lado. Abre la tartera y empieza a comerlas, al principio deprisa, casi con ansia. Luego más lentamente, como si su sabor le susurrase algo al oído.

Moras. Negras, maduras, dulces. Ecos de mis veranos infantiles en el pueblín de los abuelos. La misma avidez al cogerlas de los zarzales, la misma calma después.

Veo el camino que abandona las últimas casas, bordeando las cercas de piedra, los campos de maíz, los prados de manzanilla. Veo las moras que brotan silvestres en las lindes.

Ya estoy cerca del acantilado. Enfrente de mis ojos, el mar. El mar… Más allá, la torre del faro. A mi espalda, en el horizonte, se dan la mano las cimas de las montañas.

Si continúo caminando llegaré hasta la vieja ermita, junto a la cueva con dibujos en las paredes: peces, ciervos, búfalos, caballos, un mamut con su nítido corazón...

Y cruzando el bosque, junto a los regatos, las ruinas de arcos medievales se alzan como si fueran sillares de un castillo donde poner a prueba mi espada de madera, la que me ha tallado el abuelo.

He llegado ya a mi estación, me levanto para salir. Miro a la desconocida. Las moras descansan aún en su regazo y sonríe levemente, con los ojos entrecerrados. ¿En qué piensa?

Me gustaría llevar en este momento una cámara mágica. Una que pudiera sacar una imagen de nuestro interior.



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domingo, 7 de noviembre de 2010

Propuesta a la Real Academia

Omóplato u omoplato

Del lat. omoplăte, y este del gr. ὠμοπλάτη.

1. m. Anat. Cada uno de los dos huesos anchos, casi planos, situados a uno y otro lado de la espalda, donde se articulan los húmeros y las clavículas.

2. Sobre el mar de tu espalda, junto al borde del mundo de tus hombros, dos olas. Cuando mueves los brazos se alzan interrogantes, inquietas, alegres, y luego vuelven suavemente a caer. Qué mano pudiera acercarse a ellas, nadar entre ellas, trazar sobre ellas círculos de espuma...


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jueves, 4 de noviembre de 2010

Un dólar

− One dollar, sir, one dollar, you get one, two, three, four, five, five for one dollar...

Y tú continúas tu camino, no has venido hasta el otro lado del mundo para comprar pulseras con cuentas de madera, quieres ver piedras, templos, palacios, construcciones de leyenda en medio de la selva.

− Monsieur, monsieur, très beaux, très beaux, un, deux, trois, quatre, cinq... Très beaux.

Vaya, también habla francés, es una cría muy espabilada. Consigue sacarte una sonrisa mientras trota a tu lado con su pequeña cesta de abalorios.

− Señor, un dólar, muy bonitas, señor, una, dos, tres, cuatro, cinco, sólo un dólar, señor.

Y te detienes, y parece contenta de haber dado por fin con el idioma adecuado, y se pone en la muñeca los adornos para mostrarte qué bien quedan. Y sigue contando: una, dos, tres, cuatro, cinco... por un dólar.

Y el sagrado papel con la efigie de Washington sale de tu cartera y a ella se le ilumina la mirada cuando lo depositas en su mano, y te hace una reverencia, muchas gracias, señor, y se va para entregárselo a alguien a quien no ves.

Y eres tú quien de los dos se siente más pobre por dentro.



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miércoles, 27 de octubre de 2010

El gato al que le gustaba la lluvia

Nuestro libro de hoy comienza cuando Lukas cumple seis años. Sus padres, Axel y Beatrice, le regalan a Noche, y él se compromete a cuidarlo responsablemente. Su hermano mayor, El Torbellino, no piensa ayudarle. Al contrario, para hacerle rabiar preferiría que echaran al intruso de casa. Y un día, al despertar, ha desaparecido.
Cuando llegó al suelo se dio cuenta de que estaba lloviznando muy suavemente. Pero no se estaba mojando y la lluvia era cálida como si estuviera debajo de una ducha caliente.

Estoy en el País de la lluvia, pensó. Cuando Noche ha comprendido que nunca podría encontrarlo, ha venido él, con el país, a verme en un sueño.

Se oyó el maullido otra vez, ahora más lejos. Lukas lo siguió en silencio y procuró no pisar las hojas secas. Escuchaba la lluvia caliente y le pareció que sonaba como distintas melodías. Las gotas que caían tocaban para él, y era casi tan bonito como cuando su madre Beatrice se ponía a cantar sola.

Beatrice intenta tranquilizar a Lukas: no puede haber ido lejos, porque está lloviendo y todo el mundo sabe que a los gatos no les gusta mojarse. Pero, ¿y si el suyo fuese especial? ¿Y si hubiera viajado al País de la Lluvia, dentro de una gota de agua gigante? Al menos, esa es la versión de Axel.

No, seguro que es un cuento, ha de recuperar a su mejor amigo como sea. Colocará carteles en todo el barrio, ofreciendo un millón de recompensa, aunque primero tenga que averiguar cómo se escribe esa palabra. Y si es necesario, se escapará aún más lejos, con su almohada y dos bocadillos metidos en la mochila del colegio, para seguir buscando.

El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell. ¿Literatura infantil y juvenil? Bien, de acuerdo. ¿Infantiloide? En absoluto. Mankell sabe lo que se hace, tanto en sus famosos títulos policíacos como en sus demás registros. De hecho, puede dirigirse a todo el mundo que no tema leer con otros ojos. Al fin y al cabo, como nota Lukas, «los padres piensan más despacio que los niños, y a veces les cuesta entender cosas sencillas».
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domingo, 24 de octubre de 2010

Kom till meg, kvinna...

¿Qué? ¿Que tengo queeeeé? ¿Eso es malo? Casi mejor no me lo diga, todo lo que acaba en -itis suena fatal. ¿Y qué efectos tiene? ¿Cómo que los párpados enrojecidos? ¿Cómo que unos colirios? ¿Cómo que ya veremos si mejora dentro de un tiempo? Tiene que haber alguna manera más rápida. No doctora, usted no lo entiende, no voy a poder salir de casa.

¿Exagerando? ¿Exagerando yo? Bueno, le explico: cualquier potencial éxito amatorio pasa obligatoriamente por este órgano. Los ojos, claro. O sea, yo me sitúo a distancia visual de la elegida, ladeo un poco la cabeza, me paso el dedo por los labios, envío vibraciones sin decir nada, así, exactamente, la miro con intensidad y entonces ella...

Doctora, doctora, contrólese por favor, que era sólo un ejemplo. Y devuélvame la camisa, que soy muy friolero. Gracias. ¿Entiende ahora? No puedo tener los párpados irritados, necesito mi mirada de siempre, mi sex-appeal. Es que no sé tocar la guitarra, como hace Rolf Wikström mientras canta algo parecido a "ven conmigo, guapetona, necesito a alguien como tú"...


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domingo, 10 de octubre de 2010

El traje de luces

Salgo de la tienda. Justo al mismo tiempo alguien viene de frente por la calle, a unos treinta metros de distancia.

Resulta un ser humano de cuya contemplación resulta difícil zafarse. De sexo femenino, por más señas. Un ser humano a quien Praxíteles hubiera pagado millones de dracmas por esculpir del natural.

Y no soy el único que piensa lo mismo, a juzgar por los paisanos que están a punto de sufrir una tortícolis permanente en la otra acera. Es bueno comprobar que este es un país de refinados amantes del arte, no todo ha de ser fútbol en la vida.

Según nuestros caminos se aproximan, mayor extrañeza me invade. El vestido más ajustado que jamás he visto, de acuerdo. Unos taconazos a la altura del Empire State, también de acuerdo. Pero ninguna de esas prendas es la causa de que se me arrugue el entrecejo.

Lo que de verdad me choca es la... cómo llamarla... la chaquetilla por encima del vestido. Es que es una chaquetilla de verdad, de las de torear, con sus borlas y alamares, toda de oro y plata.

Claro, la cosa cambia. Mis nulas simpatías taurinas se imponen a cualquier otra consideración. En el momento en que por fin nos cruzamos, ni una pizca de mí reacciona. Igual que si se tratase de un árbol o una farola.

¿He detectado una mirada admirativa por su parte? ¿Un querer darse la vuelta y preguntarme por una dirección, por la hora, por el día de la semana, por el nombre que me gustaría ponerle a nuestros hijos?

Ah, lo siento, tenemos gustos dispares, hubiera sido una relación sin futuro.




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jueves, 7 de octubre de 2010

Más historias de la Cochinchina

Hablábamos hace poco del caodaísmo, si no recuerdo mal. Hoy vamos a comentar algo más conocido: el taoísmo. Este resumen de sus creencias me lo hicieron rodeado por volutas de incienso, mientras visitaba un templo del barrio chino de Saigón. Ya me tenían medio convencido, un poco más y levito. Ooooooooommmmmm...

Lo más importante es el concepto de la reencarnación: hay que pasar por una serie de niveles o vidas intermedias, antes de que el alma purificada encuentre el camino al nirvana.

Así que uno se muere y se convierte en espíritu. Desde luego, es un problema. Entre otras molestias, resulta que no puede doblar las rodillas (por eso las puertas de los templos tienen un escalón que impide atravesarlas y dar sustos a los de dentro), y se siente solo y aburrido.

Entonces decide reencarnarse. Si se lo merece, será en una persona. En caso contrario, suerte que le toque un escarabajo pelotero. ¿Qué necesita para ello? ¿Qué es lo que busca con ansia para sus fines? Chasquea los dedos et voilà, aparece a la velocidad del rayo en el lugar idóneo: ahí lo tiene.

Mejor dicho, ahí los tiene. Lo que viene bien a sus planes es una pareja de amantes. No resulta difícil encontrarla, parece que medio planeta está dándole al tema. Aunque es importante que primero se cerciore de la elección.

Da unas cuantas vueltas alrededor, sin perderse detalle. Ay, cómo añora volver a ser un ente de carne y hueso. Y hace uso de otra de sus características sobrenaturales: la capacidad de leer el pensamiento. A ver, a ver, lo que está pasando ahora mismo por la cabeza de estos dos...

¿Que no os lo creéis? A mí es lo que me han contado, las reclamaciones al maestro armero. El resultado es que, si todo está a su gusto, ¡bang!, en el momento preciso el espíritu se cuela dentro de la madre y nueve meses más tarde (en ausencia de medios contraceptivos) viene júnior al mundo.

En cuanto a los detalles del nacimiento... Si tras su estudio psicológico prefirió los pensamientos del padre, lo hará convertido en niño. Y viceversa, si le parecieron mejor los de la madre, en niña. Ah, un momento, que estos taoístas tienen respuestas para casi todo, los tíos.

¿Que salen mellizos, trillizos, cuatrillizos? Varios fantasmas que rondaban al mismo tiempo y se quedaron convencidos. ¿Y si, independientemente de ser varón o hembra, la criatura es gay? Se debe a que le gustaron tanto los pensamientos de ambos progenitores, que no supo por cuál de ellos decidirse.

En resumen, si alguna vez os dicen: «cariño, tengo una sensación como si nos estuvieran mirando», que sepáis que hay un porqué. Procurad pensar cosas buenas en general, pero especialmente en algunas circunstancias. Yo, por mi parte, voy a seguir haciendo méritos para el nirvana. Me he traído a casa un cargamento de esos palitos de incienso. Ooooooooommmmmm...



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jueves, 30 de septiembre de 2010

El bandolero

Entro en la peluquería. Sé que intentarán vaciarme la faltriquera, que cuando les diga que simplemente vengo a cortarme el pelo, insistirán en que necesito además una mascarilla nutritiva, un caro champú con extractos de frutas para aumentar el brillo o, en el colmo de la desfachatez, una sesión paralela de manicura. O sea, como si yo fuese un petimetre a la moda de París, un afrancesado, en lugar de un tipo curtido, no sé, al estilo del Tempranillo o de Curro Jiménez.

De manera que me mantengo alerta, sintiendo a través de la tela el peso de mis ducados. O el tacto de la tarjeta de crédito, lo mismo da. Especialmente cuando comienzan con el flequillo, lo que me obliga a cerrar los ojos.

−Buenas tardes.
−Buenas tardes.

Alguien se acomoda en el sillón de al lado y respondo a su saludo cual hidalgo, sin parar mientes en quién puede ser. Estaré cegado aún unos segundos. Aunque... esa voz...

De repente me entra una sensación como si toda la riqueza que llevo encima fuera a volatilizarse, igual que si viajara en diligencia por Sierra Morena y la misma voz diera un alto imperioso al cochero, al amparo de un trabucazo. Inquieto, arriesgándome a un trasquilón por girar la cabeza, compruebo la identidad del recién llegado.

Mis piernas flaquean, estoy perdido, no tengo posibilidad ninguna de escapar. Él también me mira brevemente, mientras comienzan a extenderle espuma por la cara para un afeitado a navaja, tal como corresponde a su reputación. He de resignarme a desprenderme de cualquier cosa que me exija: oro, reloj, anillos... Lo que él diga.

Como para llevarle la contraria a Curro Jiménez, precisamente. Anda que no sabía yo de pequeño de qué manera se las gastaba por la tele el rey de los bandoleros. Ahora está algo más envejecido, pero si se enfada y llama al Estudiante, al Algarrobo y al Gitano...


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domingo, 26 de septiembre de 2010

Los cañones de agosto

Dicen que Los cañones de agosto, de Barbara W. Tuchman, era el libro que tenía Kennedy en mente cuando la crisis de los misiles cubanos. Relata lo ocurrido en los albores de la Gran Guerra, en aquellas jornadas de verano de la Belle Époque, cuando una cadena de circunstancias que "nadie había empezado" llevó hasta el desastre.
Ahora, en la noche del primero de agosto, Moltke no estaba de humor para que el káiser interfiriera de nuevo en los asuntos militares, ni para que pusiera obstáculos a los planes que ya habían sido aprobados y estaban en marcha. Mandar dar la vuelta a un millón de hombres en el mismo momento en que se ponían en marcha, requería más nervios de acero que los que podía exhibir Moltke en aquellos momentos. Veía cómo todos sus planes se derrumbaban, cómo irían los suministros por un lado y los soldados por otro, y quedarían compañías sin oficiales, divisiones sin plana mayor, y los 11.000 trenes que habían de partir en intervalos de diez minutos se verían sumidos en la mayor confusión de la historia militar.

«Majestad, no se puede hacer», replicó Moltke en aquellos momentos. «El despliegue de millones de hombres no puede ser improvisado. Si Vuestra Majestad insiste en mandar todo el Ejército al Este, no será un ejército dispuesto a entrar en batalla, sino un desorganizado grupo de hombres armados que no podrá contar con suministros de ninguna clase. Estas disposiciones han requerido una labor muy minuciosa durante un año...», y Moltke guardó un breve silencio después de haber pronunciado estas palabras, para añadir la base de todo gran error alemán, la frase que provocó la invasión de Bélgica y la guerra submarina contra Estados Unidos, la frase inevitable de los militares cuando intervienen en la política: «... y lo que está dispuesto, no puede ser alterado».

Qué, quién, cómo, por qué, todos los aspectos van engarzándose en una escalada que atrapa con fuerza la atención. A lo largo de sus páginas asistimos al ultimátum austro-húngaro sobre los serbios, el apoyo ruso a estos, la consiguiente reacción alemana, el gobierno de París activando su alianza con el zar, las presiones del káiser para traspasar la frontera belga hacia las Ardenas, la inmediata oposición británica...

Su tesis final consiste en que, llegados a determinado punto, por extraño que pueda parecer, resultaba más fácil desencadenar las hostilidades que modificar los horarios de los ferrocarriles transportando coordinadamente a las tropas hacia el frente. Así que no habría retorno aunque se hubiera deseado.

Obra, en resumen, muy amena y esclarecedora. Me ha gustado. Hala, a leer.
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jueves, 16 de septiembre de 2010

Nuevas historias de la Cochinchina

Año 1921. Te llamas Ngo Minh Chieu y eres funcionario de la administración colonial de Indochina. El día ha pasado... Bueno, como cualquier otro, ni fu ni fa, con calor, humedad y tal. Te vas a una sesión espiritista, para variar un poco.

Anda, acaba de aparecerse un gran ojo de la nada, ahí delante de ti. A lo mejor quiere decirte algo, como quiera que sea capaz de hablar un ojo. No es cuestión de ser descortés, que con estas cosas nunca se sabe. Escucha, escucha.

¿Fundar una nueva religión? No se te había ocurrido, pero tampoco está mal pensado. Se empieza de cero y quién sabe adónde puede uno llegar... Por lo pronto el símbolo ya lo tienes, así, con esa ceja en forma de arco tan bien puesta.

Hay que diseñar la jerarquía. Primero, el Ser Supremo. Como su nombre es Cao Dai, denominas a tu idea Caodaísmo. Después vienen los grandes profetas y santos. Básicamente se trata de elegir a unos cuantos que sean fáciles de recordar: Napoleón Bonaparte, por ejemplo. Y Lenin, y Victor Hugo, y Juana de Arco, y Churchill, y...

Por supuesto, los credos preexistentes tienen su parte de razón, eran pasos necesarios antes de que llegaras tú, la culminación de las revelaciones. Para la cosa teológica, picas un poco de aquí y de allá. Si los sumaras a todos sería la pera. Al que se venga contigo le haces obispo y le das una túnica: las tienes amarillas, azules y rojas. Casi como en el parchís.

El tinglado tiene ya los andamios medio puestos. Necesitas ahora un templo como Dios manda, nunca mejor dicho. Nada de pagodas sencillitas, mejor algo que llame la atención, algo más... em... más kitsch. Y empiezas a dibujar en tu cabeza los planos de la iglesia de Tay Ninh.

Ya verás, van a parar por allí turistas dándole al dedo como descosidos para sacar fotos. Para que terminen de flipar, ofréceles cuatro ceremonias al día con todos los fieles de blanco blanquísimo, hombres a la derecha y mujeres a la izquierda. La curia, que se siente delante. Ah, y el coro que no falte. Exige que sean jóvenes vírgenes, qué menos.

En fin, creo que ya lo llevas encauzado, a ver si mañana no hace tanto calor. Y recuerda, el ojo te mira...



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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Salomé

Una tarde de agosto. No hace el mismo calor que al mediodía, cuando permanecer un par de minutos bajo el sol podría provocar visiones de oasis con palmeras y cosas raras por el estilo. Sin embargo, aún pega con fuerza, y acaba de cerrarse el semáforo para cruzar la calle. A esperar tocan. Madre mía, como tarde mucho...

–¡Mirad, ahí tenéis a Salomé!

Menudo brinco pego.

–¡Herodes la amaba, pero era un amor de lujuria! ¡Y ella bailó para él!

Efectivamente, el semáforo ha tardado demasiado. Me ha dado el sol en la cabeza y ya han aparecido las visiones. Tengo detrás a un tipo con tupida barba de patriarca, sandalias y una gran cruz de madera sobre el pecho, sólo le falta la túnica y el báculo. Y dice con voz estentórea que introduzca en mis pensamientos a una tal Salomé.

–¡Y bailó, y bailó, y Herodes no pudo oponerse a su voluntad, y el precio fue la cabeza del profeta! ¡Tened cuidado, guardaos de las mujeres, alejaos de ellas, porque traen consigo la lujuria...!

Desde luego, aquí el amigo parece dominado por una idea fija. ¿Le habrá dejado la novia? A punto de iniciar un debate teológico, veo con el rabillo del ojo que el muñequito verde se ilumina y me da permiso para continuar.

Pues que se entere, cuando llegue a casa voy a poner la película Salomé de Carlos Saura, hala, con lo que me gusta la música de Roque Baños, y la coreografía de los siete velos, y la lujuria. Será aguafiestas...


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lunes, 30 de agosto de 2010

Historias de la Cochinchina

Estas costumbres que voy a relatar me las contó un cubano que vivía en Saigón, de padre gallego y madre mezcla entre chino y africana. Curioso personaje.

Resulta que uno nace por esas latitudes y al llegar a ciertas edades se da cuenta de que le gustaría encontrar una pareja y quererse los dos mucho, mucho. Vaya manera de copiar a los de otras latitudes... Solución: se va a la cafetería.

Allí, ¿qué se encuentra? Aparte de café, claro. A un lado del local, todas las chicas. Al otro, todos los chicos. En tierra de nadie, el intermediario, en ciertas culturas denominado camarero.

Supongamos que es un chico (ah, y además heterosexual, cuidadín con equivocarse, porque otras posibilidades están fatal vistas). Se sienta, pide la consumición reglamentaria y despliega el radar óptico de búsqueda. Empieza a funcionar: bip, bip, bip...

Bipbipbipbipbiiiiiiiiiiip. Alerta de cercanía. Un objetivo se fija en la pantalla. ¿Que qué tiene de especial, dices? ¿Que se parece a todas las que están a su alrededor? Ay, iluso, eso te lo parecerá a ti. ¿Cómo puedes no darte cuenta de que es única?

Las chicas siguen a lo suyo. O quizá estén a varias cosas a la vez, haciendo barridos con su propio radar. Cuando otro las ilumina, ocurre como en las películas de aviones, que saltan luces de aviso.

Ella no tarda demasiado en identificarle, recordemos que la mirada de él está fija cual besugo en papillote. Pero se guarda mucho de darse por aludida. En sucesivos y espaciados movimientos le regalará uno, dos, hasta llegar a tres segundos como máximo de contacto visual. Y eso, si realmente le gusta.

Tres segundos significan OK. El chico hace una seña al camarero. ¿Ves a aquella monada de allí? No, no, más a la derecha. No, no, ahora a la izquierda. Esa es, exacto. Pregúntale de mi parte cuál es su número de teléfono.

El camarero cumple eficazmente con su labor. Hola, ¿ves a aquel mozo de allí? No, no, más a la derecha, etc. (como si no supiera ella quién es). Que dice que si le das tu número.

Mostrando escaso entusiasmo, arrugando la nariz, bostezando claramente para demostrar que lo hace por lástima, estando el mundo lleno de pretendientes detrás de su palmito, la joven apunta la preciada información.

La cosa va rodada, ahora empieza la fase dos: los mensajes de texto. Tacatá, tacatá, tacatá, enviar. Mira, que soy de buena familia, mis intenciones son honorables, me gustaría tener tres o cuatro hijos... Le cuenta hasta el número del carné de identidad.

Y hala, tras un intercambio de horas, ya tenemos idilio. Si él ha jugado bien sus cartas, quedarán en encontrarse el próximo domingo. Dos opciones: el cine o pasear por el parque. Pero cuidado: en cualquiera de ellas, que ni se les ocurra, NI SE LES OCURRA hacer manitas. Que corra el aire.

Huy, relaciones prematrimoniales en la República Socialista de Vietnam. Si te pillan, la has hecho buena. Ostracismo puro y duro, nadie volverá a dirigirte la palabra, y eso en el mejor de los casos. Aquí, o pasas por el juzgado, o de lo otro ni hablar.

Y si a la pareja le sale una vena de locura, claramente antipatriótica y hasta antirrevolucionaria... ¿Adónde podrían ir? En un hotel del Estado lo primero es enseñar el libro de familia, que el Estado no es tonto y el colega de la recepción tampoco.

Prosigamos. Hace meses que se citan para sus paseos, y en lo que a ellos respecta han llegado a un acuerdo de futuro. Ya es tiempo de que ella les presente al chico a sus padres.

¿A papá le gusta? ¿No es un vago? ¿No bebe? ¿No fuma? ¿Tiene empleo? ¿Y moto propia? Bueno, podría ser, podría ser. Le doy permiso para continuar el cortejo, joven. ¿Que no acaba de entrarle bien del todo? Mala suerte, habría que volver a la casilla de salida. A seguir buscando.

Como moraleja de esta historia, sólo te digo: si alguna vez tienes la sensación de que ligar cada vez se está haciendo más difícil, piensa en una tierra del lejano oriente... y tiembla.



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martes, 24 de agosto de 2010

Angkor Wat

Has cruzado ya el puente sobre la laguna, protegido por serpientes de siete cabezas. Has franqueado ya la puerta de la muralla externa. El sudor que desciende por la frente te obliga a entrecerrar los ojos, y sin embargo necesitas mantenerlos abiertos, muy abiertos. Pasas el dorso de la mano por la piel humedecida y sigues adelante. Porque está ahí, justo enfrente, aguardándote, llenando a cada paso tu asombrada pupila.

Cada torre se alza como un milagro, algo que las descripciones de enciclopedia que has leído no pueden transmitir. Construido en el siglo XII bajo Suryavarman II, templo, palacio, capital de la desaparecida civilización jemer, imagen de la bandera de Camboya, patrimonio de la Humanidad... Incluso sonríes, rememorando una aventura del Capitán Trueno, que defendía a su joven reina de unos malvados pretendientes al trono.

Al fin penetras en el recinto. Tallados en las galerías del primer piso, miles de relieves relatan batallas descomunales, míticas, más propias de dioses y héroes que de seres humanos. En el Ramayana, Rama con su arco, secundado por Hanuman al frente del ejército de los monos, se opone a las huestes del demonio Ravana, que ha raptado a su esposa, la princesa Sita. Mas allá, en la epopeya del Mahabharata, chocan los dos reinos de los Pandavas y los Kauravas, cuyas tropas avanzan incontenibles desde direcciones opuestas.

Asciendes al segundo nivel. Paseas por los patios, al pie de las elevaciones con forma de loto, una en cada esquina, rindiendo homenaje a su hermana principal en el centro. Parece como si no quedara una piedra sin esculpir. Al principio era la morada de Vishnu, sólo soberanos y altos sacerdotes tenían derecho a estar allí. Más tarde cambió la religión y se cincelaron imágenes de Buda por doquier. Quieres verlas más de cerca, subes nuevamente por los empinados escalones y alcanzas la cima.

El olor a incienso es señal de que el templo aún se encuentra activo. Desde allí, en cualquier dirección, te rodea el mar vegetal que lo ocultó durante centurias. Son incontables los restos, algunos restaurados por los arquólogos, otros preservados en el mismo estado en que se hallaron, con raíces y troncos de árboles que abrazan sus muros. Simbólicamente, sobre las mismas losas que pisas, nace un arbusto en flor.

Y deseas darle gracias a la vida por haber tenido la oportunidad de llegar a este lugar. Y en el momento de abandonarlo vuelves continuamente la cabeza, como si al segundo siguiente el sol fuera a llevárselo en su carrera por alcanzar el límite del horizonte. Es entonces cuando susurras su nombre, suavemente.

Angkor Wat...


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martes, 3 de agosto de 2010

Fantasía veraniega

Una sed como no creí que pudiera sentirse me atacaba sin piedad. Bajo el sol cegador, sólo avanzaba por puro instinto, por la firme voluntad de no caer de rodillas antes de alcanzar mi destino. Hacía tiempo que los camelleros me habían abandonado, llevándose la mayor parte de los pertrechos y los odres de agua. Decían que Alá me había tocado con la mano de la locura, que en ese desierto no podía existir lo que buscaba. Pero yo sabía que era real. Tenía que ser real. Desde que hallé el pergamino en la excavación, milagrosamente intacto al correr de los siglos, desde que descifré las inscripciones, desde que pude tocar el anillo, sólo tuve pensamiento para una cosa: encontrar el lugar más allá del Valle de la Desesperación, ascendiendo las Montañas de Sal, al otro lado de estas arenas sin horizonte. ¿Qué había allí, qué decía el manuscrito, por lo que mereciera la pena arriesgarlo todo?

En aquel tiempo, la hija de la reina de Saba salió del país con numeroso séquito, y después de atravesar valles, montañas y desiertos, llegó hasta la fuente que había visto en sueños para erigir su palacio. Mandó entonces escribir la historia de su viaje, que se guardó en un cofre de sándalo junto con su anillo, dentro de un ánfora llena de mirra y miel. Y dice la leyenda que convocó al pájaro roc para que, con sus alas que recorren la tierra en un suspiro, la dejara caer lejos, muy lejos, de forma que si alguien la hallase, hubiera de seguir el mismo camino que ella y sus servidores. Porque quien pruebe las aguas de esa fuente, quien pose sobre ellas los labios, no tendrá ya sed de ninguna otra, y obtendrá la recompensa de la inmortalidad junto a la princesa. Desde entonces, ella espera, espera...

−Perdona...
−¿Eh?
−Es que llevas media hora ahí embobado, mirando al techo. ¿Qué haces?
−Ejem, no, nada, nada, espero al ascensor. Ya me voy de vacaciones, hasta la vuelta.



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miércoles, 28 de julio de 2010

El duelo

Lugar: un autoservicio de comidas que no le recomendaría a nadie a este lado del río Pecos. Hora: el día ha sobrepasado ya su cenit. Los habituales del lugar dan vueltas, comprobando el contenido de los diferentes potes, ollas y sartenes, recelosos de acallar los gruñidos del estómago con las poco apetitosas propuestas del cantinero.

Yo también merodeo entre la multitud, oteando dónde podré sentarme. En el horizonte distingo un sitio vacío. A cada paso que doy para alcanzarlo, antes de que otro más rápido me lo arrebate, el cuchillo y el tenedor van entrechocándose sobre mi bandeja con un sonido argénteo, semejante al de las espuelas: clin, clin, clin...

El camino se estrecha, se convierte en un desfiladero: debo pasar entre dos grandes mesas y sólo cabe una persona a la vez. En ese mismo momento, un grupo viene en sentido contrario, acaudillado por alguien con la misma determinación. Se detiene. Me detengo. Nos miramos escrutadoramente a los ojos...

Los halógenos del techo inciden sobre nuestras facciones, llenándolas de aristas de luz y sombra. A pesar del aire acondicionado, una gota de sudor se forma en las sienes. El tiempo ha quedado casi suspendido. Cuando por fin vuelvo a mover los músculos de mis piernas, es como si todo ocurriera a cámara lenta.

Retrocedo. Me aparto. Se cierne sobre mí la amarga derrota, planeando con sus alas de zopilote. Él cruzará primero.

Al fin y al cabo, se trata del presidente de mi empresa. Demasiado sheriff para un humilde pistolero.


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lunes, 19 de julio de 2010

South Pacific

Segunda Guerra Mundial, una isla del Pacífico Sur. Nellie, una enfermera de la marina estadounidense, y Emile, francés, dueño de una plantación. Los dos se han enamorado. Los dos creen que no son correspondidos.

¿Cómo podría quererme? –piensa Nellie–. Es tan atento, tan culto, tan cosmopolita, y yo sin embargo no había salido nunca de Arkansas. Jamás se fijaría en alguien como yo.

¿Cómo podría quererme? –piensa Emile–. Es tan joven, tan natural, está tan llena de vida... Podría tener a quien ella quisiera. Jamás se fijaría en alguien como yo.

El teniente Cable llega desde Guadalcanal para preparar con otros oficiales una peligrosa misión. Emile ha vivido en la zona adonde se dirige, ocupada ahora por los japoneses. Les vendría muy bien que fuera su guía.

Nellie piensa que en realidad apenas conoce a ese hombre. Asegura a las demás enfermeras que va a quitárselo de la cabeza sin problemas. Vuelven a encontrarse y él se juega el todo por el todo: le pide que se casen. Ella acepta.

Hay tramas paralelas con el marinero Billis, mujeriego empedernido, y Bloody Mary, vendedora tonkinesa de faldas de hoja de palma, así como con su hija Liat y el teniente Cable.

Emile rechaza tomar parte en la misión que le solicitan, no quiere separarse de Nellie. Organiza una fiesta para que conozca a sus amigos. No pueden contener su felicidad por estar juntos y rememoran todo lo ocurrido los últimos días.

Finalmente, le presenta a Jerome y Ngana, dos niños encantadores. ¡Sorpresa!, son sus hijos. Y su piel no es blanca: Emile había estado casado con una mujer nativa. En el mundo de Nellie, los blancos están a un lado y los demás al otro, no se puede cruzar esa línea. No tiene más remedio que abandonarle.

El teniente Cable también ama a Liat, y también sabe que es algo imposible. Le explica a Emile que Nellie o él mismo no han nacido con prejuicios raciales, sino que les han sido inculcados por la sociedad desde pequeños. No les es fácil evitarlos.

Emile acepta entonces acompañarle en su misión, ya nada importa. Gracias a ellos, los bombarderos hunden unos buques enemigos y comienza una gran ofensiva. A cambio, zeros nipones acribillan a Cable. Emile escapa milagrosamente, pero es dado por desaparecido.

Nellie conoce los informes. Arrepentida, desesperada, se da cuenta de su error. ¿Es demasiado tarde? Los niños le enseñan una canción: Dites-moi, pourquoi la vie est belle. Emile llega y se une al coro. Familia feliz, público feliz, final feliz.

South Pacific. Música: Richard Rodgers. Letra: Oscar Hammerstein II. Un clásico de Broadway.


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viernes, 16 de julio de 2010

La fuga de Logan

La fuga de Logan, novela escrita al alimón por William F. Nolan y George Clayton Johnson, dio origen a una película y a una serie televisiva. Sus protagonistas viven en el año 2116, en una sociedad donde las necesidades de los ciudadanos están previstas y cubiertas por el Pensador, un cerebro electrónico omnisciente. Para ser feliz no hay más que dejarse llevar.
Una constelación de puntos semejantes a luciérnagas parpadeaba hasta perderse en la distancia. Un inmenso silencio electrónico reinaba en el lugar. La interminable y luminosa opacidad incidía en las más distintas zonas, llegaba a todos los lugares: Tánger, Londres, Macao, Capri y Beirut, El Quederef, Chateau-Chinon y Wounded Knee. De aquella caverna partía la fuerza capaz de mover los aparatos de un dispensario en Chemnitz, o las instalaciones de una Casa de Cristal en Shropshire, o un dispositivo de llamada en Billings, Montana... El inmenso cerebro dentro de la montaña difundia sus señales por todo el sistema nervioso del globo terráqueo, alcanzando los más remotos parajes, ciudades, villas, pueblos... poniendo orden donde no lo había y llevando la calma a lugares sumidos en la confusión.

La única pega sería que todos han de morir a los veintiún años. Perdón, morir no: someterse al Sueño. Debido a la superpoblación y las guerras de siglos pasados, los recursos del planeta están limitados a un número fijo de personas. Un cristal implantado en la palma de la mano cambia de color para avisar de que va llegando el momento.

El triunfo del sistema es que la gente haya interiorizado ese destino, excepto un grupo de rebeldes. Cierto rumor hace referencia a un santuario donde vive Ballard, un viejo de más de veintiuno. Una leyenda sin fundamento, claro está. Pero Jessica 6 cree en ella y quiere escapar.

Logan 3, por su parte, es un vigilante. Tras abatir a uno de los rebeldes, hermano gemelo de Jessica, comienza a investigar en su entorno. Y bueno, como suele ocurrir, chico conoce a chica, chica cambia la forma de ver el mundo de chico.

Ahora les toca correr, mientras Francis, el antiguo compañero de Logan, les pisa los talones. Rápido, rápido...
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martes, 13 de julio de 2010

Tal como lo vi...

Como cada hijo de vecino, cuando el árbitro pitó el final salí al balcón a hacer ondear la bandera, para demostrar mi orgullo de patriota.

Era una noche calurosa, iba sin camisa.

En otra terraza del patio de manzana, media docena de féminas saltaban con fervor, haciendo ondear sus sujetadores.

A igualdad de torsos desnudos, me ganaron en patriotismo por goleada.



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domingo, 11 de julio de 2010

Alumno distraído

Me cuenta una profesora de dibujo que, de repente, uno de sus mejores alumnos ha bajado mucho el rendimiento. Básicamente, se distrae en clase. En un intermedio le pregunta si todo va bien, si tiene algún problema, y un compañero que anda cerca responde en su lugar: «Es que se ha enamorado, seño». Él asiente. Al fin y al cabo tiene doce años, así que desde su punto de vista se trata de una circunstancia importante, incluso trascendental. Desde luego, bastante más que la perspectiva caballera o la isométrica.

Pues no, chaval, no, así no vamos a ninguna parte. Tienes que concentrarte, tienes que ignorar estoicamente cualquier factor que perturbe tu objetivo: estudiar, estudiar y estudiar. De esa manera te harás un adulto hecho y derecho, de los que pagan sus impuestos. No puedes, no debes dejar que te domine el ánimo algo tan simple como la cadencia de unos pasos, el sonido de una voz, una figura adivinada de soslayo, el movimiento de una mano para apartar el pelo que cae sobre los ojos, unos ojos que parpadean, unos ojos que... que... Me he distraído, ¿qué estaba yo diciendo...?



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sábado, 3 de julio de 2010

En el banco

Paso a primera hora de la mañana por el banco, a hacer una gestión. Ningún otro cliente, sólo la señorita que me atiende y la directora de la sucursal, hablando por teléfono en su despacho.

Entro y expongo el motivo de mi visita. La señorita asiente comprensivamente. Varios fajos de billetes alineados sobre su escritorio indican que se fía de mí, es como si me estuviera enviando un mensaje: Venga, agarra el dinero, ráptame, huyamos en un deportivo rojo descapotable y hagamos locuras. Yo seré tu Bonnie y tú serás mi Clyde...

Pero siéntate, por favor. La directora ha salido del despacho y rompe el momento. Has venido a invertir, ¿a que sí? Déjame que te explique: bonos, fondos, planes de pensiones, bla, bla, bla...

No, no, no... Prefiero la imagen anterior. ¿Cuántos habrán sucumbido a ese perverso plan de los agentes del capital? ¿Cuántos habrán llegado aquí únicamente para recoger o entregar tal o cual papel y han sido convencidos de entregar sus escuetos ahorros a la voraz maquinaria del sistema? Ah, pero no podréis conmigo. Vámonos, Bonnie...


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martes, 29 de junio de 2010

Elegía estonia

Alrededor de la una de la madrugada, el agua comenzó a entrar a bordo.
No, no puede ser verdad.
Calambres de perplejidad atenazaban aquella mañana la garganta.
Gravedad de plomo en los pies, como si la tierra nos sorbiera hacia sus raíces
igual que el agua los sorbía a ellos, criaturas desnudas, súbitamente,
desde la ensoñación de sus lechos hacia sus senos fríos como el hierro.

El poeta fue leyendo, cortando con la roda de su voz el áspero oleaje, el hiriente viento, la noche sin perdón que surgía de las páginas del libro.

Por unos momentos, el Estonia volvió a la vida. El gran buque navegó una vez más a través del Báltico.

El pasado, el presente, los planes de futuro, los ochocientos cincuenta y dos sueños interrumpidos. Por unos momentos, todo retornó con él desde la negra gelidez abisal.

Tras el último silencio, aquellos locos que habíamos acudido a escucharle nos acercamos con nuestros ejemplares. El poeta fue preguntándonos los nombres, charlando unos minutos con cada uno de nosotros, escribiendo la amable dedicatoria en su interior.

Era Jüri Talvet, era Elegía estonia y otros poemas.
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miércoles, 16 de junio de 2010

Resumen del día en la oficina

Con la de cosas provechosas que podría haber hecho hoy: componer una sinfonía, escribir una égloga sobre la vida campestre en ciento setenta y tres versículos, corretear desnudo por los verdes prados junto con ninfas y faunos, tocando alegremente el caramillo...

Pues no. Permanecí en mi puesto, sirviendo fielmente a la causa laboral hasta la hora de salida. La sinfonía y la égloga tendrán que esperar. A falta de prados, lo más verde que vi en lontananza fueron unas plantas algo mustias. Y en cuanto a lo de corretear desnudo por la oficina... Bueno, hubo algunas quejas.




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domingo, 13 de junio de 2010

Astrid y Veronika

Hoy es un buen día para comentar la novela Astrid y Veronika, de Linda Olsson.
¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! Eso es lo que significa la vida en realidad. Debemos buscar la felicidad. Nadie ha vivido nuestra vida; no existen pautas. Confía en tu instinto. Acepta sólo lo mejor. Pero debes buscar con cuidado. No permitas que se te escurra entre los dedos. A veces las cosas buenas llegan a nosotros sin hacerse notar. Y no hay nada que nos llegue completo. El resultado vendrá determinado por lo que hagamos con aquello que encontremos. Lo que elijamos ver, lo que elijamos conservar. Y también lo que elijamos recordar. Nunca olvides que todo el amor de tu vida está dentro de ti, y siempre lo estará. Nunca podrán quitártelo.

Veronika es una joven escritora que, tras perder a su novio en un accidente, se instala en una casa de campo del interior de Suecia. Su vecina Astrid es una mujer mayor que prácticamente nunca ha salido del pueblo y que no habla con nadie. En apariencia, ambas tienen poco en común, excepto la búsqueda de la soledad.

Y sin embargo, será eso mismo lo que las una de forma imprevista, iniciando una relación de amistad que entrelazará sus respectivos pasados, sus recuerdos y emociones ocultas. Porque, cuando alguien nos ayuda a sacar nuestros secretos a la luz, puede hacer que cambie nuestra vida.

Tras este argumento encontramos una obra muy bien escrita, que no cae en sentimentalismos vacuos. Los personajes son de carne y hueso, y la descripción de todo lo que pasa por su cabeza y de sus reacciones resulta absolutamente verosímil. Seguí con agrado el ritmo intimista de la historia hasta el final, y por ello no tengo dudas en recomendarla.

Como dicen por ahí arriba, Ha det bra! Que os lo paséis bien.
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domingo, 6 de junio de 2010

Elogio apasionado de la sidra

Escanciar acaba agotando, la verdad: levantar la botella por encima de la cabeza, inclinarla, estirar el otro brazo, calcular el ángulo gravitacional de caída teniendo en cuenta el pulso, la fuerza del viento, la presión atmosférica, el movimiento de rotación del orbe... Lo necesario para que el dorado líquido choque contra el borde del vaso a un metro de distancia.

Mucho estrés.

Pero a cambio...

¡Que rica está la sidra!



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jueves, 3 de junio de 2010

Podemos recordarlo todo por usted

Douglas Quail acude a una compañía especializada en implantar recuerdos artificiales pero totalmente vívidos, como los de verdad. Contraviniendo las advertencias de su esposa acerca de gastos inútiles en la economía familiar, desea tener conciencia de una temporada en Marte, en el papel de agente secreto. Todo va bien hasta que los técnicos se encuentran con un problema inesperado: parece que Quail ya hubiera estado antes en el planeta rojo, y que alguien le hubiera bloqueado esa parte de la memoria. A partir de entonces, ¿en quién podrá confiar? Para empezar, su mujer... ¿es realmente su mujer?
Despertó... y deseó estar en Marte.

Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un empleado como él? No, no era probable.

–¿Te levantas o no? –preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual de malhumor–. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en el maldito horno.

–Está bien –respondió Douglas Quail.

Si estáis familiarizados con el argumento es quizá porque habéis visto la película Desafío total, con Schwarzenegger en la piel del esforzado héroe y los impactantes sones de Jerry Goldsmith surgiendo de los altavoces. No obstante, se trata originalmente de un relato escrito por Philip K. Dick, Podemos recordarlo todo por usted, que confirma a este visionario autor como una de las más caudalosas fuentes de ideas para guiones de Hollywood.

En fin, me voy a dormir, a ver qué sueño.



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sábado, 22 de mayo de 2010

El diario de Géza Csáth

No sé si ponerme como meta para este año unos logros similares a los que tenía Géza Csáth a lo largo de 1912. Temblad...
1) Coitos alrededor de 360-380
2) Ingresos: 7.390 coronas
3) La edición de mi libro Schmidt, el panadero de pan de especias
4) La publicación de la edición alemana de Puccini
5) La publicación de Pean
6) Conseguir el puesto en Stubnyafürdő
7) Conseguir 10 mujeres diferentes
8) Entre ellas dos vírgenes
9) La publicación de mi libro Enfermedades mentales p.m.c.
10) El drama Los Horváth
11) Tener éxito en Stubnya
12) Viaje a Viena con la señora O.

Este señor era primo de mi admirado Dezső Kosztolányi, lo que ya significa genes familiares de escritor de primera. Además componía música, tocaba el piano y el violín, pintaba, era médico, psiquiatra... En el prólogo al Diario de Géza Csáth, título bajo el que se han publicado sus fragmentadas memorias, se señala que fue un autor prohibido en Hungría durante la época comunista, debido a su catalogación como "burgués decadente". Sólo el fragmento citado vendría a dar la razón a los férreos inquisidores.

En realidad, más que decadente, lo que ocurrió es que se le fue la azotea. El libro, que originalmente no estaba pensado para salir a la luz, es una descripción en primera persona de ese proceso. Comienza cuando se instala en la consulta del balneario de Stubnya, donde, si hemos de confiar en su veracidad, cualquier paciente, enfermera, camarera, visitante, madre, hija, sobrina, soltera, casada, viuda, era incapaz de resistirse a su pasión. Aparte de su prometida oficial y futura esposa, claro está.

Página a página sigue relatando la gran juerga de su vida. Y no tarda mucho en hacerse visible la coprotagonista de esa existencia: la morfina. Sin problemas para conseguir la droga, dada su profesión, Csáth se convierte así en un yonqui antes de que se hubiese inventado la palabra. Cada vez más dosis, cada vez placeres más desaforados... Al final, paranoico perdido, mata a su mujer y se suicida.

Pensándolo bien, me quedo como estoy.
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martes, 18 de mayo de 2010

Por un par de letras de diferencia...

Con los párpados aún entrecerrados, me encamino de buena mañana a la máquina dispensadora de cafeína. Mis gestos son automáticos: inserto el dinero, elimino el azúcar y selecciono la modalidad. Al cabo de unos segundos suena un pitido, extraigo el vaso de cartón y me dispongo a dar la vuelta. En ese momento, cierto detalle me llama subconscientemente la atención.

Al lado de la máquina hay una puerta con dos ventanucos. Sendos carteles explican su utilidad. Con lentitud, dada la bruma en que se mueven mis facultades cognitivas, leo el de más arriba: Residuos inor... inor... inorgásmicos. Mmmm, no sé lo que será, pero no me interesa. A ver, el de abajo: Residuos orgásmicos.

Hombre, eso suena diferente. Ya que estamos aquí... La dificultad va a ser introducirme por el estrecho hueco. Uf, no quepo, no; ya he metido un pie, pero por más que lo intento, la pierna no entra. Si empiezo por la cabeza... Nada. ¿Tendrá truco? ¿Necesitaré comerme una galleta mágica, como Alicia?

Frustrado, abro un poco más los ojos, lo justo para darme cuenta de un tercer rótulo entre los agujeros, que reza así: Para objetos de gran tamaño, abra la puerta. La importancia de seguir las instrucciones. Lo de los tamaños depende siempre del marco de referencia, pero supongo que en este caso se aplicará a mi entera persona. Dispongámonos pues al goce.

Pero... si esto es un armario con cubos de basura. Ya totalmente despierto, vuelvo a fijarme en todo lo leído hasta entonces. Ah, no se trata de residuos orgásmicos, sino orgánicos. Qué fallo más tonto, con lo bien que podría haber empezado el día. Por un par de letras de diferencia... En fin, miro otra vez con deseo el café, que está diciendo bébeme...


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miércoles, 12 de mayo de 2010

Miauuuuu

–Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¿Te apuntas conmigo a estudiar chino?
–¿¡!?
–¿Esa cara es que sí?
–Pero vamos a ver, pequeña saltamontes...
–Di que sí, porfa, porfa, di que sí.
–Tienes que buscar algo más fácil.
–Bueno, entonces... Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¿Te apuntas conmigo a Pilates?
–¿Quién? ¿Poncio Pilates?
–No, tonto. Ya verás qué bien te viene.
–Deja que me lo piense.
–Jo. Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¡Feliz cumpleaños!
–Muchas gracias, qué detalle acordarte.
–Aquí tienes tu regalo.
–A ver, a ver...
Miauuuuu.
–¿¿¿¿¡!????
–¿A que te gusta? Es de cariñosa... Tienes que ponerle nombre. Y darle el biberón. Y jugar con ella. Y...
–Tenía que haberme apuntado a chino.




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miércoles, 28 de abril de 2010

A tu sombra sin cuerpo...

Hoy, una vez más, reclama la noche
el tributo que le niegan mis ojos.
Malherido de oscuridad,
me arrebata por fin su memoria.

A tu sombra sin cuerpo estoy atado.

A tu sombra sin cuerpo, a tu ausencia
que es presencia cierta,
a esta sombra que eres tú, hecha de aire
que no puedo respirar,
que no puedo tocar,
silente,
que nunca responderá si la llamo amor.

Descansas ahora, tan inmóvil,
que para no despertarte
mi costado se ha detenido.

Contemplo a ciegas tu rostro,
cada mínima curva, la más pequeña
huella de una sonrisa tuya
que explique el porqué del mundo.

Te beso.

Y en el último momento,
en la última oportunidad antes
del alba,
de que leve te desvanezcas,
del adiós,
será el recuerdo de ese beso, de tu sombra,
de lo que no ha ocurrido,
lo que me devuelva
de nuevo la vida.

Inmensa plenitud
de ti.




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miércoles, 21 de abril de 2010

La ignorancia

Con vosotros, La ignorancia, de Milan Kundera.
También él se alegraba de ese encuentro; ella se mostraba amistosa, coqueta y agradable, guapa a los cuarenta, y él no tenía ni idea de quién era. Suele ser molesto decirle a una persona que no te acuerdas de ella, pero esta vez era doblemente molesto, porque no es que la hubiera olvidado, sino que ni siquiera la reconocía. Y confesarle algo así a una mujer es una trastada de la que él no se veía capaz. Por otra parte, había entendido muy rápido que la desconocida no podría saber si él la recordaba o no y que nada era más fácil que conversar con ella. Pero en el momento en que prometieron volver a verse y ella quiso darle su número de teléfono, se había sentido incómodo: ¿cómo iba a llamar a alguien cuyo nombre desconocía? Sin dar explicaciones, él le había dicho que prefería que le llamara ella y le había pedido que anotara el número de su hotel en la ciudad de provincias.

En esta novela, la memoria es la verdadera protagonista. Mejor dicho, las diferentes caras de la memoria, porque los mismos hechos tienen significados dispares para cada personaje.

Irena y Josef se cruzan en París, en el aeropuerto, tiempo después de su primer encuentro praguense de juventud. Son dos exiliados checos que viajan a su país de origen tras la caída del muro, un pais del que las calles y hasta la forma de hablar de la gente les parecen ahora ajenas.

Ella reconoce a aquel hombre que una vez la miró intensamente en una cervecería. Él no la recuerda en absoluto, pero no se atreve a confesárselo.

Irena está ilusionada. Quizá pudiera ocurrir algo entre ellos, al fin. Quedan en llamarse para salir a cenar la noche anterior al vuelo de regreso. Hasta entonces, cada uno recorrerá de nuevo su vida, las personas que han dejado atrás, las sensaciones, los detalles en apariencia insignificantes que les han convertido en quienes son. ¿Y quiénes son en realidad?

Decir Kundera es referirse a un escritor de los que se elevan muy por encima de la mayoría. De esos elegidos que, incluso cuando producen una obrita "menor", nos regalan algo especial. ¿Se me nota la admiración? Pues eso.
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domingo, 18 de abril de 2010

La luz

La luz,
detrás de mí,
o delante, o a un lado,
o quizás al otro, no estoy seguro
(estaba ebrio,
ebrio de vida).
La luz,
tan cerca,
que casi hubiese podido
tocarla,
arder,
consumirme en ella.
La luz,
difuminándose
paso a paso,
dejándome aquí,
vacío, sin nada,
sin nada.
La luz...



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jueves, 15 de abril de 2010

La primera vez que compré…

Me han dicho que aquí encontraré lo que busco. Empujo la puerta y entro con precaución. No obstante, una indiscreta campanilla anuncia el paso que estoy a punto de dar. Atraída por el sonido, una de las señoritas tras el mostrador fija en mí la pupila. Su inmaculada bata blanca le da un aura angelical que me hace aún más vergonzante explicarle las razones de mi visita.

–Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
–Hola, yo... yo quería... es decir...
–¿Sí?
–No sé exactamente...
–¿No?
–¿Ustedes tienen...?
–¿Sí?
–En realidad, no es para mí.
–¿No?
–Es un encargo de otra persona.
–Entiendo. ¿De su mujer, quizás? ¿De su novia? ¿De una amiga?
–Exacto, de mi... hum... mi mujer. No ha podido venir ella misma.
–¿Y le ha encargado algún producto en concreto?
–Eh, pues cualquier cosa. Lo mismo que me venga bien a mí, por ejemplo.
–Tenga en cuenta que hombres y mujeres son diferentes.
–Claro, ya lo supongo. Y si... sólo a nivel teórico... tuviera que recomendarme... Noto que últimamente he perdido algo de... ejem... ¿cómo diría? Algo de frescura en esta zona (la señalo con el dedo).
–Acérquese al espejo de aumento, por favor.
–¿Aumento?
–Es para hacerle el estudio.
–¿Está bien así?
–Perfecto. Gírese un poco. Ahora hacia el otro lado. Permítame comprobar el tacto de la piel.
–¿Qué le parece?
–Sí, ya veo el problema. Pero no se preocupe, es algo común, le ocurre a mucha gente. Le voy a recomendar una cremita que tiene unos efectos estupendos.
–Diga, diga.
–Si se la aplica por la noche con un suave masaje, va a mejorar esas ojeras. Su mirada será más luminosa.
–Ah, pues me la llevo.
–Aquí tiene. Además del contorno de ojos, le pongo en la bolsa unas muestras para hidratar. Pruébelas, evitan la aparición de arruguitas.
–Qué amable, gracias.
–De nada, vuelva siempre que quiera.

Vaya, al principio costaba, pero una vez entrados en confianza... No es tan difícil comprar productos de belleza pour homme, al fin y al cabo.



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viernes, 2 de abril de 2010

La cabeza de mi padre

En La cabeza de mi padre, Kalman Barsy nos presenta a una familia húngara que emigra a Argentina. Y a continuación relata de que manera afecta esa nueva vida a cada uno de sus miembros.

Zoltán, el padre, transmutado en Zoilo, añorará hasta el fin de sus días los picantes sabores culinarios que la esforzada madre no puede reproducir con los ingredientes locales. El hijo mayor, Laci, de espíritu aventurero, se convertirá en el modelo cuya memoria planea sobre su hermano Attila. Y este, el narrador, favorablemente dispuesto a las costumbres del país de acogida, será no obstante considerado con displicencia por quienes consideran que "húngaro" y "gitano" vienen a ser lo mismo.
Attila se enfurecía si le decían que los húngaros eran gitanos; ese era su gran sufrimiento. Por lo demás, le gustaba ese pueblo, Ituzaingó, su nueva patria. A Laci esas cosas no le importaban. Apenas llegados a la escuela, un grupo de los más grandes le preguntó a su hermano:
–¿De quién sos?, ¿de River o de Boca?
Él todavía no hablaba casi el castellano, por lo que contestó repitiendo de memoria los sonidos:
–De Boca.
De todos modos, tuvo que pelear. Uno de ellos lo desafió mojándole la oreja con el dedo ensalivado, a la manera argentina. Se encontraron a a salida de la escuela, en el terreno baldío detrás del huerto del sacristán. Laci maneja bien los puños y es hincha de Boca, ¿qué más se podía pedir de un pibe? Enseguida lo aceptaron.
Attila, en cambio, sufría por aquello de que le decían gitano por húngaro. En este pueblo había la manía de cambiarle las nacionalidades a la gente: al flaco Galib le decían turco y era libanés; a Groszinski le decían ruso, cuando era judío de Polonia. Pero a uno que cantaba tangos por la radio, bien argentino, le decían polaco: el polaco Goyeneche.
–¿Y que? A mí me dicen gallego y soy catalán –se reía el petiso Ferrer–. ¡Pero a mi viejo le da una rabia!

Una novela estimable que gira alrededor de dos ideas: el sentimiento de pertenencia a un lugar y la falta de reconocimiento a los esfuerzos cuando se vive bajo la sombra de alguien más popular. Tiene momentos especialmente bien resueltos, como cuando el padre decide visitar a Evita para que financie la fabricación de un invento suyo. Dado que aún no domina el idioma, se hace acompañar por Attila como intérprete, y el niño, que está aprendiéndolo mediante tiras cómicas del pato Donald, traduce a su particular e imaginativa manera. Como consecuencia, la atónita prócer entiende que le está pidiendo... una bicicleta.

Hay que decir además que el propio autor tiene una biografía movidita, así que escribe con cierto conocimiento de causa. Barsy nació en Hungría, de donde se trasladó tempranamente con sus padres a Austria, y más tarde a Argentina. A los veintiún años quiso seguir conociendo mundo, por lo que se dirigió primero a los Estados Unidos y luego a Francia, de vuelta a tierras australes y más tarde al norte, a Puerto Rico, donde enseña actualmente en la universidad.

Para todos, a un lado y otro de la mar, un saludo.
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viernes, 26 de marzo de 2010

Hace mucho tiempo...

Intuí la presencia del mal nada más entrar, con aquellos hombres de negro señalándome la dirección. Sin atreverme a desobedecer recorrí pasillos, bajé escaleras, crucé pesadas puertas metálicas y al fin desemboqué en la gran sala. Allí busqué el sitio que me habían asignado, entre miles de otros adeptos.

Pasaron cerca de veinte minutos, mientras el recinto seguía llenándose. De vez en cuando llegaban a mis oídos gritos guturales, inarticulados, no completamente animales, no completamente humanos. Sin embargo, algo en mi interior los identificaba como amigos. Quizá tuviera alguna oportunidad, después de todo.

No. Enseguida esos sonidos familiares se convirtieron en una ominosa respiración. Me sentí transportado de nuevo a la infancia, cuando la oscuridad tenía otro significado, cuando extrañas y amenazadoras máscaras poblaban los sueños y el súbito centelleo de un haz de luz roja podía ser lo último que viera. Él estaba cerca, muy cerca. Él...

La tensión se hizo insoportable. El momento había llegado, tenía que elegir definitivamente entre dos caminos, y uno de ellos podía proporcionarme habilidades que hay quien considera de carácter innatural. Una sombra frente a mí alzó los brazos y todo empezó. Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana...




Siiiiiiiií, siiiiiiiií, estuve el sábado pasado en el concierto de La Guerra de las Galaxias, en el Palacio de los Deportes de Madrid. Lleno hasta la bandera, una pantalla gigante proyectando imágenes de la saga, Anthony Daniels, el actor que hacía de C3PO, como narrador, y la Royal Philharmonic tocando a John Williams en directo. Si lo mío fue un pedazo de subidón de adrenalina musical, no sé cómo denominar la reacción de los dos tipos a mi lado, que desde luego sobrepasaban los diez años de edad, y los veinte, y los treinta, cuando se pusieron a dar alaridos y brincos espasmódicos mientras sonaba como bis la marcha imperial de Darth Vader. ¿Qué lado de la Fuerza escoger? ¡Ay, qué duda…!
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martes, 23 de marzo de 2010

In memoriam (2004)

Recuerdos.

Hay ciertos momentos en que cerramos los párpados del presente, abrimos a cambio los ojos del alma y respiramos y vivimos...

De recuerdos.



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sábado, 20 de marzo de 2010

La llamada

Sonó el teléfono y una voz dibujó en el aire mi nombre. Contesté afirmativamente. A continuación se presentó: era la prima de la chica con la que yo había salido el fin de semana en las fiestas del pueblo.

Perplejidad. ¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde? ¿Cuándo? Mis intentos de aclarar las circunstancias, de entender si el verbo "salir" se refería a casto beso en la mejilla, a flirteo tanguero o si habíamos llegado a mayores, chocaron contra su indignación: ¿Cómo que no te acuerdas de mi prima? ¿Cómo que no sabes de lo que te estoy hablando? ¿Cómo puedes decir eso, después de lo que ella me ha contado? ¿Es que no significa nada para ti?

Argumentos tan contundentes que me hicieron dudar: ¿quizá me había desdoblado en sueños y mi otro yo se había ido de farra? ¿Había sufrido como consecuencia una cogorza monumental, incluyendo una laguna en el hilo de los acontecimientos? ¿Cómo podía estar ofendiendo así a la señorita al otro lado del hilo? Qué actitud tan poco receptiva, por favor...

Después de un rato de tira y afloja, llegamos a la conclusión de que probablemente haya muchísimas personas que se llamen igual por ahí, en diversos grados de sobriedad, y si incluimos realidades paralelas en un universo multidimensional, ya para qué contar. Y no todos estuvieron presentes en las susodichas fiestas, empezando por mi propio ser.

Fue entonces su turno para azorarse, pidiendo mil disculpas. No hay por qué, prima, si casi habíamos llegado a ser de la familia. Además, así voy entrenándome por si acaso alguna vez olvido un aniversario, una cita, una promesa de matrimonio o algo de relativa importancia por el estilo, y tengo que tragarme la correspondiente bronca a distancia.

Hay que ver, qué gran invento para ciertas cosas el de Alexander Graham Bell.



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miércoles, 17 de marzo de 2010

Hormiguero

Hoy tenemos una hermosa novela de Margit Kaffka: Hormiguero.
Las dos muchachas adultas, recostadas contra el tronco, estallan en una risa cómplice.
–¿La has visto?
–¿Qué le habrá pasado a la Vieja? ¿Se ha producido un milagro? ¿O se ha vuelto loca?
–Qué va. Mira el camino. ¿Quién viene por allí?
–Claro, es Virginia, ya lo comprendo. El amor convierte al tigre en paloma.
–¡Deja de decir estas cosas, que las detesto!
Lo dice una muchacha de pelo moreno, ondulado, de figura esbelta y de una belleza extraña, luego se estrecha contra la otra. Es una rubia de cara suave, redonda, de mirada inteligente, con pechos y caderas de mujer. Las dos son del último curso.
–Qué sorpresa, mi pequeña –dice alegremente la rubia–. Sólo hace dos años que ibas corriendo detrás de la bella sor Bernarda.
–Sí, pero aquello fue entonces. Una lleva encerrada aquí años y años, pues se mortifica como puede, y es que tenemos mucho corazón o fantasía, como tú dices. A una, sin querer, se le pegan esas estupideces. Pero tú llegaste el año pasado y me has quitado los pájaros de la cabeza.

Publicada por primera vez en 1917, la acción tiene lugar en el interior de un convento de monjas. Allí coinciden hermanas de todos los rincones del Imperio Austro-Húngaro, con sus respectivas lenguas y costumbres, así como jóvenes novicias y alumnas de magisterio. Los únicos hombres con quienes tienen un trato habitual visten sotana.

Asistimos en ese escenario a la enfermedad de la madre superiora, ya anciana y que habrá de ser pronto sustituida en asamblea. Subrepticiamente al principio, y de forma declarada según se acerca el momento de las votaciones, se van formando bandos que empujan en favor de una modernización acorde a los tiempos, o abogan por mantenerse en las tradiciones.

Y el apoyo a uno u otro grupo tiene mucho que ver con las admiraciones que despiertan las candidatas. Unas simpatías que se demuestran en detalles sutiles: miradas, susurros, sonrisas, roces con la mano. En su micromundo, esas mujeres experimentan las mismas emociones básicas que el resto de la humanidad.

Porque los afectos pueden ser arrinconados, pero no es tan fácil hacerlos desaparecer.
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