miércoles, 30 de diciembre de 2009

2010 (Si...)

Con Rudyard Kipling, me gustaría desear un buen año a quienes estéis leyendo estas líneas. A todos, por anticipado, feliz 2010.
Si...
Si puedes mantenerte firme, cuando todos a tu alrededor
se derrumban y te echan a ti la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan,
y al tiempo, no echar esas dudas en saco roto;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o que te engañen y no devolver a cambio engaños,
o que te odien y no dar cabida al odio,
y aun así, ni parecer demasiado bueno, ni hablar con excesiva sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen,
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu meta;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a ambos impostores por igual;
si puedes escuchar, soportándolo, que personas sin escrúpulos
tergiversen la verdad que has dicho, para atraer a los necios,
o puedes ver destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con herramientas inservibles...

Si puedes poner todas tus ganancias en un montón
y arriesgarlas a una sola tirada,
y perder, y volver a comenzar desde el principio
sin una palabra de queja sobre tu pérdida;
si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
y a resistir cuanto ya no te queda nada más,
excepto la voluntad que les dice: "¡Resistid!"…

Si puedes hablar con las multitudes y conservar tu virtud,
o caminar entre reyes, manteniendo los pies en el suelo;
si ni los enemigos ni tampoco los buenos amigos pueden herirte,
si todo el mundo cuenta contigo, pero nadie demasiado;
si puedes ocupar cada minuto inexorable,
haciendo que los sesenta segundos valgan la pena,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling

(Traducción propia de la versión original inglesa).


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domingo, 27 de diciembre de 2009

Mektub

Mektub.

Estaba escrito, como dicen los hijos del desierto.

Construimos nuestras propias cárceles, nuestras fortalezas, levantadas piedra a piedra a lo largo de los años. Desde fuera se ven poderosas.

Y en su interior... Bueno, ¿a quién le importa lo que ocurre en el interior?

Mektub.



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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Bella figlia dell’amore...

Voy caminando por la calle, bajo un airecillo serrano que presagia todos los males de garganta habidos y por haber. De improviso, una señorita de agradables rasgos surge a mano izquierda, y con una cadencia de paso que denota más prisa que la mía, se sitúa unos metros por delante. Me han explicado los entendidos en ciclismo que en un pelotón es bueno que otro corredor vaya cortando el viento, para evitar su impacto directo en carnes propias. De manera que me aplico el cuento y me pongo a chupar rueda.

Agradables rasgos y aparato locomotor de larga zancada, decía. Añadidos a una ondulante cabellera digna de un anuncio de champú, silueta de perfectas proporciones euclidianas, gusto y elegancia en el vestir... Lo que viene a ser un buen porte general. Algunos conciudadanos que se cruzan en nuestro camino giran la cabeza para sacar sus propias conclusiones científicas.

Si hubiera sido el verdiano duque de Mantua, le habría dedicado eso de Bella figlia dell’amore, schiavo son de’ vezzi tuoi. Como no lo soy, pienso en dedicarle una entrada del blog, cuyo contenido me pongo a cavilar. Una oda quedaría apropiada: Oh tú, delicada ninfa, náyade de belleza inaudita, nereida que ante simples mortales te presentas... Algo por el estilo. ¿Qué rima con inaudita? ¿Afrodita?




Ah, ya estoy nuevamente a su vera, tenemos el semáforo cerrado y hay que esperar. Hum, qué sonido tan peculiar está haciendo con la epiglotis, parece tal que, tal que... No, qué va, imposible, debo de tener los oídos atrofiados. Aunque... ¿por qué inclina ahora la cabeza hacia el suelo? ¿Se le habrá caído algo?

Tras la sonora preparación, cierto material orgánico desechable, que algunos llaman gargajo y otros esputo, sale expulsado de su linda garganta, atreviéndose a rozar sus exquisitamente perfilados labios, para acabar descansando sobre la vía pública, en flagrante atentado contra toda ordenanza municipal. Pero entonces... ¿no se trata de un ser etéreo, feérico, divino? ¡Oooooh!

Traumatizado testigo de una acción carente de la más mínima gracia, poco higiénica y absolutamente nada cívica, siento descender el nivel de mi termómetro platónico. No es que llegue hasta la suela del zapato, pero queda bastante bajo. Moraleja: debe de ser por tanto cierto eso de que no hay que juzgar las cosas por su envoltorio. Ni a las personas. Qué pena...
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viernes, 18 de diciembre de 2009

El muro

Imaginad que estáis invitados a la casa de campo de unos amigos. Vuestros anfitriones tienen que acercarse una tarde al pueblo y vosotros os quedáis disfrutando de la cabaña. Es un poco raro que a la mañana siguiente aún no hayan regresado, de manera que salís al camino por si acaso hubieran sufrido algún percance. Y de repente, ¡paf!, choque en toda la frente.
Lince comenzó de nuevo a quejarse y a pegarse a mis piernas. Aturdida, extendí la mano y toqué algo liso y frío: una resistencia lisa y fría donde sólo podía haber aire. Lo intenté otra vez con aprensión y de nuevo mi mano se posó sobre algo parecido al cristal de una ventana. Entonces oí unos latidos fuertes y me volví antes de comprender que se trataba de mi propio corazón que latía estrepitosamente en mis oídos. Mi corazón había sentido temor antes de que yo lo supiera.

La vía está expedita, ¿con qué habéis topado? Alargáis la mano y la posáis sobre una superficie invisible, una fuerza que os impide seguir adelante. Al tacto, vais siguiendo el contorno de la barrera hasta llegar a las proximidades de un caserío, desde donde distinguís a sus habitantes. Están paralizados, convertidos en piedra. Algo ha acabado con todo vestigio de vida al otro lado.

Así comienza El Muro, de Marlen Haushofer. A lo largo de sus páginas, la protagonista, cuyo nombre nunca sabemos, habrá de aprender a sobrevivir en el valle donde es la única representante de la especie humana. O quizá no...

Ordeñar, sembrar las patatas, segar la hierba para el invierno, aprovisionarse de leña, cazar a los animales cuya muerte no ponga en riesgo el equilibrio ecológico... Todo es nuevo para una persona de ciudad, con cuarenta años cumplidos y dos hijas ya adolescentes.

Y, sobre todo, algo de lo que nunca había sido consciente hasta entonces: una gran insatisfacción vital.

¿Mi opinión?

Una verdadera obra maestra.
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viernes, 11 de diciembre de 2009

Pizzería Kamikaze

Es posible que el otro lado no sea la alegría de la huerta, precisamente. Al menos, para los espíritus que hayan acelerado por su propia mano el momento de cruzar el umbral. Por ejemplo, en el relato más largo incluido en Pizzería Kamikaze, del escritor israelí Etgar Keret, al protagonista su nueva barriada de ultratumba le recuerda a una calle de Tel Aviv. Lo cual resulta muy poco estimulante.

Enseguida encuentra empleo como pizzero, un apartamento de alquiler y amiguetes de bares, para tener algo en que entretenerse en sus horas libres. Sin embargo, las cosas no acaban de salirle bien: sigue sin ligar demasiado, por no decir muy poco, igual que antes del suicidio.

Y eso que tampoco es exigente con el aspecto físico: todos en el inframundo tienen el mismo cuerpo del que habían disfrutado hasta entonces, pero añadiendo los efectos del método elegido para cambiar de plano existencial. Los más demandados son los "impecables", gracias a las pastillas o al veneno.
Por la noche encontré un pub, bastante guay por cierto, el Fiambre Bar. Ponen una música que no está nada mal. Puede que no a la última, pero tiene estilo, y muchas tías van allí solas. De algunas puedes saber exactamente cómo acabaron, porque tienen cicatrices en las muñecas y cosas así, pero otras están estupendas. La verdad es que en mi primera noche aquí una me tiró los tejos, una que sí merecía la pena, sólo que tenía la piel un poco floja, suelta, como si hubiera terminado ahogada, pero tenía un cuerpazo diez, y los ojos también. Sin embargo, no me lancé. Para mis adentros me dije que era por Ergá, a la que con todo este asunto de mi muerte no había hecho otra cosa que amar más, pero vete a saber, puede que tan sólo sea un cortao.

Así que, cuando tiene noticia de que su ex-novia también anda por allí, nuestro personaje emprende un viaje por este Hades tan diferente al que esperaba, decidido a recuperar a su verdadero amor. ¿Lo conseguirá? ¿Estará ella interesada en retomar la historia? ¿Qué aventuras "vivirá" entre tanto, con qué otros curiosos vecinos del lugar se habrá de tropezar?
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Yo estuve allí

Nynäshamn, territorio histórico de Södermanland, reino de Suecia. El sol casi se ha puesto. Ellos son cuatro veces más numerosos que nosotros y no conocen el miedo. Traen en su estandarte, en campo de oro, un grifo rampante de sable armado de gules. Estamos rodeados. Sin embargo, contra toda lógica, contra toda esperanza, aún resistimos.


Terrible y desigual batalla es la que se libra en esta Kräftskiva, "fiesta del cangrejo". Celebración típica que consiste en... comer cangrejos. De río, concretamente. Allí me encuentro, llevado por mi destino, en una mesa ocupada por una veintena larga de suecos de ambos sexos y apenas media docena de compatriotas. Las bandejas de crustáceos van circulando, a la par que disminuye el contenido de las botellas de aquavit. Ninguno de los dos bandos quiere ser el primero en doblar la rodilla y pedir clemencia. Los caparazones ya vacíos tiñen poco a poco de rojo el campo del honor.

Se dan ánimos entre sí para aumentar aún más su fuerza. Uno detrás de otro, los normandos se levantan, proponen un brindis y su hueste aplaude y grita estentóreamente ¡Hurra, hurra, hurra! tres veces, a la manera escandinava. A continuación inician un feroz y multitudinario canto coral como respuesta. Junto a cada vaso, en hojas impresas, figuran las letras de las canciones, que surgen de entre sus filas como nubes de saetas.

Por fin, entre mordisco y chupito, su alférez proclama desafiante: ¡Que canten los españoles, que canten, que salgan a la palestra si se atreven! ¡El vencedor quedará dueño del día! Idea que es ovacionada por los demás. Mis compañeros cruzan miradas, confusos, agotados, la sombra de la derrota planea con sus fatales alas sobre nosotros. Framåt, framåt! ¡Adelante!, nos exhortan los seguidores de Odín.

Y es en ese mismo instante cuando siento que unas palabras pugnan por salir de mi pecho. Es en ese preciso momento cuando me pongo en pie y me subo a la silla. Es en esa hora memorable cuando desvelo la cota de armas de mis ancestros, la misma que ya ondeara bajo el rey Ramiro, cuando los barbados vikingos arribaron en sus drakkar de cabeza de dragón...


Lleva nuestro emblema, sobre campo de azur, la Cruz de la Victoria de oro, guarnecida de piedras preciosas, con las letras alfa y omega pendientes de sus brazos. Y la leyenda, también de oro, Hoc signo tvetvr pivs. Hoc signo vincitvr inimicvs. Vencerás al enemigo… Vencerás...

Los ojos de todos brillan. Nacidos en cada esquina del hispánico mapa, nos convertimos sin necesidad de juramentos en hijos adoptivos de la misma tierra astur. Extiendo entonces los brazos desde la cumbre: No flaqueéis, muchachos, al unísono, con un solo corazón, y nos lanzamos.


Y la flor he de coger... Sostenemos tenorilmente la última nota. Al principio, asombrado silencio. De súbito, como una galerna incontenible, apoteosis. Los suecos braman de entusiasmo, las suecas insisten en tener descendencia nuestra, de forma inmediata. Queda sellada por tanto la alianza eterna, imperecedera, entre ambos pueblos. Cuando vuelvo la vista atrás, con la piel erizada, aún puedo vivir aquella jornada gloriosa. Yo estuve allí...
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viernes, 4 de diciembre de 2009

Sangre a borbotones

Madrid, Federación Ibérica de los Estados Unidos, fecha indeterminada de este siglo.
Acodado en el alféizar, veía los veleros amarrados en el puerto y el transbordador de bicicletas que unía Génova con Goya. El Canal Castellana atravesaba la ciudad de norte a sur y ya se había convertido en la principal vía de comunicación entre el centro y el resto de la península. Tambien era un lugar apropiado para depositar a los sabihondos, los entrometidos, los deudores y los bocazas, todos con sus correspondientes zapatos de cemento. La policía lo dragaba cada pocos meses, lo que resolvía aproximadamente la mitad de los casos de desapariciones que teníamos pendientes.

La hija de alguien ha desaparecido, alguien sospecha que su mujer le engaña, el personaje femenino del libro que alguien está escribiendo ha adquirido vida propia y su autor no sabe cómo continuar...

Son casos que llegan a la agencia de investigaciones compartida por Clot y su socio Dickens. Horas bajas para el negocio, de esas en las que un profesional ha de aceptar cualquier encargo.

Aunque alguno puede resultar mucho más peligroso de lo esperado. ¿Qué relación oculta hay entre ellos? Manex Chopeitia, el todopoderoso presidente de Chopeitia Genomics, la empresa cuya sede social es el edificio más alto y mejor protegido del continente, está interesado en que el sabueso no continúe metiendo las narices donde no le llaman.

Sangre a borbotones, de Rafael Reig. Novela negra con solera, de la que se adquiere en barricas de buen roble americano. Atascos de bicicletas en las horas punta, conducidas por los habitantes de una metrópolis hispano-angloparlante. Viviendas adosadas en el subsuelo de Argüelles, con luz artificial y jardines plegables. Muelles de carga en Puerto Atocha. Botes de vela maniobrando en los canales de la Gran Vía. Potentes drogas de diseño en cápsulas verdes... Como tantas otras leyendas urbanas, ¿existe en realidad el Protocolo 47, cierto experimento genético secreto financiado por Telefónica?

Quien quiera averiguarlo, que empiece a leer.
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martes, 1 de diciembre de 2009

Por ella

Aguzadas lanzas y broncíneos escudos se alineaban hollando las arenas, hasta donde las mil ciento ochenta y seis naves habían sido varadas. Los caudillos aqueos, procedentes de Beocia, la Fócide, el Ática, Arcadia, Lacedemonia, al frente de sus huestes, contemplaban cómo el sol se reflejaba en las titánicas murallas.

Cada hombre era consciente de su propia respiración, de cada gota de sudor que corría por su piel. A lo lejos, sobre la torre principal, podían distinguir a una figura que describía a sus acompañantes quiénes eran, cuáles sus méritos y hazañas. Aunque ninguna comparable a lo que estaba sucediendo desde hacía ya nueve años, frente a la inexpugnable ciudad.

Ella. Sólo podía ser ella, la hija de Zeus, la deseada por los mortales. Ella, por quien habían atravesado las profundas aguas, por quien lo habían dejado todo atrás. Ella, la princesa cuyo nombre significa hermosa como el sol.

Ninguno se movía, ninguno era capaz de pronunciar una palabra o de apartar los ojos. Cuando su brazo parecía apuntarles directamente, los héroes se humedecían los labios, presas de un ligero temblor, como si el dios de dioses les hubiera enviado uno de sus rayos.

Su presencia tras los muros les galvanizaba, les empujaba a intentarlo una y otra vez, sin pensar en volver a su tierra, sin temer por su suerte, tan frágil ahora que el Pélida Aquiles les había abandonado, henchido de ira por las afrentas de Agamenón. Sólo Calcas, el augur, murmuraba para sí algo ininteligible.

Las puertas de Troya se abrieron. En la llanura se desplegaron los penachos de los hijos de Ilión. Por el honor, por la gloria... Por ella...



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