Trenes rigurosamente vigilados, novela de Bohumil Hrabal. El protagonista, Milos, con su abrigo de botones de bronce y estrella de hilo dorado de aprendiz, se reincorpora después de una temporada bajo observación psiquiátrica, a un destino por el que continuamente pasan convoyes de tropas y material alemanes. Tiene novia, la revisora Mása, pero su primera experiencia íntima fue un desastre, debido a que "se quedó mustio como un lirio", lo cual le condujo a un frustrado intento de suicidio. No sufre el mismo problema su compañero de trabajo, el factor Hubicka, como demuestra en colaboración con la radiotelegrafista Zdenka, a quien estampa en el trasero los entintados sellos de la estación. El asunto trasciende, llega a altas instancias y, dado que se trata de sellos oficiales, el mismísimo director de los ferrocarriles del Estado crea una comisión para examinar el "cuerpo de delito", tomando las pertinentes fotografías. Por su parte, el jefe del lugar, colombófilo empedernido que anda de aquí para allá cubierto de palomas, teme que los escándalos de su subordinado perjudiquen sus posibilidades de ascenso a inspector. Mientras tanto, cualquier maniobra en falso con las agujas, que retrasara en lo más mínimo la marcha de los trenes militares, podría ser considerada como acto de sabotaje contra el Reich, por los poco simpáticos SS que los escoltan. Y finalmente entra en juego la Resistencia checa...–Milos, mañana tenemos servicio nocturno, otra vez juntos... Por nuestra estación pasará un tren de carga compuesto por veintiocho vagones de munición, la llevan en vagones abiertos, pasará por nuestra estación a las dos de la mañana. Y entre nuestra estación y la siguiente no hay montes ni edificios... Todo ese tren podría volar y volar y el universo correría con los gastos...
–Estaría bien, señor factor, estaría bien, pero, ¿con qué?
–Nos llegará a tiempo todo lo necesario...
–¿Dónde está el tren?
–Mañana sale de Trebíc.
–Así que ahora vamos a ser nosotros los que vigilemos rigurosamente a un transporte militar, ¿verdad? –sonreí y el cobertizo se oscureció durante un momento.
Y es que la bandada de palomas polacas había pasado volando junto a la ventana.
Tragicómica, con el ominoso escenario de las desgracias de la guerra, que planean en todo momento sobre sus inolvidables personajes, pero con un humor no menos omnipresente, mi impresión es entusiasta: se trata de una obra extraordinaria. ¿Para qué decir más? Así que no olvidéis meter a Hrabal en vuestro equipaje, mientras escucháis música de su compatriota Smetana, por ejemplo. Hasta pronto, ¡viajeros al tren!





