Y si finalmente, vencido ese amor propio, llegara el momento de comunicar a sus amiguetes su próximo paso por la vicaría... podría ocurrir esto.
"Unos días más tarde, recibí la invitación a una despedida de soltero que sus numerosos amigos le dedicaban. Para aquellos que no estén familiarizados con esta humillación semipública, el principal motivo de una despedida de soltero –aparte de emborracharse–, es dar a los amigos casados de la víctima la oportunidad no sólo de escapar de sus esposas por una noche, sino de pasar unas horas regocijándose ante las inminentes desdichas del pobre diablo.
(...)
Harpo y yo ideamos una treta brillante. Cada uno de nosotros llevaría una maleta, y al meternos en el ascensor nos despojaríamos de nuestros vestidos. Luego guardaríamos la ropa en la maleta. Cuando el ascensor llegara al piso donde se celebraba la reunión, las puertas se abrirían y nosotros saldríamos como Dios nos trajo al mundo y tocados con nuestros sombreros de paja, portando las maletas. Esto iba a provocar sonoras carcajadas. Además de ser divertido, causaría impresión. Apenas sí podíamos resistir la espera.
Cuando las puertas del ascensor se descorrieron, los dos bromistas hicimos nuestra entrada apoteósica. Pero algo había salido mal. En lugar de las sonoras carcajadas masculinas que habíamos previsto, tres mujeres se desmayaron y el resto empezó a llamar a gritos a la policía. Por lo visto, varias amigas de la novia daban aquella misma noche una cena en el piso superior. En nuestra precipitación, nos habíamos equivocado al oprimir el botón del ascensor.
Presas del pánico, dimos media vuelta, pero se trataba de una puerta automática y ya se había cerrado silenciosamente a nuestra espalda. Allí estábamos, atrapados. Buscamos la escalera, pero no dimos con ella. Aparentemente, algún enemigo nuestro la había hecho desaparecer. Finalmente descubrimos en un rincón una frondosa planta decorativa. Trémulos de confusión, corrimos hacia ella y nos ocultamos detrás".
Es decir, no solamente ese tipo anteriormente feliz habría caído bajo, muy bajo, bajísimo, en las catacumbas, sino que correría el riesgo de que sus colegas le acompañaran en el ridículo. Propongo un minuto de reflexión al respecto, por si acaso llegáramos a experimentar algo parecido.
El señor Julius, conocido fuera de su casa como Groucho Marx, escribió en 1972 su autobiografía, Groucho y yo. Después de haber leído anteriormente sus Memorias de un amante sarnoso, ¿cómo no iba a adquirir este libro, con manos temblorosas, cuando me topé con él? Las andanzas de nuestro personaje no empezaron en la gran pantalla y ni mucho menos acabaron allí. Nacido en el seno de una amplia familia sin demasiados recursos, comenzó joven en el mundillo de la farándula, después de fracasar como chico de repartos. En su incipiente carrera, fue acumulando experiencia en teatros locales, con espectáculos de variedades a los que pronto se unieron sus hermanos Harpo, Chico, Zeppo y Gummo, hasta que conseguió debutar y triunfar en Broadway, gracias a la financiación de un fabricante de galletas saladas, que quería ver a su amante en escena. También acumuló experiencia en la vida "civil", como cuando el marido de la chica tan potable a quien había acompañado a su barrio nada más conocerla, a su casa, a su sofá... empezó a aporrear la puerta. "¿De verdad dije que no estaba casada? Oh, era una broma. Métete en el armario, deprisa". El dinero fluyó, abundante; después se volatilizó, en el año 29. El cine sonoro se impuso al mudo y muchas, muchas más cosas: Sopa de ganso, Un día en el circo, Una noche en la ópera...Bueno, ¿a qué esperáis? Id a comprarlo.




