jueves, 28 de mayo de 2009

2001, odisea en el espacio.

Anda que no se hizo popular ni nada, la música de 2001, odisea en el espacio. El comienzo del poema sinfónico Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, permanece en los oídos inquebrantablemente relacionado con el homínido que descubre el hueso-cachiporra. Luego venía el Bello Danubio Azul, acompañando a las evoluciones del transbordador espacial, otras melodías de Khatchaturian y Ligeti para ambientar el viaje de la nave Discovery, etc.




Pues lo que debería haber sonado no era eso, sino la partitura compuesta ex profeso por Alex North. El director, Stanley Kubrick, deseaba incorporar música clásica desde el principio, pero el estudio insistió en crear algo original. A tal efecto, North fue contratado y se aplicó a la tarea con gran empeño. Tanto, que incluso tuvo que asistir a las sesiones de grabación en ambulancia. Todo ello, con Kubrick supervisando el montaje y haciéndole sugerencias para escenas determinadas. Llegó el día del estreno en Nueva York (abril de 1968), se abrió el telón... y ya sabemos qué es lo que ocurrió: lo habían cambiado todo. Evidentemente, el compositor, que se esperaba lo que viene a continuación, salió de la sala en estado de shock.

Ante el éxito alcanzado, nadie dijo ni mu. Incluso, las cintas originales acabaron desapareciendo con el tiempo. Afortunadamente, se conservaron las notas escritas, pero North nunca pudo escucharlas de nuevo. Tuvieron que pasar veinticinco años para llevarlas al disco, y para entonces, ya había fallecido.


"En los cien mil años transcurridos desde que los cristales descendieron en África, los monos-humanoides no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los carnívoros menores; en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.

Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no les eran esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podían ser usadas para arrancar raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a reemplazarlos, con inconmensurables consecuencias. Los monos-humanoides no se hallaban ya enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más toscos podían añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de su cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, y la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los primeros pasos hacia ella".

Bien, bien, la película tiene otra anécdota, relacionada con su lado literario. 2001 es también un libro, claro, de Arthur C.Clarke, una de las grandes plumas de la ciencia ficción. Lo curioso del caso es el orden en que salió a la luz. Normalmente, se edita primero la historia y se filma después; aquí fue al contrario, Clarke redactó las bases del guión y, mientras se rodaba, fue escribiendo el libro, que se publicó a posteriori. Pero como el director de la película introdujo algunas modificaciones, llega un punto en que ambas obras divergen. Sobre todo, el final, que queda tan "interpretable" en el cine, se comprende mucho mejor en la versión sobre papel.

Resumiendo, la recomendación del día es releer este clásico y comprobar dónde se estimaba, en los sesenta, que la humanidad se encontraría actualmente. Más tarde vino la segunda parte, 2010, y la tercera, 2061, y la cuarta, 3001... Pero eso, ya en otra ocasión.

lunes, 25 de mayo de 2009

¡Que vienen los japoneses!

Son contadas las ocasiones en que he podido tratar a alguien del país del sol naciente. Como todos, también ellos tienen sambenitos y estereotipos, entre los que se cuenta la falta de expresividad. Una vez, siendo estudiante, me ofrecieron servir de improvisado cicerone a un turista japonés que deseaba dar una vuelta por el pueblo de Chinchón. Para dos veces en la vida que habré estado allí de pasada, ¿qué podía yo contarle? Pero bueno, un dinerillo siempre le viene bien a la faltriquera del pobre.

Por si no lo conocéis, Chinchón es una localidad situada a unos cincuenta kilómetros de Madrid. Su casco urbano se considera lo suficientemente pintoresco como para albergar un Parador Nacional. De manera especial, la plaza mayor, con pórticos y galerías, constituye un ejemplo de arquitectura popular tardomedieval. Y, curiosamente, parece que a los japoneses les atrae mucho su nombre, porque les recuerda el chin-chin al brindar.

El caso es que leí lo que pude sobre el lugar, me presenté a la hora convenida, hice una ligera inclinación y hala, a perorar: que si la historia, el arte, los castillos, la tortilla de patatas, la sangría, bla, bla, bla. Todo en inglés, claro está. Al final de la excursión, yo tenía el gaznate seco, pero el hombre no había dicho ni una sola palabra. Ni siquiera una pregunta, alguna duda, cualquier aspecto que deseara ampliar. Vete a saber si se quedó contento, si le parecí un buen motivo para el harakiri o… glup, si hablaba inglés.

En el libro Ni de Eva ni de Adán, Amélie Nothomb tiene esa misma sensación de duda de vez en cuando. Autora belga, nacida circunstancialmente en Japón, narra de forma autobiográfica sus aventuras cuando, a los veinte años, vuelve allí a vivir. Tras ofrecerse como profesora de francés, conocerá a Rinri, un nativo de su misma edad y reacciones en principio hieráticas. Sólo con el tiempo, tras acompañarle en diferentes ambientes, será capaz de penetrar más en su alma, hasta iniciar una relación amorosa muy peculiar.


–También es difícil ser japonés.
–Seguramente, cuenta, cuenta.

No dijo nada. Respiró. Vi cómo sus rasgos se metamorfoseaban.

–A los cinco años, como los demás niños, tuve que examinarme para entrar en una de las mejores escuelas primarias. Si hubiera aprobado habría podido, un día, ir a una de las mejores universidades. A los cinco años, ya lo sabía. Pero no lo conseguí.

Me di cuenta de que estaba temblando.

–Mis padres no dijeron nada. Estaban decepcionados. A los cinco años, mi padre sí lo había conseguido. Esperé a que llegara la noche y lloré.

En fin, a lo largo de la obra se aprenden curiosas costumbres orientales, relacionadas con el comportamiento social, la familia, los amigos... y surgen situaciones sazonadas de humor, cuando esas costumbres topan con el desconocimiento o la incomprensión de la protagonista. Una novela amable, bien escrita y perfecta para pasar el rato.

También en el ámbito de las relaciones oriente-occidente, podríamos inscribir a otros dos relatos, publicados de forma conjunta: La tumba de las luciérnagas y Las algas americanas, de Akiyuki Nosaka. En el primero, se narran las consecuencias de la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial, especialmente sobre unos niños sometidos a bombardeos que trastocan cualquier orden que pudieran conocer. Es la mitad triste. El segundo, por su parte, ya mueve un poco más a la sonrisa, al menos agridulce. Cuenta las expectativas y equívocos entre culturas, cuando un matrimonio insular de clase media se prepara para recibir como anfitriones a unos pensionistas norteamericanos, a quienes la esposa había conocido de vacaciones en Hawai. Los esfuerzos por aprender inglés de ella, hacen recordar al marido sus experiencias previas con los occidentales, desde lo que aprendió en el colegio ("a los blancos, hay que agarrarlos por la cintura y tumbarlos con una koshinage, una uchimata o una oosotogari"), hasta los tratos para conseguir cigarrillos y chocolate de las tropas de ocupación. Lo más complicado viene cuando tiene que llevar al yanqui de pilinguis...

Pues nada, otra referencia en la lista. Y como selección musical, veamos, veamos... Choque cultural de nuevo, pero tomado de manera heterodoxa.


La película 1941, de Steven Spielberg, reunió a John Belushi, Dan Aykroyd, Christopher Lee y Toshiro Mifune, entre otros. El argumento gira en torno a un submarino japonés que, al poco de Pearl Harbor, desea llevar a cabo algo glorioso: atacar Hollywood. Para su desgracia, debido a la avería de la brújula, están un poco perdidos, lo mismo que un piloto norteamericano medio chalado, que persigue supuestos cazas enemigos por todas partes, los encargados de emplazar una batería de costa en un jardín privado, etc. Mientras tanto, el general al mando se va al cine, a ver Dumbo. Caos, comedia y un montón de explosiones que culminan en la escena en que el submarino "hunde" una noria del parque de atracciones. La banda sonora es de otro grande, John Williams. Sayonara

domingo, 24 de mayo de 2009

Soneto.

Eres el rayo de luz que ayer
atravesaba mi espalda ciega,
eres la herida que hoy se niega,
súbita, muda, a dejar de arder.

Y tengo que huir, no quiero saber
si es el silencio preludio de entrega,
cuando el surco palpitante anega
lo poco que en mí no es ya de tu ser.

Si me diera la vuelta, si mirara
en tus ojos quién eres de verdad,
si la vida de nuevo empezara...

Pero me llenaré de vaciedad,
el mañana golpeará mi cara
y seré libre... No habrá piedad.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La calle del Olvido.

Nunca se sabe, cuando se pone un pie fuera de casa, qué acontecimientos sin planear esperan al otro lado del dintel. Y en términos de libros, tres cuartos de lo mismo: la compra compulsiva acecha en cualquier momento. Así me ocurrió no hace mucho, saliendo de unos grandes almacenes a través de la sección de librería. A mi paso, iba dejando resbalar una relajada y fugaz mirada cuando, al llegar a los autores que empiezan por V, ese sexto sentido que tanto me falla en las quinielas me hizo detenerme en seco. Juan Vilches, La calle del Olvido. No me suena, pero... por si acaso, me lo llevo. Cóbrese, por favor...


No tardó mucho en aparecer Natalia, tan bella y sensual como siempre, bajo un paraguas azul. Trataba de ocultar su identidad con unas gafas oscuras y un pañuelo a la cabeza. Se acercó hasta él y se miraron en silencio, frente a frente. No hizo falta decir nada. Los ojos hablaban por sí solos.

Natalia, siempre precavida, echó un vistazo a uno y otro lado de la calle. Apenas se veían transeúntes. Y como una pareja más, cogió a Ortiz del brazo y caminaron juntos hasta el portal. El capitán la miró de soslayo y vio que ella sonreía emocionada. Parecía la mujer más feliz del mundo.

El oficial saludó al portero, un hombre pequeño y de piernas arqueadas, que lustraba con esmero la barandilla de la escalera. Como nunca había visto a Mercedes, se imaginó que Natalia era la esposa del capitán.

Una vez en el ascensor, se abrazaron con fuerza y sus labios se buscaron con pasión y deseo. Él permanecía con los ojos abiertos, para no olvidar ningún detalle. Ella, con los ojos cerrados, soñaba con un mundo mejor junto al capitán.

La casa olía a humedad, pero no importaba. Recorrieron el pasillo entre besos y caricias, hasta llegar a la habitación del servicio. Ortiz no quiso utilizar, por respeto, la alcoba de sus abuelos.

–Te amo –le dijo Natalia mientras abría su cuerpo al capitán.
–Te deseo, Natalia.

Se trata de un dramón ambientado en la España de la posguerra, donde no falta de nada y nada es exactamente lo que parece: un crimen cometido en Rusia, malos con halitosis que van a ir derechitos al infierno, espías britanicos, norteamericanos, alemanes, españoles, envueltos en conspiraciones muy gordas, consejos de ministros que discuten a qué bando favorecer, una expedición aliada cruzando el Atlántico, presta a desembarcar en las Canarias, un juicio de cuyo veredicto podría depender todo el futuro... Y en la vorágine de los acontecimientos, un héroe con un montón de medallas y pasado traumático, en el papel de abogado defensor, y una bella joven romántica e insatisfecha, esposa del acusado. Aunque no se ahorra ciertos tópicos, los personajes pecan de un punto de linealidad y ese momento histórico en concreto ha sido ya muy utilizado en otras novelas, no puedo negar que me ha entretenido bastante. De hecho, según avanzaba, iba visualizando las escenas mentalmente, como si fuera un guión cinematográfico. Mmmm, ¿qué compositor sería el mejor para la banda sonora? Habría de tener un tema principal con pegada, momentos épicos, otros muy líricos, la tragedia siempre rondando, una dosis de misterio... Sí, James Horner, el ubicuo, cumple con los requisitos. Especialmente, una música al estilo de Leyendas de pasión le vendría que ni pintada.


Hala, a disfrutar.

domingo, 17 de mayo de 2009

Viaje a Rumanía, N-Z.

Nosferatu.
Variante de nuestro amigo el conde de largos colmillos, utilizada por Friedrich Wilhelm Murnau para no tener que pagar derechos de autor en la película homónima, que rodó en 1922.

Ñuberu.
Jo, resulta imposible encontrar una palabra que empiece por esta letra, y además tenga relación directa con el tema. El ñuberu es una figura mitológica asturiana, que controla las tormentas, la lluvia y el rayo. Afortunadamente, en este viaje me hizo buen tiempo, excepto un día algo pasado por agua en Brasov, por lo que el ñuberu debió de quedarse en los Picos de Europa, en vez de acercarse a los Cárpatos.

Orquesta George Enescu.
Sobrenombre de la Filarmónica de Bucarest, en homenaje al compositor más famoso a este lado del Danubio (1881-1955), quien jugó un papel protagonista en la revitalización de la vida músical de su país. Sus Rapsodias rumanas, junto a las sinfonías y la ópera Edipo, son obras muy apreciables. Especialmente, la difundida y animada Rapsodia nº 1.


Peles.
Palacio real de verano, erigido a partir de 1873 en la localidad de Sinaia, rodeado de bosques y montañas. Mezcla varios estilos, pero aun así resulta arquitectónicamente agradable. La decoración interior es lujosa, si bien, al estar compuesta principalmente de madera, le da un tono de conjunto algo oscuro. Actualmente, es un museo que vale la pena visitar.





Queruscos.
Buf, esta letra también me ha costado mucho rato de darle al magín. Los queruscos fueron una tribu germánica que se pegó con los romanos. Su momento cumbre fue la batalla de los bosques de Teutoburgo, a principios de nuestra era, donde masacraron a tres legiones de Augusto. Con el tiempo, este pueblo se integró en la confederación de los sajones. A su vez, a la caída del imperio, los sajones se expandieron por la Europa continental e Inglaterra (donde se mezclaron con los anglos, dando lugar al término actual anglosajón). A Transilvania llegaron alrededor del siglo XIII, y conservaron su lengua y costumbres durante las siguientes centurias. Actualmente, la mayoría de esta comunidad ha abandonado Rumanía, de vuelta hacia la tierra de sus antepasados: donde esté el bolsillo, ochocientos años no son nada...

Rogers, Richard.
Prestigioso arquitecto que firmó la ampliación del aeropuerto de Madrid-Barajas, conocida como Terminal 4. Tengo entendido que ganó algún premio de diseño. Desde el punto de vista del viajero, que suele ser más funcional que artístico, es el producto de la mala digestión de una cena de hongos alucinógenos con salsa de tabasco. Sube, baja, sube, aborda el trenecito, no es por aquí, da la vuelta… Pero si llevo más de cuarenta minutos andando desde que aterricé y aún no he llegado a la cinta de las maletas...

Sighisoara.
Ciudad medieval, de origen sajón. Chiquitina, amurallada y razonablemente bien conservada. La torre del reloj es su centro de referencia, y desde lo alto se disfruta de excelentes vistas. Compré allí un par de grabados, que en cuanto los enmarque van a quedar estupendos colgados en el pasillo. En la casa donde nació Vlad el Empalador, hoy se ubica un restaurante para turistas.



Trajano.
Emperador romano, bajo cuyo mando se conquistó la Dacia, tal como se describe en los altorrelieves de la columna homónima. Según la tradición, este reino de la antigüedad era famoso por el oro, el buen vino y la belleza de sus mujeres. Después de unas campañas poco afortunadas de su antecesor Domiciano, Trajano, atraído principalmente por la primera de las tres razones, dijo que ya estaba bien de tanto cachondeo. Le costó unos seis añitos de sudor, pero al final venció a su contrincante, el rey Decébalo, y convirtió al territorio en provincia del imperio

Ursus.
La cerveza más típica. Significa "oso". Muy suave y algo amarga, mejor para las épocas de calor. Se ofrece sólo en botellas de medio litro, supongo, porque no vi ni caté otras.

Vlad "el Empalador".
Príncipe de Valaquia, inspirador del personaje de Drácula. De acuerdo con el sobrenombre, su trato social con quienes no le caían bien, era más que discutible. Sin embargo, hoy no está mal considerado por sus paisanos, debido a su tenaz resistencia al avance turco. Según una leyenda que me contaron, en el brocal de un pozo había una copa de oro, para que los caminantes sedientos que pasaban por delante pudieran beber (agua). No había peligro de que nadie la robara, pues cualquier delito, real o ficticio, era castigado con la introducción del palitroque por salva sea la parte. Un día, una viejecita se llegó al pozo y descubrió que la copa había desaparecido. Entonces, se supo en la región que Vlad había dejado de ser el mandamás.

Weisz, Gizella.
Protagonista del relato La sección, de Adám Bodor, autor transilvano por quien alguna vez he manifestado mi admiración. Gizella no comprende muy bien el nuevo destino al que la envían sus superiores del partido, dirigir una extraña y remota sección, pero su férrea disciplina y amor al sistema, en cuyo seno está llamada a grandes metas, le impulsan a desempeñar las tareas encomendadas con el mayor entusiasmo. La única pega del librillo, una parábola sobre el seguidismo de lo absurdo, son sus escasas cincuenta y nueve páginas, que se recorren en un suspiro.

X.
Siglo en el que comenzó la conquista y asentamiento de colonos magiares en Transilvania. Por eso, la separación territorial ya mencionada en 1918 (ver letra D), fue traumática para Hungría. En pueblos y ciudades, pude observar que los carteles indicadores de direcciones, así como los nombres de los edificios notables, estaban escritos tanto en rumano como en húngaro. Por desgracia, aún existen tensiones políticas, por cuestiones nacionalistas, entre los dos países vecinos.

Yuntas de bueyes.
Granja tras granja junto a las carreteras, se veía pasar la vida rural: numerosos carros cargados de heno o de troncos, arados uncidos a los bueyes, laboreo con azada… Las mujeres usaban pañoletas en la cabeza y vestidos largos; los hombres, grandes bigotes, gorros cilíndricos de lana y algún que otro sombrero de ala ancha. Las casas eran mayoritariamente de madera, con tejados a dos aguas, bien cuidadas. El cuadro completo, pintoresco a más no poder.

Zamfir, Gheorghe.
Músico del país, considerado el máximo especialista en la flauta de Pan (esa con muchos tubitos, no es que se coma). Siempre había considerado a este instrumento con cierta displicencia, pero ya no. Comencé a valorarlo un poco en un restaurante típico, con espectáculo de coros y danzas. Como cuando los guiris van a un tablao flamenco, sólo que, en este caso, el guiri era yo. Salieron los artistas: dos violines, contrabajo, acordeón, flauta de Pan, clarinete y cimbalón. Me autosugestioné, para aislarme mentalmente por si acaso resultaba una serenata como alguna de las que tocan en el metro: "no estás aquí, no estás aquí, estás en Waikiki, oooooommmmmm". Al cabo de cinco minutos, me encontraba encantado. ¡Qué virguerías! ¡Vaya virtuosos! Pues bien, el señor Zamfir, además de numerosos discos dedicados al folclore, participa en la banda sonora de Kill Bill, consiguiendo un sonido como "del oeste", que da idea de su versatilidad. Y habiendo llegado a la última letra de este largo abecedario, me despido cortésmente...

miércoles, 13 de mayo de 2009

Viaje a Rumanía, A-M.

Automóviles.De lo más variados. Dacia es una marca extendida, pero ni mucho menos la única. Por ejemplo, en un patio medio escondido de la iglesia-fortaleza de Prejmer, hallé este modelo clásico, útil para apoyar los aperos...





Bucarest.
Según los libros, hace un siglo la llamaban la París de los Balcanes. Hoy en día, un poco desvencijada. Al menos el centro histórico, con calles polvorientas, casi sin pavimentar, y edificios a punto de derrumbarse, sostenidos por contrafuertes metálicos. Qué pena. Habría que meter una pila de millones en reformas...

Castillo de Bran.
Construido originalmente en el siglo XIII, en lo alto de un risco, y de aspecto imponente. Su principal valor sentimental estriba en la relación popular con el conde Drácula, sin mucha base histórica, pero que atrae a los turistas. Después de un juicio, han tenido que devolvérselo al heredero de la princesa Iliana, la propietaria hasta 1948. Parece ser que el tipo, muy norteamericano él, quería montar un parque temático estilo Disney, pero no le han dejado; al fin y al cabo, aunque privado, se trata de un monumento. De manera que se ha puesto chulo y dicen que desde mayo lo cierra a las visitas. El ayuntamiento de Brasov, dueño de los muebles, ya los ha sacado. Llegué por los pelos...

Danzas populares rumanas.
Hasta la Primera Guerra Mundial, Transilvania era parte del Imperio Austro-Húngaro, y fue cedida a Rumanía para recompensarla por su participación en la contienda a favor de los aliados. Debido a la mezcla de culturas de la población, no es extraño que un húngaro como Béla Bartók utilizara melodías tradicionales de la zona, tanto magiares como rumanas, en varias de sus obras. Esta breve joya es una buena muestra de ello.


Estaca.
Bien afilada, remedio infalible contra los chupasangre, siempre que sea de día y se estén quietecitos, claro. Curiosamente, en la novela original de Bram Stoker, a Drácula le convierten en polvo con un cuchillo, pero su archienemigo, el profesor van Helsing, sí utiliza la estaca con Lucy, una de sus víctimas londinenses.

Frescos.
Por primera vez en mi vida, disfruté de unas maravillosas pinturas del siglo XVI... ¡en las paredes exteriores de las iglesias! Por dentro también están decoradas de arriba abajo, pero los monasterios moldavos de Sucevita, Moldovita, Humor, Voronet... son una maravilla principalmente por esa característica, y como tales figuran en la lista de Patrimonios de la Humanidad de la Unesco. Imposible cansarse de fotografiar los mil detalles que se ofrecen a la lente de la cámara.




Gulash.
Plato típico transilvano. Puede presentarse en forma de sopa o de estofado, a su vez con diferentes variantes. Ingredientes básicos: carne de ternera, manteca de cerdo, cebollas, patatas, tomates maduros, pimiento rojo, pimentón dulce, pimentón picante, sal, pimienta, harina y agua.

Halteras.
En el vuelo de regreso, coincidí con las chicas del equipo español de halterofilia, que habían participado en el campeonato europeo. Una de ellas, Lidia Valentín, se llevó el bronce en la categoría de setenta y cinco kilos (y había sido quinta en la última Olimpiada, no está mal). Nunca había visto tanto músculo marcado en una dama.
Invitación.
En un restaurante nos encontrábamos cenando una pareja local de cierta edad, otras dos señoras, unas mesas más allá, y yo. La pareja parecía animada, llamaron al camarero y le comentaron algo. Pocos minutos más tarde, me trajeron una tarta de chocolate que no había pedido. Evidentemente, advertí de lo que estimaba una equivocación. El camarero me respondió: "Aquellos señores celebran sus cincuenta años de casados y le invitan". Qué simpáticos... Así volví con medio kilo de más.

Judíos.
Otro de los pueblos que se dieron cita en la encrucijada transilvana. Había entre ellos músicos de carácter ambulante, denominados klezmorim, encargados de animar las bodas, fiestas y demás celebraciones populares. Sus canciones, a falta de notación escrita, se basaban únicamente en la tradición transmitida de padres a hijos. Se estima que en la región de Maramures vivían aún unas cinco mil familias judías antes de la guerra.

Kronstadt.
Nombre tradicional germano de Brasov (literalmente, "Ciudad de la corona"). Creció a partir de un asentamiento de la Orden de los Caballeros Teutones, y tuvo por tanto una importante población sajona. Alberga la Iglesia Negra, conocida así debido a las trazas de un incendio en el siglo XVII, y que constituye el principal edificio gótico del país. Su casco histórico es precioso. Cerca tenemos el castillo de Bran.




Leu.
En plural, lei. Moneda local, que significa "león". Mas o menos, cuatro lei por euro. Dependiendo de la ciudad, un café costaba seis lei, y cinco una cerveza.

Müller, Herta.
Escritora rumana en lengua alemana. Autora de El hombre es un gran faisán en el mundo. Lo primero para que un libro llame la atención, es que tenga un título como éste: cuando se dice de alguien que es un faisán, significa que ha fracasado en algo, que es un perdedor. La obra se estructura en una serie de escenas breves, como si se tratase de fotogramas que, ensamblados, construyen la película de la vida en una comunidad rural triste, semiaislada y sin futuro. En pocas palabras, sin ser de Nobel (aunque hoy en día, ¿quién sabe?), sí se trata de un libro estimable, con microambientes y personajes grises bien presentados, así como una prosa muy cuidada, que merece un voto de confianza para leer más de la Müller.


"Cada mañana, cuando recorre en solitario la carretera que lleva al molino, Windisch cuenta qué día es. Frente al monumento a los caídos cuenta los años. Detrás de él, junto al primer álamo donde su bicicleta cae siempre en el mismo bache, cuenta los días. Por la tarde, cuando cierra el molino, Windisch vuelve a contar los días y los años.

Ve de lejos las pequeñas rosas blancas, el monumento a los caídos y el álamo. Y los días de niebla tiene el blanco de las rosas y el blanco de la piedra muy pegados a él cuando pasa pedaleando por en medio. La cara se le humedece y él pedalea hasta llegar. Dos veces se quedó en pura espina el matorral de rosas, y la mala hierba, debajo, parecía aherrumbada. Dos veces se quedó el álamo tan pelado que su madera stuvo a punto de resquebrajarse. Dos veces hubo nieve en los caminos.

Windisch cuenta dos años frente al monumento a los caídos, y doscientos veintiún días en el bache, junto al álamo.

Cada día, al ser remecido por el bache, Windisch piensa: "El final está aquí". Desde que se propuso emigrar ve el final en todos los rincones del pueblo. Y el tiempo detenido para los que quieren quedarse. Y Windisch ve que el guardián nocturno se quedará ahí hasta más allá del final".

domingo, 10 de mayo de 2009

Los ucranianos.

A la hora de comunicarse por esos mundos, si los conocimientos del idioma son limitados conviene juntarse con un buen intérprete, que refleje fielmente nuestras palabras. No obstante, otras veces es mejor hacer traducciones "libres"...

–Pérez Arana, de Marca. Hablando de fútbol, ¿es cierto que antes de meterse en esta aventura intentó hacerse con la presidencia de la Real?
–Lo niego rotundamente. En cualquier caso, aquí hemos venido a hablar de la trainera representativa de la ciudad, por lo que os ruego que os ciñáis a este tema.
–Ésta va dirigida a Myjaylo, pero puede contestar cualquiera de sus compatriotas. ¿Qué les han parecido San Sebastián, nuestros modos de vida, el paisaje y la gastronomía, seguramente tan distintos a los de ustedes?

Tras la traducción de Olga, contesto Myjaylo en ucraniano:
–La ciudad está bien pero nos cuesta dormir por el ruido. El ayuntamiento debería controlar más a las motos y a los bares. La comida es buena, aunque no tenemos costumbre de pescado.
Olga tradujo:
–Dice que les encanta San Sebastián, una ciudad llena de animación y bullicio. En cuanto a la comida, dice que es excelente y que se están acostumbrando bien al pescado.

José Mari Irizar a Olga:
–Pregúntele por sus compañeros vascos de la trainera. ¿Dan la talla? –se dio cuenta de que Olga
podía malinterpretar esta última palabra–. Quiero decir si su nivel deportivo es similar al de ellos.
Respuesta de Andrei:
–Personalmente nos llevamos bien. En lo deportivo, ellos están habituados a remar en el mar, pero nosotros desarrollamos mucha más potencia. Cuando nos acostumbremos a las olas, no habrá color.
Traducción de Olga:
–La relación personal enre los dos grupos es magnífica. Nuestros estilos son diferentes pero vamos aprendiendo unos de otros. Esperamos superarles en la próxima temporada.


Los ucranianos, de Rafael Aguirre, es un estupendo ejercicio de fino humor. Un "empresario" del sector de la construcción, con más tentáculos que un calamar, decide que ya es hora de hacerse un nombre público para aprovechar su fortuna. Para ello, lanza una iniciativa rompedora en el proceloso mundo de... las regatas de traineras del Cantábrico. Contratará a los mejores remeros, todos ellos medallistas olímpicos por equipos, y los entrenará para que compitan por San Sebastián (junto con tres vascos, por el tema de la imagen). Esos ejemplares de hercúlea constitución física se encuentran en Ucrania, de manera que organiza su traslado a la ciudad donostiarra, acompañados de novias y bagajes, mientras él se mueve para que el proyecto se convierta en algo grande, capaz de despertar esperanzas, de devolver a la hermosa ciudad algo de lo que ha recibido de ella durante su exitosa carrera profesional... y quizá, sólo quizá, iniciar una nueva carrera de forma altruista: ¿presidente de la Real Sociedad?, ¿alcalde?...

Veremos en esta novela los tejemanejes de la política, de los negocios que se cierran en cotos de caza, de los arreglillos con sindicatos o ecologistas, del deporte y de la vida familiar del protagonista. También veremos a uno de los componentes del equipo convertirse en estrella de un culebrón televisivo, a otros abrir un restaurante de su cocina típica o, dada su buena planta, disfrutar de un éxito palpable con las jóvenes (y no tan jóvenes) guipuzcoanas. Y es que al final, sólo hay dos idiomas con los que no se hace el ridículo: el del dinero y el del amor. Bueno, algunas veces sí,... de acuerdo, también aquí a menudo.

Pues eso, recomendado con simpatía.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Un mundo sin pobreza.

Según las lecciones clásicas, la economía es un juego cuyas reglas se resumen en oferta y demanda. Y toda actividad económica (la mayor parte de lo que hacemos en la vida tendría ese apellido) podría explicarse de manera matemática. Claro, el punto clave de este planteamiento es que las personas seamos previsibles a la hora de tomar decisiones, en vez de polifacéticos. O por lo menos, que ante determinados estímulos no nos alejemos demasiado de la respuesta esperada. Por eso existe la publicidad, sin ir más lejos.

¿Es tal que así? ¿Funciona el ser humano según unas motivaciones siempre clasificables, medibles, "controlables"? ¿Es el mercado nuestro hábitat natural para manifestar esas preferencias? ¿Pueden ser compatibles los intereses personales con el bien común? Veamos lo que dice Muhammad Yunus en Un mundo sin pobreza.


Yo estoy a favor de reforzar la libertad del mercado. Al mismo tiempo, me incomodan profundamente las restricciones conceptuales que se han impuesto sobre los agentes de ese mercado. Dichas limitaciones tienen su origen en la suposición de que los emprendedores son seres humanos unidimensionales que viven su vida como empresarios dedicados en cuerpo y alma a una única misión: maximizar beneficios. Esta interpretación del capitalismo aísla a esos emprendedores o empresarios del resto de dimensiones (políticas, emocionales, sociales, espirituales o medioambientales) de sus vidas. Puede que esta simplificación resulte razonable a efectos teóricos, pero, llevada a la práctica, despoja a muchas personas de los elementos más esenciales de la vida humana.
(...)
Ahora bien, definiendo "emprendedor" o "empresario" en un sentido mucho más amplio, podemos cambiar radicalmente el carácter mismo del capitalismo y resolver dentro del ámbito del libre mercado muchos de los problemas sociales y económicos aún irresueltos. Supongamos que un emprendedor (o una emprendedora) tenga no una única fuente de motivación (maximizar beneficios), sino dos que se excluyan mutuamente, pero que sean igualmente imperiosas: a) maximizar beneficios y b) hacer el bien para las personas y para el mundo en general.

Cada una de esas dos motivaciones redundará en un tipo diferenciado de negocio o empresa. Llamemos a la primera una empresa maximizadora de beneficios y a la segunda, una empresa social.

Las empresas sociales constituirán entonces una nueva modalidad de empresa introducida en el mercado con el objetivo de tener una incidencia diferencial en el mundo. Quienes inviertan en esas empresas sociales podrán recuperar sus inversiones, pero no percibirán dividendo alguno de dichas compañías. Los beneficios recaerán de nuevo en la empresa para que ésta amplíe su radio de alcance y mejore la calidad de su producto o servicio. Las empresas sociales serán, pues, compañías sin pérdidas ni dividendos a repartir.

Al principio, no las tenía todas conmigo. El hecho de que se trate de un Premio Nobel de la Paz hasta lo empeoraba, dado el desprestigio en el que ha caído este galardón. Sin embargo, según iba pasando páginas, las sensaciones empezaron a variar. Primero, un vago escepticismo. Más tarde, curiosidad, al no encontrar grandes fallas en su argumentación lógica. Y al final llegó el interés, al constatar que las iniciativas presentadas no eran meros discursos de intenciones, del tipo "el mundo sería más hermoso si...", sino realidades en pleno funcionamiento. Puestos a recomendar, creo que hasta lo preferiría a los sesudos ensayos de Galbraith, Friedman, Stiglitz o Keynes.

Algo de música, para despedirnos: Ara Malikian, con la Non Profit Music Chamber Orchestra (ya es un nombre curioso, ya, "Orquesta de Cámara de Música sin Ánimo de Lucro"), tocan un pegadizo tema de Karl Jenkins.

domingo, 3 de mayo de 2009

Cuentos del pueblo judío.

En Cuentos del pueblo judío, una compilación del escritor Ben Zimet a partir de textos tradicionales jasídicos, asquenazíes, sefarditas y de otros orígenes geográficos, la mirada satírica más allá de los problemas del momento, siempre nuevos, siempre los mismos, es el motor de la narración. Hay que aclarar que la villa de Khelm se sitúa en Polonia, y parece que sus habitantes tenían fama de ser... mmmm, especiales.

Un día, Aza'a Schlemil fue convocado por la gran Asamblea de los Grandes Sabios de Khelm para informar de su reciente viaje a África.
–Hacía tanto calor –dijo Aza'a–, que la gente no podía soportar la ropa y andaba totalmente desnuda.
–Pero entonces –dijo uno de los mayores Sabios–, sin su ropa, ¿cómo se las arreglaban para distinguir a los hombres de las mujeres?

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Había una vez en Khelm un Gran Sabio casado con una auténtica ama de casa. Su mujer le manejaba a su antojo a lo largo de todo el día.
Un día en que varias amigas fueron a visitarla, quiso demostrar hasta qué punto dominaba a su marido.
–¡Schlemil –gritó–, métete bajo la mesa!
Sin rechistar, el Sabio se puso de cuclillas y se deslizó bajo la mesa.
–Vale, ya puedes salir –ordenó ella a continuación.
–¡No, no y mil veces no! –contestó el Sabio–. ¡Ahora vas a ver quien manda aquí!

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Aquel día, el rabino había rezado durante mucho tiempo y con mucho fervor.
–¿Y cuál ha sido hoy el objeto de tu oración? –le preguntó la rebbetsin, su mujer.
–He rezado para que los ricos den más a los pobres –respondió el rabino.
–¿Crees que Dios ha escuchado tu oración? –siguió preguntando su mujer.
–Estoy seguro de que de momento ha escuchado la mitad –respondió el rabino–: ya los pobres están de acuerdo.

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Érase una vez un país que englobaba todos los países del mundo. Y en ese país había una villa que encerraba todas las villas del país. Y en esa villa había una calle que reunía todas las calles de la villa. Y en esa calle había una casa que abrigaba todas las casas de la calle. Y en esa casa había un cuarto, y en ese cuarto había un hombre, y ese hombre encarnaba todos los hombres de todos los países. Y ese hombre reía, reía. Y nunca nadie había reído como él.

Recomendación del día. Y para entender por qué se reía tanto el hombre del cuarto de la casa de la calle, etc., etc., escuchemos un fragmento de la obra Enrique VI, interpretado por Les Luthiers.