lunes, 27 de abril de 2009

Platón y un ornitorrinco entran en un bar...

El próximo tren llega en seis minutos. Pues bueno, llevo puesto el chaquetón de cuero con grandes bolsillos, y en el derecho descansa un libro, así que se trata de tiempo aprovechable. Descansa en precario, todo hay que decirlo, porque el agujero del forro parece proclamar su derecho a la existencia, creciendo día tras día. El caso es que me siento y lo abro por la página veintiséis. En ese momento, aparece en el andén una de esas señoritas que cualquiera catalogaría como modelo: guapa, alta, delgada, con trapitos favorecedores... Rubia natural, según se deduce de la concordancia de color entre cabellera y cejas. Se acomoda al lado y de su bolso sale a la luz otro volumen, de tapa dura y con sellos de biblioteca en los cantos. Ambos nos enfrascamos en nuestros respectivos asuntos. Al cabo, levanto la mirada brevemente hacia el túnel y, al bajarla de nuevo, distingo de soslayo el título que está leyendo, impreso en la cabecera de la página. Al menos, unas palabras sueltas: principio, fundamentación, metafísica y Heidegger. La pera limonera... En realidad, me asombro de mi asombro. ¿Y por qué no va a poder tratarse de una rubia inteligente? Ya está demostrando que lo es más que yo, desde luego, que cuando me salió Rousseau en el examen de Selectividad, me hinqué de hinojos (al menos, en pensamiento), para dar gracias de que no hubiera sido Kant. Vaya partidazo: si no fuera contrario a los principios del estoicismo, y a que seríamos una pareja demasiado desigual, le pedía matrimonio ahora mismo.

La Filosofía es uno de esos campos que mucha gente considera con una actitud ambivalente, entre el respeto receloso y la displicencia. Los guardianes de sus arcanos hablan en un lenguaje rarísimo, escriben de cosas rarísimas y se sitúan en el furgón de cola de las profesiones más prestigiosas: médico, arquitecto, ingeniero, futbolista... Para solucionar en parte ese alejamiento social, Thomas Cathcart y Daniel Klein han escrito Platón y un ornitorrinco entran en un bar..., que lleva por subtítulo La Filosofía explicada con humor.

Una rubia está sentada junto a un abogado en un avión. El abogado insiste en que jueguen a algo que va a determinar quién tiene más conocimientos generales. Finalmente, propone darle una ventaja de uno sobre diez. Cada vez que ella no sepa la respuesta a una de sus preguntas, deberá pagarle cinco dólares a él. Cada vez que él no sepa la respuesta a una de las preguntas de ella, le pagará cincuenta dólares.
Ella accede y él le pregunta:
–¿Cuál es la distancia que separa a la Tierra de la estrella más próxima?
Ella no dice ni pío, se limita a pasarle un billete de cinco dólares.
Entonces, ella le pregunta:
–¿Qué es lo que sube una colina con tres piernas y baja con cuatro?
Él medita la respuesta durante un largo rato pero, finalmente, se ve obligado a admitir que no tiene ni idea. Le pasa cincuenta dólares.
La rubia mete el dinero en su cartera sin hacer ningún comentario.
Y el abogado insiste:
–Un momento, ¿cuál es la respuesta a tu pregunta?
Y, sin ni una palabra, ella le tiende un billete de cinco dólares.
La idea de partida es muy buena, y tambien el resultado, siempre que no nos tomemos lo del humor como algo absoluto. Quiero decir, que los chistes no son de los que uno estalla en carcajadas incontenibles, más bien se trata de chanzas para marcar una sonrisa, al tiempo que ilustran cada postulado. Otro ejemplo, acerca del triunfo del empirismo en la epistemología occidental:

Tres mujeres están en los vestuarios de una pista de squash, cambiándose para jugar, cuando entra un hombre que sólo lleva una bolsa en la cabeza.
–Mi marido no es –dice la primera mujer después de mirarle el pito.
–No, no es tu marido –afirma la segunda.
–Ni siquiera es miembro de este club –asegura la tercera.
Vale, vale, tampoco éste es para partirse, pero puesto en su contexto... Quien sea capaz de hacerlo mejor para explicar la metafísica, lógica, epistemología, ética, filosofía de la religión, existencialismo, filosofía del lenguaje, filosofía social y política, relatividad y metafilosofía, que son los capítulos en los que se divide el libro, que tire la primera piedra, como se suele decir...

Jesús andaba de paseo por la calle, cuando se encontró con una multitud que le arrojaba piedras a una adúltera. Jesús dijo:
–El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
De pronto, pasó un pedrusco por encima de las cabezas de los que estaban allí congregados. Jesús se dio la vuelta y dijo:
–¿Mamá?
Y si alguien se atreviera, entonces sería la piedra filosofal, ¿no? Hasta la próxima, disfrutando del tema homónimo de Van Morrison:

miércoles, 22 de abril de 2009

Libro de las invasiones de Irlanda.

Cuando llega la efeméride, todos los informativos sacan reportajes sobre cómo disfruta la gente en San Patricio, al calor de una Guinness (o una Kilkenny, o una Murphy's) en el pub. Es una costumbre curiosa, porque en la lluviosa Erín tiene un predicamento justificable, pero aquí... Pues creo tener la respuesta a ese mutuo cosquilleo ibérico-irlandés: en realidad, los irlandeses son... gallegos.


Sí, sí. Dice la leyenda que, en tiempos remotos, había un rey en Galicia llamado Breogán. Allá por Betanzos, construyó una torre muy alta, desde la que pudo otear una línea verde en el horizonte: las costas de Irlanda. Eso es vista. Según cuenta el Libro de las invasiones de Irlanda (en gaélico, Lebor Gabála Érenn), redactado por sabios monjes del siglo XI, Íth, un hijo de Breogán, navegó hasta la tierra desconocida para echar un vistazo, pero los Túatha Dé Danann, aborígenes comandados por los reyes Mac Cuill, Mac Cécht y Mac Gréine, resultaron ser un tanto brutos y se lo cargaron. De manera que Míl, el hermano de Íth, con un cabreo de tres pares de narices, reunió a toda la prole y a sus sobrinos, los metió en treinta y seis barcos, y montaron una invasión en toda regla. Al principio fue poca cosa, calentamiento para estirar los músculos: unas batallitas contra unos demonios con forma de gigantes. Más tarde, los tres reyes les pidieron que se retiraran a una distancia de nueve olas de la costa, para tener tiempo de movilizar a sus guerreros y que fuera una lucha justa. Ya no se hacen las cosas como antes, desde luego. En ese momento, los hechiceros de los Túatha Dé Danann aprovecharon para convocar a los vientos y tempestades, e impedir así el nuevo desembarco. La flotilla las pasó canutas, pero ni por ésas: para los asuntos mágicos, los gallegos llevaban a un druida en la reserva, de nombre Amorgen, que pronunció su contraconjuro (no se especifica si preparó una queimada), y al final consiguieron poner pie en tierra. A mandobles, en buena lid, vencieron a los reyes y conquistaron la isla, que después se repartieron entre doce jefes. Y a otra cosa.

miércoles, 15 de abril de 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres.

La tesis de que lo que mueve al mundo no es el dinero, sino la belleza, no seré yo quien la rebata. Tanto la historia real como las fantasías literarias de todos los tiempos están llenos de muestras. No obstante, tenemos también la extraña relación entre Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist en Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.


"A Armanskij le costaba hacerse a la idea de que su investigadora estrella fuera una chica pálida de una delgadez anoréxica, pelo cortado al cepillo y piercings en la nariz y en las cejas. En el cuello llevaba tatuada una abeja de dos centímetros de largo. También se había hecho dos brazaletes: uno en el bíceps izquierdo y otro en un tobillo. (...)

Una boca ancha, una nariz pequeña y unos prominentes pómulos le daban cierto aire oriental. Sus movimientos eran rápidos y parecidos a los de una araña; cuando trabajaba en el ordenador, sus dedos volaban sobre el teclado. Su cuerpo no era el más indicado para triunfar en los desfiles de moda, pero, bien maquillada, un primer plano de su cara podría haberse colocado en cualquier anuncio publicitario. Con el maquillaje –a veces solía llevar, para más inri, un repulsivo carmín negro–, los tatuajes, los piercings en la nariz y en las cejas resultaba... humm... atractiva, de una manera absolutamente incomprensible".

Vaya con la Salander. A ver si va a resultar que la gente "menos guapa" también levanta pasiones... Pues es un buen libro de misterio, aunque tampoco alcanzo a entender la fiebre desatada a su alrededor. La trama es sólida y los personajes están especialmente bien construidos, tanto en su vida interna o psicológica, lo que les motiva, como en su proyección pública. No deja títere con cabeza en la denuncia de aspectos poco publicitados de la, en apariencia idílica, sociedad del bienestar nórdica, como la violencia machista o los tejemanejes empresariales. Y es innegable que mantiene la atención... Al menos, desde la página ciento cincuenta, que es cuando suceden cosas. En el debe, el ritmo es algo moroso, los protagonistas suelen tener demasiada suerte, convirtiendo sospechas poco claras en útiles pistas, y sobre todo, el final no sé si es muy realista, la verdad. Bah, no le demos más vueltas, los méritos ganan: recomendada.

sábado, 11 de abril de 2009

Comienzo de un viaje.

Había algo que le desasosegaba, cada vez que ella se volvía en su dirección, y llevaba ya un rato intentando asociar su rostro a algún recuerdo del pasado. Ambos esperaban para facturar el equipaje, en una fila que más adelante se bifurcaba y amenazaba con separarlos. De nuevo, tras dos, tres segundos de encuentro, fue como si sus miradas huyeran forzadamente la una de la otra, recorriendo en un amplio arco el horizonte de la terminal, a semejanza de faros gemelos. Los ojos de la desconocida eran verdes, con los tonos de la tierra y el bosque, de la madreselva y el helecho...

Avanzaban lentamente. Ella hablaba por teléfono. Él palpó el bolsillo interior de la americana y extrajo la documentación del viaje, a la que echó un último vistazo: pasaporte, vuelos, hoteles, itinerarios en el país de destino... Agapia, Sucevita, Voronet, el desfiladero de Cheile Bicaz... Quizá era famosa, una actriz o algo por el estilo, y por eso su memoria la buscaba infructuosamente, en el lugar equivocado. Además de los ojos, los demás rasgos resultaban llamativos, incluso indómitos: el cabello, cortado por delante a flequillo, se derramaba por sus hombros y espalda en negra cascada; los pómulos marcados y la nariz ligeramente respingona, si bien europeos, hacían justicia a algún antepasado de tierras ignotas; y su cuerpo era cimbreño, como presto a desaparecer entre jirones de niebla una noche de luna llena...


Pensó que no había dormido lo suficiente, ya echaría unas cabezadas en el avión. Cerró los párpados, mientras con los dedos pulgar e índice se daba un suave masaje. Momentáneamente ciego, aguzó los demás sentidos: ella continuaba su conversación telefónica, en un idioma del que tampoco podía determinar su origen, con eses sibilantes que se introducían profundamente en su oído, acariciadoras a la vez que turbadoras. Fue al dejar de escucharlas, cuando pareció volver en sí. De manera instintiva, asió la maleta, intentó dar unos pasos hacia el mostrador... y no pudo moverse: ella le estaba observando fijamente. Se le aceleró la respiración, tensó los músculos del cuello y, como consecuencia, las venas se hicieron un poco más prominentes y empezaron a latir con más fuerza. En ese mismo momento, lo entendió todo: las pupilas de ella se dirigieron a ese punto palpitante, se hicieron más pequeñas y, entreabriéndolos, se humedeció el borde de los finos labios. Por la cabeza de él pasaron todavía algunos nombres de lugares donde ¿nunca antes había estado?, que ardían como un hierro candente en su bolsillo: Brasov, Bistrita, el Paso Borgo...

 

viernes, 3 de abril de 2009

Relato soñado.

La de cosas raras que pueden ocurrir en un baile de máscaras. Por ejemplo, Arthur Schnitzler sitúa los carnavales como fondo panorámico de su novela Relato soñado: Fridolin y Albertine, pareja vienesa felicísimamente casada, con una pequeña de rubios bucles, han estado en un baile de disfraces, y entre ostras, champán y desconocidos acercándoseles por separado tras el anonimato del antifaz, la vuelta a casa acaba en pasión arrebatadora. Llegado el momento de las confidencias, les da por contarse mutuamente algunas fantasías que han tenido con terceros, como ese apuesto joven o la núbil bañista con quienes se cruzaron brevemente durante unas vacaciones en una playa danesa. Tonterías, simples escarceos oníricos que deberían ser motivo para la sonrisa cómplice, pero que se convierten en una punzante sombra sobre su estabilidad marital. A lo largo de la obra, que transcurre con las fronteras entre la ensoñación y la vigilia completamente desdibujadas, Fridolin arriesgará de forma impensada su carácter de pilar de la sociedad, respetado médico, amante marido y buen padre, en encuentros con diversas mujeres, que nunca pasan del estado de las palabras, las dudas y los deseos soterrados. Hasta que un antiguo compañero de facultad, pianista, con quien coincide en un café nocturno, le proporciona la contraseña para entrar en determinada casa donde le han contratado para tocar con una venda sobre los ojos. Allí se celebra una fiesta especial para unos cuantos elegidos, ocultos bajo las máscaras. En caso de ser descubierta su impostura, tendría serias consecuencias, pero se siente incapaz de escapar cuando aún está a tiempo, porque... allí la conoce a ella... a ella...



–No me preguntes nada –dijo entonces la que se había quedado a Fridolin–, ni te asombres de nada. He tratado de engañarlos, pero te lo advierto ya: a la larga no dará resultado. Huye antes de que sea demasiado tarde. Y en cualquier momento puede ser ya demasiado tarde. Y ten cuidado de que no te sigan los pasos. Nadie debe saber quién eres. De otro modo, tu tranquilidad, la paz de tu existencia, habrán terminado para siempre. ¡Vete!
–Volveré a verte?
–Imposible.
–Entonces me quedo.
Un temblor recorrió el cuerpo desnudo de ella, transmitiéndosele a él y ofuscándole casi los sentidos.
–No puede estar en juego más que mi vida –dijo–, y para mí tú la vales en este momento.
Le cogió las manos, tratando de atraerla hacia sí. Ella susurró otra vez, como desesperada:
–¡Vete!
Él se rió, oyéndose como se oye en los sueños.
–Ahora comprendo dónde estoy. ¿No estáis ahí, todas vosotras, para que se vuelva uno loco al veros? Sólo quieres divertirte especialmente conmigo, para volverme completamente loco.
–Va a ser demasiado tarde, vete!
Él no quiso escucharla.

Bien, al principio puede parecer poco consistente que los sueños confesados por cada protagonista desencadenen esa extraña fiebre en Fridolin, pero acabamos creyéndolo y siguiendo sus andanzas con verdadera atención, hasta un final que, evidentemente, no se trata de desvelar aquí. Estupendo libro.