Todo esto me lo contó mi padre...
Era todavía un crío, cuando me mandaron a trabajar al castillo. Decían que había pertenecido a Don Álvaro de Luna, y aunque ya no conservaba las murallas, todavía era impresionante por dentro. Y no veas la de gente que trabajaba en las fincas del conde; el conde viejo, quiero decir. Cuando construyeron la aldea para que fueran a vivir, el marqués, que era uno de los hijos, les hizo firmar a todos un nuevo contrato de inquilino, como si acabaran de llegar. Supongo que sería por algo de los derechos. A los que no quisieron, les echó de las tierras. Muchos venían de familias con más de tres generaciones en el lugar.
Pero no era malo el marqués, sólo que a veces tenía sus cosas. Imagínate que se había comprado útiles de barbero, y se divertía cortándonos el pelo: nos pagaba diez pesetas y nos metía las tijeras por la melena. Claro, los resultados eran un desastre, todos llenos de trasquilones. Pero después íbamos a uno que sí sabía y nos cobraba una peseta por arreglarlo, de forma que salíamos ganando nueve. Y en aquella época, eran un capital, no te rías. El conde viejo también tenía unos prontos algo raros con el dinero. Fíjate que una vez estábamos de caza y le salieron dos chochas. ¿Que qué es eso? Pues así les decíamos, no sé cómo se llamarán de otra manera. Eran unas aves rarísimas de encontrar, podías estarte meses pateando el monte, y ni una. ¡Vaya, cómo se puso el conde de contento, cuando cobró las dos piezas de una tacada! Le dio al capataz quinientas pesetas y le dijo que fuera al pueblo a comprarnos ropa nueva a los chavales, pantalones, jerséis y botas. ¡Quinientas pesetas! Nadie había visto esa cantidad antes...
En otra ocasión, tambien me recompensó; como te digo, tenía un pronto... Había llovido tanto, que se desbordó el río, y los torrentes cortaron el paso al castillo. Yo tenía que presentarme temprano en la capilla, porque me esperaban como monaguillo. Pero habría sido peligrosísimo intentar cruzar; el agua llevaba una fuerza enorme, así que no me quedó mas remedio que esperar en la otra orilla a que amainara. Cuando por fin lo conseguí, el conde debía de andar de mal humor, porque con tanta tormenta no había podido salir a cazar. Nada más entrar, me espetó que llegaba tarde y, sin tiempo para explicarle, me arreó un bofetón. Al día siguiente ya se había calmado, porque yo estaba fuera y me mandaron aviso de que quería verme. Aún me escocía el sopapo, así que pedí permiso en la puerta con cuidado. El conde se dirigió hacia mí y, de repente, me abrazó muy compungido, pidiéndome perdón repetidamente. Y me dio cinco duros, para que se me pasara el disgusto. Si las diez pesetas del marqués eran dinero, veinticinco eran una pequeña fortuna, y más para un arrapiezo como yo...
Sí, sí, la caza era su pasión, hasta criaban zorros. No pongas esa cara de asombro, el conde hacía igual que los ingleses: los capturaba de cachorros y nos mandaba cuidarlos, encerrados en una zorrera. Cuando crecían, los soltaba y los perseguía con los caballos y los perros. No sé de qué manera, pero una noche se escaparon todos, y la bronca que nos sacudieron fue de campeonato. Si hubiera llegado a sospechar que alguien lo había hecho aposta, no nos salva ni el cura. Ahora, que a lo que tenía especial aprecio era a los faisanes. Conejos y lebratos, podíamos coger los que quisiéramos, pero los faisanes eran sagrados. Había un hombre que trabajaba allí, y también todas sus hijas, y montó una vez una trampa para liebres, con tan mala fortuna, que lo que cayó fue precisamente un faisán. Uno de los guardas se quedó esperando a que apareciera el culpable para recoger la presa. Ya puedes imaginarte que le despidieron enseguida, y hasta salió bien librado sólo con eso...
Ja, ja, ja, el conde tenía una caseta en el campo, donde guardaba provisiones por si le entraba apetito cuando salía solo: un montón de conservas, y no quería que nadie supiera dónde se encontraba el escondite, para que no le desaparecieran. Pero yo sí lo sabía, y alguna vez sacaba a hurtadillas botes de perdiz en escabeche, que estaban de rechupete. Es que en casa sólo teníamos garbanzos para comer. Todos los días, y que no faltaran. Poníamos la perola encima de la mesa, y cada uno metía la cuchara, que éramos muchos hermanos. Mira, ésa era una manía más de los del castillo. Si tenía la suerte de acompañar en las batidas a otro de los hijos del viejo, el conde joven, que tenía más o menos mi edad, nos daban bocadillos de filete o tortilla a los dos. Entonces él me mandaba ir y cambiárselos a una señora precisamente por garbanzos, que le gustaban a rabiar. Yo le contestaba que bueno, que con el suyo hiciera lo que quisiese, pero que mi bocadillo no me lo quitaba ni María Santísima...
Este conde joven era peor que los otros. Peligroso de verdad, siempre estaba pensando en hacer alguna trastada de las suyas. ¿Sabes que tenía un revólver? Su manera de entretenerse era meter una bala en el tambor, darle vueltas y, a quien se encontrara, ponerle el cañón en la cabeza y apretar el gatillo. Lo llaman ruleta rusa, ¿no? Te has quedado mudo. Yo tenía unos trece años ya por entonces, y estaba cavando un hoyo con una pala. De repente, vino por detrás con la pistola y...
clic. Me di la vuelta y le miré, sorprendido: estaba sonriendo, burlonamente. Fue instintivo, alcé la pala e intenté golpearle. Pero otro muchacho, que estaba a mi lado, se interpuso, gritando
"¡al conde no, al conde no!" Y se llevó él el palazo, por tonto, mientras el otro se alejaba a carcajadas...