miércoles, 18 de febrero de 2009

Viaje en torno de mi cráneo

Frigyes Karinthy empezó escuchando ruidos extraños en su cabeza, y después de muchas vueltas la cosa acabó en tumor. De manera que se le ocurrió escribir Viaje en torno de mi cráneo.
El médico que voy a consultar media hora más tarde ni siquiera me ausculta. No puedo explicarle ni la mitad de los síntomas, me interrumpe con ademanes de suficiencia. «Querido amigo, no tiene usted ni inflamación del oído ni apoplejía. Dejemos por el momento incluso a aquel buen señor psicoanalista. Lo que usted padece es una intoxicación de nicotina. Deje inmediatamente de fumar».

Ya que siempre había destacado en el uso del humor, ese fue el enfoque que prefirió para relatar sus andanzas de galeno en galeno, así como los cambios que sobrevinieron en su relación con familia y amigos debido a la enfermedad. Finalmente se trasladó a Suecia, donde un tal doctor Olivecrona se hizo cargo del caso, aparentemente con éxito.

Cuando mi profesora de húngaro me vio con el volumen en ristre, me dijo que aunque Karinthy era muy famoso en su país, ella nunca había osado acercarse a él por difícil.

Pues no le concederé toda, absolutamente toda la razón, pero sí bastante. De hecho, reconozco que me costó un poquito avanzar a buen ritmo. Un capítulo un día, pausa, medio capítulo, otro receso, cuarto y mitad al siguiente, y así.

Vamos, que es de esos libros que se suelen considerar obras maestras, y a mí por el contrario me resultó... no sé, algo cansino. Pero los enamorados de la literatura centroeuropea entre principios del siglo pasado y los años 30 no deberían hacerme caso. Cuando el río suena, agua lleva, así que mejor que lo lean.
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sábado, 14 de febrero de 2009

Lobster

Una opción para leer un 14 de febrero, cuando l'amour llama a tu puerta y tú estás en casa, y para colmo abres, que ya te vale. A veces eres el primer sorprendido. Y la sorpresa puede ser morrocotuda, porque no sea lo que tenías en mente como "tu tipo". ¿Te van las rubias? Toma morena. ¿Los chicos con rastas? Toma calvo. ¿Los seres humanos? Toma bogavante. Como lo oís.
Sentimientos desconocidos se entremezclan en él. La venganza y el deseo le provocan unos picores que jamás había sentido antes.
Esa mujer lo atrae; él, un bogavante, se siente atraído por una humana. Lobster se acerca para verla mejor. Para aclarar su confusión. La belleza de Anjelina puede enfebrecer a cualquiera. Lobster lo nota. Siente subir la fiebre. Su cuerpo arde, pero eso no logra borrar su ansia de venganza. Lobster no sabe qué hacer. Por primera vez se ve obligado a elegir: no instintiva, sino racionalmente.

Anjelina y Lobster se conocen en el Titanic. Él es un hermoso crustáceo que, por esas cosas del destino, se encuentra a bordo del transatlántico. No puede decirse que el acuario sea de su gusto, aunque pronto llegará el momento de abandonarlo, tras un breve viaje a la cocina. Justo cuando van a introducirlo en la olla, se produce una terrible sacudida que le hace perder el conocimiento, y al despertar se encuentra con Anjelina, pasajera de primera, atrapada entre las gélidas aguas que a él le hacen precisamente revivir.

Para conseguir que ella también se recupere, nada mejor que un trabajillo cuidadoso con frotamiento de pinzas, que le caliente la sangre. La señorita, harto feliz del resultado, se lo lleva en el bolsillo del abrigo cuando sube al bote salvavidas, pensando en repetir a la primera oportunidad. Por desgracia, la confusión hace que se separen, y a partir de ahí todo el relato girará en torno a su mutua búsqueda, aunque la incomprensión parezca reinar en el mundo. Qué le van a hacer...

Jo, qué argumento tan surrealista. Habrá que tomar Lobster como una metáfora, supongo. Aun así, imaginación no le falta al autor, el francés Guillaume Lecasble, sólo para conseguir mantenernos con la curiosidad activada hasta el final.

Y nada más.
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lunes, 2 de febrero de 2009

Memorias de un amante sarnoso

Ah, recuerdo el momento decisivo, ese cuando hizo su aparición por primera vez la gran pregunta existencial: ¿qué tipo de criatura extraña es la mujer?

Veamos la respuesta desde el ángulo de la dialéctica marxista:
A pesar de su barba, el primitivo hombre de las cavernas tenía la mentalidad de un niño y fue gracias al instinto, y no a la razón, como logró diferenciar a un sexo del otro. Era capaz de distinguir a un hombre de una mujer, pero no sabía por qué. Dicha ignorancia fue un motivo de vergüenza para el homo cavus, hasta que un bruto algo más avanzado –Emig Bik– hizo un descubrimiento. Cierto día que estaba de pie a la entrada de su caverna viendo pasar a la gente, la ciencia iluminó su mente. Las personas que llevaban faldas eran mujeres; los que llevaban pantalones hombres, excepto en Escocia.

Groucho Marx dixit, en sus Memorias de un amante sarnoso. Perspicaz analista de la mente humana, don Groucho nos ofrece un estudio en cinco partes.

Comienza con las diferencias generales entre hombres y mujeres (L'amour, la gran diversión), y cómo han afectado a la evolución del mundo (La historia antinatural del amor).

Después rememora algunas experiencias propias (Notas sociales de un desterrado de la sociedad), y las compara con las de unos amigos (Cosas que les sucedieron a otros ocho tipejos).

Todo lo cual desemboca en un corolario (La filosofía marxista según Groucho).

Y que nadie crea que se trata de un libro ligero. El autor asegura que su ensayo está escrito con todo rigor, y tanto pone la mano en el fuego que, «si alguien llega a probar que estas páginas contienen una sola inexactitud, donaré gustoso cinco mil dólares a la fundación de la señora de Groucho Marx para el cuidado y el perfeccionamiento del señor Groucho Marx».

Toda una garantía.

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