domingo, 22 de febrero de 2009

Mi familia y otros animales.

De pequeño, nos dejaban tener animalitos en casa. No de todo tipo, claro; siempre de sangre caliente, ni pensar en boas constrictoras, iguanas y similares. Al principio tuvimos periquitos, jilgueros y canarios, que alegraban el ambiente con sus trinos y vivos colores. Una vez al día, se les abría la puerta de la jaula para que estiraran las alas, pero los fallos en el perímetro de seguridad nos costaron la fuga de alguno. Más tarde, el tamaño permitido por la autoridad competente aumentó al de pollito. Qué gracioso, pío, pío, pío, siguiéndote por el pasillo como si fueras su mamá. Y en una evolución lógica, después llegó un pato. Quedaba original cuando le sacábamos de paseo a la calle; los vecinos con sus perros y nosotros con el palmípedo al extremo de la correa.

Ah, si por ahí andaba Lucas, no podía faltar Bugs. Esto es, un conejito blandito y suevecito, cuchicuchicuchi, que comía lechugas y zanahorias. Misterio para el CSI, porque una mañana no estaba en su caja de la terraza, y hasta más ver. A falta de alas, la encuesta oficial determinó que había saltado por la barandilla, pero el vacío de pruebas concluyentes nos hizo sospechar a mi hermano y a mí. Aun así, sé que no comimos conejo esos días, de manera que caso cerrado.

Y por fin, aceptamos las normas sociales sobre especies bien vistas como inquilinos urbanos de cuatro patas, cuando apareció Katy por nuestro hogar. Miau, yo soy gatófilo, así que suponía un placer llegar corriendo del colegio para darle el biberón. Creció y creció, y todos tan felices. Pero un día llegó al mundo otro ser con preferencia absoluta, mi hermanita, y por si acaso se le ocurría arañarla, mi padre se llevó a Katy a vivir al pueblo, con los abuelos. Éstos, al principio, eran muy reacios a que anduviera suelta por la casa, pero después de un tiempo, la simbiosis fue extraordinaria. Cuando el abuelo salía a jugar la partida diaria en el bar, Katy iba por la calle caminando a su lado. Llegaban a la esquina y el animalillo se sentaba. Al cabo, él volvía por el mismo camino y allí estaba, esperándole. No sabemos si es que no se movía, o si por el contrario se iba de ronda por los tejados y regresaba cuando su instinto le dictaba que era la hora. Acabó teniendo reservado el mejor lugar junto al brasero de la mesa camilla, y mi abuelo estaba convencido de que entendía todo lo que le decía.

Recomendación de hoy: Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. Me "obligaron" a leerlo en versión original cuando estudiaba inglés, y ya entonces me pareció fresco, jovial y muy agradecido, impresión que mantengo después de tanto tiempo.

La vida de Durrell fue bastante movida. Nació en la India cuando era colonia británica; a los tres años, le llevaron a Inglaterra, y cuando tenía diez, se mudó a la isla griega de Corfú, donde se desarrolla precisamente el libro, de carácter autobiográfico. Allí empezó por primera vez a reunir especímenes de la fauna local, como si se tratara de las aventuras de un explorador, en compañía de un pintoresco científico a quien consideró su maestro. De hecho, ni siquiera fue a la escuela como tal, sino que recibió lecciones privadas de él y los demás amigos de la familia. Tras la Segunda Guerra Mundial, empezó a trabajar en un zoo, y montó una expedición a África que supuso el punto de partida de su carrera "seria" como naturalista y divulgador.

Y vamos a poner algo de música: el tema que se utiliza de manera recurrente en la película Babe, acompañando a las andanzas de este simpático cerdito, pastor de un rebaño de ovejas, es una adaptación de la tercera sinfonía de Camille Saint-Saëns.


Hasta otra.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Viaje en torno de mi cráneo.

Mientras siga estando como nuevo, supongo que no necesitaré frecuentar las consultas médicas. No es por ser hipocondríaco, pero es que en las novelas donde salen batas blancas pasa de todo. Así, Frigyes Karinthy empezó escuchando ruidos extraños en su cabeza en 1936 y, después de muchas vueltas, acabó en tumor. Por lo menos, le sirvió para su Viaje en torno de mi cráneo. Cuando la profesora de húngaro me vio con el libro en ristre, ya me advirtió de que el autor era muy famoso en su país, pero que ella nunca había osado leerlo, por mal yuyu. Qué caramba, el hombre se planteó usar el sentido del humor, no en vano era la faceta en la que más destacaba (tal como describen el resto de su obra en la introducción, se me asemeja a un Ramón Gómez de la Serna magiar), y fue relatando sus andanzas de galeno en galeno, y la relación con su familia y amigos, como si se tratase de una gran broma del destino. Finalmente, se trasladó a Suecia, donde un tal doctor Olivecrona se hizo cargo del caso, aparentemente con gran éxito.


Pues no diré que mi profesora tenía toda la razón, pero sí que me costó un poquito avanzar a buen ritmo. Un capítulo un día, pausa, medio capítulo otro, receso, cuarto y mitad al siguiente, y así. Es de esos libros que hay quien considera obras maestras sin el reconocimiento que merecen (sobre todo, el editor, que es quien lo promociona), y a mí me resulta... no sé, que me cansa. Para ser un enamorado de la literatura centroeuropea entre principios del siglo pasado y los años 30, no todo el monte es orégano.

sábado, 14 de febrero de 2009

¿San Valentín?

A veces, San Valentín tiene un cometido un tanto peliagudo. Y es que, como dice José Ovejero, Qué raros son los hombres. Bajo este título, se exploran con ojo irónico las complejidades reales de unos personajes que pasan por "normales", como vosotros y como yo.


"Fue Mabel quien hizo que me fijase en él.
–Algo entrado en años, pero para un revolcón...
Chasqueó la lengua y señaló con un movimiento de cabeza a un hombre de cuarenta y pocos que estaba en ese momento solo y fingiendo que no le importaba: daba breves sorbos de su vaso, miraba su interior al parecer muy concentrado en comprobar la calidad de la bebida, moviendo un poco los labios entre sorbo y sorbo como si tararease una canción, y después paseaba su mirada indiferente sobre los distintos grupos que se habían ido formando en la fiesta, sin dar muestras de querer sumarse a ninguno. El hombre autosuficiente: conocía el tipo. A pesar de todo, era cierto que no estaba mal. Iba vestido de forma más juvenil de lo habitual en gente de esa edad y de nuestro medio –supuse injustamente que él también estaría relacionado con los seguros–: vaqueros negros, camiseta gris, americana negra, calzado deportivo negro. Tenía un cuerpo relativamente atlético, aunqe los hombros ligeramente caídos y echados hacia adelante estropeasen algo la figura. Un pendiente de oro blanco en el lóbulo izquierdo.
–Te lo presento?
Me encogí de hombros sin mucho entusiasmo, pero Mabel, que es de las que piensan que el único motivo para no tener un compañero estable cuando se pasa de los treinta es la incapacidad para conquistarlo, me arrastró de un brazo con solicitud que rayaba en la humillación.
–Ven, que a mí no me engañas".

Es un libro muy apañadito, creo que hasta lo habré regalado en alguna ocasión. Bien escrito, compila diez historias en las que los deseos interiores de sus protagonistas masculinos se alejan de su imagen pública. Tenemos, por ejemplo, a la chica separada que invita a su casa al apuesto compañero ocasional de tenis, y éste, en lugar de devolver la pelota como las leyes de la caballería andante exigen, se interesa más en picar el jamoncito, las aceitunitas, hacerse dueño del mando de la tele, quedarse dormido... Aunque tampoco varias de las contrapartes sin bigote se quedan demasiado atrás, ni mucho menos. El resto de relatos son tragicómicos, paradójicos, obsesivos, exóticos, hasta sórdidos... y todos de buena pasta.


Otra opción: cuando l'amour llama a tu puerta y tú estás en casa, y para colmo abres, que ya te vale, a veces eres el primer sorprendido. Y la sorpresa puede ser morrocotuda. Por ejemplo, porque no sea lo que tenías en mente como "tu tipo". ¿Te van las rubias? Toma morena. ¿Los chicos con rastas? Toma calvo. ¿Los seres humanos? Toma bogavante. Como lo oís. Anjelina y Lobster se conocen en el comedor del Titanic. Él es un hermoso crustáceo que, por esas cosas del destino, se encuentra a bordo del transatlántico; no puede decirse que el acuario sea de su gusto, aunque pronto llegará el momento de abandonarlo, tras un breve viaje a la cocina, un hervor y un poco de laurel. Justo cuando van a introducirlo en la olla, se produce una terrible sacudida que le hace perder el conocimiento, y al despertar, se encuentra con Anjelina, pasajera de primera, atrapada entre las gélidas aguas que a él le hacen precisamente revivir.


"Sentimientos desconocidos se entremezclan en él. La venganza y el deseo le provocan unos picores que jamás había sentido antes.
Esa mujer lo atrae; él, un bogavante, se siente atraído por una humana. Lobster se acerca para verla mejor. Para aclarar su confusión. La belleza de Anjelina puede enfebrecer a cualquiera. Lobster lo nota. Siente subir la fiebre. Su cuerpo arde, pero eso no logra borrar su ansia de venganza. Lobster no sabe qué hacer. Por primera vez se ve obligado a elegir: no instintiva, sino racionalmente".

Para conseguir que ella también se recupere, nada mejor que un trabajillo cuidadoso con frotamiento de pinzas, que le caliente la sangre. La señorita, harto feliz del resultado, se lo lleva en el bolsillo del abrigo, cuando sube al bote salvavidas, pensando en repetir a la primera oportunidad. Por desgracia, la confusión hace que se separen, y a partir de ahí, toda la narración girará en torno a su mutua búsqueda, aunque la incomprensión parezca reinar en el mundo. Qué le van a hacer...

Jo, qué argumento tan surrealista. Y más que se vuelve, según va avanzando el libro. Habrá que tomar Lobster como una metáfora, supongo, y no apto para todos los públicos. Aun así, imaginación no le falta al autor, el francés Guillaume Lecasble, sólo para conseguir mantenernos con la curiosidad activada hasta el final.

Y nada más.

martes, 10 de febrero de 2009

Ángeles de Wukro.

Acabo de leer un nuevo libro sobre Etiopía. O, más bien, ambientado en esta esquina del mundo. Aunque ambientado podría interpretarse como obra de ficción, y nada más lejos. Así que volvamos a empezar: acabo de leer sobre la vida y la muerte, pero sobre todo, sobre la vida: Ángeles de Wukro, de Mayte Pérez Báez.


"De vez en cuando me pregunto, si hubiera nacido en África, una luz diferente, con otro ritmo, quizá nunca hubiera encontrado mi camino y todos los regalos recibidos estuvieran escondidos muy dentro de mí, y no entendiera nada de lo que ocurre a mi alrededor. Me pregunto qué hubiera hecho en ese caso. Puede que buscar refugio entre los animales salvajes y construir mi hogar en una profunda selva, y sin embargo haber tenido los mismos sueños que la chica que vive su vida en Estocolmo".

Al igual que estas palabras de la cantautora sueca Eva Dahlgren, en su tema El mundo es una pequeña habitación, el libro nos deja una duda casi metafísica: ¿por qué somos quienes somos? Nuestro yo más íntimo, nuestra conciencia, ¿hubieran sido los mismos de haber nacido en África, con otro cuerpo, otras habilidades y oportunidades?

Podría decirse que se trata de algo imposible de contestar, y que ya tenemos suficiente con buscar nuestro trocito de felicidad, con lo que nos haya tocado en suerte. Cierto. Lo que ocurre es que, para intentar conocernos realmente a nosotros mismos, conviene que nos pongamos un poco en el lugar del otro, que no perdamos esa perspectiva del "podría haber sido yo". De ahí nace el respeto. Y del respeto puede surgir la solidaridad. Más allá de los disertadores de salón, hay quienes siguen ese camino hasta el final y se consagran a los demás, como Ángel Olaran, la figura aglutinante de la obra.

¿De qué trata, pues, Ángeles de Wukro? Es sencillo: a lo largo de sus capítulos, nos traslada las experiencias recopiladas en Etiopía por la autora, en compañía de Olaran, visitando a la gente común, con sus nombres de pila, a aquellos que se obstinan en sobrevivir y en mejorar, no tanto adaptándose al medio como intentando modificarlo. A través de estas personas, habla de programas para la infancia, de reforestación, de inversión educativa, de microcréditos, de ética...

Recomendado a quienes les atraigan las historias humanas, que al fin y al cabo, podrían haber sido la historia de cada uno de nosotros, de quienes hemos nacido aquí, en este tiempo, en estas circunstancias, y somos quienes somos. Un saludo y buena suerte.

sábado, 7 de febrero de 2009

El cristal maltés.

Como destino turístico, Malta está muy bien para aquellos a quienes nos gustan las piedras con historia. Sólo La Valeta ya es patrimonio de la humanidad, y el mar alrededor se ve hermosamente cristalino. Por allí han cruzado los trogloditas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, los caballeros de la Orden de Malta, turcos (en grado de tentativa), franceses y británicos. El episodio más recordado es el gran asedio otomano de 1565, con los invasores dale que te pego, y el gran maestre Jean de la Valette y sus animosos muchachos, devolviéndoselas todas (de Valette viene el nombre de la capital).



 
Pues bien, precisamente en Malta fue donde cobré verdadera conciencia de cuán importante es la gestión responsable de los recursos, el reciclaje, el cuidado del medio ambiente. Ahí me encontraba un verano, en un curso de inglés. El primer día, nos juntamos la nueva hornada de alumnos con algunos que apuraban sus últimos momentos en la escuela. Tras algunos ejercicios de desentumecimiento de la lengua, llegó la hora del descanso. Salimos a la cafetería y...

–Hola, ¿eres español, verdad? Me encantan los chicos españoles.

Lo que se me desentumeció fue la mandíbula. Su ángulo de apertura alcanzó un récord Guinness. Y es que describir a la compañera de clase que preguntaba... ¿Cómo diría?: pabuuuú, pabuuuú, arf, arf, arf, pulsaciones a ciento sesenta, la sangre agolpándoseme en las sienes, una sensación como de fiebre, surgiendo desde las entretelas...


Más o menos, Miss Mundo, con candidatura a Miss Universo.

–Sí.
–¿Por qué no quedamos esta noche? Hay un sitio al final del paseo marítimo, que está muy bien para bailar. ¿Te gustaría?
–Sí.
–Estupendo, te espero sobre las nueve, nos vemos en la puerta.
–Sí.

Hasta la cita convenida quedaba todo el día. Tiempo para ir a tomar el sol después de clase y darme un chapuzón. Aguas límpidas, mencioné al principio, con la desventaja de que no hay playas propiamente dichas, al menos de arena, sino el borde costero de piedra. Estoy saliendo a la orilla, cuando ¡chas!, ¡ay!, ¿qué he pisado? Miro hacia abajo y distingo los trozos de una botella rota, y un hilo bermellón que promete atraer la atención de cualquier marrajo en diez millas a la redonda con ganas de merendar. ¡Auh, auh, uf!, a la pata coja llego hasta la toalla. Un niño que pasa por allí se para ante el reguerillo, se me queda mirando y sale de estampía. Mientras trato de restañar los daños, mal que bien, acordándome del hijo de la gran hetaira que ha tirado ahí los cristales, el chaval vuelve con el socorrista. Vaya, qué majete, porque los hombres de verdad no preguntamos direcciones ni lloramos. Nada, curita sana, eso cicatriza en dos semanas; como mucho, te acercas al hospital a que te den unos puntos, pero vamos, gasas, yodo, una vendita y no apoyes la planta del pie (ya me doy cuenta, ya).

Más cojo que el doctor House, llego al hotel, por fortuna justo casi enfrente. Pasan las horas, se acerca el momento de la verdad: me ducho, me perfumo, ensayo la caída de ojos frente al espejo, me cepillo los dientes, me vendo el pinrel... y no hay manera de dar dos pasos en condiciones. Trago una aspirina y cruzo los dedos. Salgo a la calle, el final del paseo se encuentra muy lejos, busco alguna parada de autobús...




Nada, imposible seguir. A los veinte metros, me apoyo en la balaustrada y me enfrento a una decisión terrible, de cara o cruz, de las que te marcan para el resto de tu vida, de las que distinguen a los caballeros de los villanos: ¿voy a dejarla plantada? Y sobre todo, lo más humillante del asunto: ¿y cómo les cuento yo esto a mis amigos cuando vuelva?

Esta es básicamente la historia, tal como me ha reconcomido desde entonces. Al día siguiente, algo menos inflamado, a pasitos muy cortos, me acerqué a la escuela. Quedaba una vaga esperanza de poderme justificar, de que ella apareciera... Pero no, se había ido, la clase había perdido definitivamente a su diosa.

Así que recordad: ¡el papel en el contenedor azul, los plásticos y envases, en el amarillo, y sobre todo, SOBRE TODO, ¡el vidrio en el contenedor verde!

lunes, 2 de febrero de 2009

Guerra de sexos.

Me veo de niño, vistiendo el quimono de judo con el que resultaba invicto entre mis pares. Y recuerdo aquella vez que nos juntaron con el grupo de los mayores y me asignaron un contrincante del "sexo débil". Ja, ja, ja... Pan comido. Tras saludar con la acostumbrada inclinación, miré hacia arriba... y más hacia arriba... y hacia arriba del todo... y me encontré con la novia de Goliat crujiéndose los nudillos. Su cinturón lucía un tono de sangre. Por puro instinto de supervivencia, arremetí con todo mi vigor infantil: mano derecha agarra la solapa, mano izquierda al codo, ¡banzai!... ¡Croc! Ay, qué costalada, madre...


¡Levanta, vuelve a intentarlo! ¡Paf!, más de lo mismo. ¡No te rindas, sigue! ¡Pumba!, esto empieza a ser una fea costumbre. El estilo del tigre no me ha servido, a ver si con la técnica de la garrapata... Tú agárrate fuerte y sacude barridos con las piernas a discreción, ojalá un o soto gari la pille desprevenida. Ñññññ, no se mueve, la condenada, es como un bloque de cemento. ¡Pof!, ¿pero qué hago otra vez en el suelo? ¿Cómo he llegado aquí?

Puede que ése fuera el momento decisivo, cuando hizo su aparición por primera vez la gran pregunta existencial: ¿qué tipo de criatura extraña es la mujer? Estudiemos la respuesta desde diversos ángulos. Primero, el que nos ofrece la dialéctica marxista:


"A pesar de su barba, el primitivo hombre de las cavernas tenía la mentalidad de un niño y fue gracias al instinto, y no a la razón, como logró diferenciar a un sexo del otro. Era capaz de distinguir a un hombre de una mujer, pero no sabía por qué. Dicha ignorancia fue un motivo de vergüenza para el homo cavus, hasta que un bruto algo más avanzado –Emig Bik– hizo un descubrimiento. Cierto día que estaba de pie a la entrada de su caverna viendo pasar a la gente, la ciencia iluminó su mente. Las personas que llevaban faldas eran mujeres; los que llevaban pantalones hombres, excepto en Escocia".

Groucho Marx dixit, en sus Memorias de un amante sarnoso. Perspicaz analista de la mente humana a través de la experiencia empírica ("Muchas personas escriben sobre el amor sin haberlo vivido, pero hasta que uno no ha rozado con los labios temblorosos unas mejillas femeninas, ni ha lustrado los zapatos con la toalla nueva que su mujer guarda para los invitados, nada sabe del amor... ni de su mujer"), Don Groucho nos ofrece un estudio en cinco partes, acerca de las diferencias entre hombres y mujeres (L'amour, la gran diversión), cómo aquéllas han afectado a la evolución del mundo (La historia antinatural del amor), algunas experiencias antropológicas propias (Notas sociales de un desterrado de la sociedad), comparación de sus observaciones de campo con las de sus amigos (Cosas que les sucedieron a otros ocho tipejos) y un corolario (La filosofía marxista según Groucho). Y que nadie se crea que se trata de un libro ligero o insustancial; el propio autor asegura que su ensayo está escrito con todo rigor, y tanto pone la mano en el fuego, que "si alguien llega a probar que estas páginas contienen una sola inexactitud, donaré gustoso cinco mil dólares a la fundación de la señora de Groucho Marx para el cuidado y el perfeccionamiento del señor Groucho Marx..." Toda una garantía.

Otro punto de vista masculino, mucho más radical, es el expuesto en Esposa hechicera, de Fritz Leiber.


"Mire a su esposa. O, si no está casado, mire a la esposa de cualquier otro hombre. Ahora imagine que es una bruja. Imagine que todas las mujeres son brujas... y que todo lo que los hombres creemos hacer por nuestra propia voluntad es lo que ellas nos obligan a hacer con sus hechizos".

Norman Saylor, profesor de sociología en la universidad y felizmente casado, encuentra en el tocador de su mujer una serie de elementos extraños a los cosméticos habituales: tierra de cementerio, hierbas, monedas, trozos de uñas, plumas de ganso... Cosas que él, experto en sociedades primitivas, identifica con esa superstición comúnmente conocida como brujería. Evidentemente hay que ponerle fin, a pesar de que ella le explica que su deseo es protegerle de los peligros y ayudarle en su carrera. Tras hacerle prometer que nunca más se entretendrá con sortilegios..., las cosas van a complicarse en su plácida existencia. Pero que mucho, mucho.

De todas maneras, probablemente la mejor explicación que conozco sobre las diferencias entre sexos nos la dio Mark Twain, en los Diarios de Adán y Eva:


Diario de Adán.
Esta nueva criatura con el pelo largo anda todo el día por medio. La tengo siempre alrededor mío y siguiéndome. Lo cual no me gusta, pues no estoy acostumbrado a tener compañía (...) Hoy está nuboso, sopla viento del Este; creo que nos va a llover... ¿Nos? Pero, ¿de dónde ha salido esta palabra? Ah, ya me acuerdo: la utiliza la nueva criatura.

Diario de Eva.
Ayer por la tarde seguí a otro experimento, a distancia, para ver, a ser posible, de qué podría servir. Pero no conseguí saberlo. Creo que se trata de un hombre. (...)Le he estado siguiendo durante toda la semana y he tratado de entablar amistad con él. He tenido que encargarme yo de llevar la conversación, pues él es tan tímido, pero eso no me importó. Parecía agradarle el tenerme cerca, y he utilizado el plural "nosotros" y, por lo que parece, se sentía halagado de verse incluido.

Supe de la existencia de este simpático relato en el teatro, viendo a Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá interpretar una obra dentro de la cual se integraba la de Twain. Y tuvo un gran éxito. En fin, que la conclusión es que somos diferentes porque somos iguales, y más nos vale buscar la colaboración para llegar a un cierto punto de equilibrio. Como dice Eva, después de tanta extrañeza por las costumbres de su compañero: "Se ha perdido el jardín, pero le he encontrado a él; estoy contenta por ello". Y como expresa a su vez nuestro tataratataratatarabuelo, que antes de que llegara la nueva criatura creía estar tan feliz, a su bola, esperando a que se inventase el fútbol: "Allí donde estaba ella, estaba el paraíso".