miércoles, 28 de enero de 2009

Sin secretos.

Si los demás pudieran enterarse de todo sobre nosotros, hasta el más mínimo detalle, ¿qué consecuencias tendría? ¿Cómo sería vivir de manera totalmente abierta, sin nada que ocultar? Algo así ocurre en el año 2381,en la "mónada urbana" 116, un gigantesco rascacielos con 881.115 habitantes. Una futesa, teniendo en cuenta que se están quedando atrás con respecto al rascacielos vecino, donde la señora Hula Jabotinsky acaba de tener cuatrillizos, que se suman a sus siete hijos previos. Y es que en esta sociedad gustan los niños. Cuantos más, mejor, "Dios bendiga". Y el sociólogo Charles Mattern, con la secreta vergüenza de que su mujer Principessa no haya aportado más que cuatro churumbeles a los 75.000.000.000 de personas del planeta, es el encargado de recibir oficialmente en su hogar, y explicarle las bondades del sistema, a su colega Nicanor Gortman, habitante de una de las colonias de Venus, de visita por primera vez en la Tierra.

De esta manera comienza El mundo interior, de Robert Silverberg. Escrito a comienzos de los setenta, al tiempo que la crisis del petróleo empezaba a hacer de las suyas, el trasfondo básico es: ¿podemos seguir creciendo indefinidamente? Cuando los recursos naturales se agoten, ¿qué destino espera al ser humano? ¿Será el colapso de la civilización? En la novela, los problemas alimentarios han sido resueltos, aprovechando cada centímetro de suelo para el cultivo, mediante el sencillo método de construir las ciudades hacia arriba, en lugar de horizontalmente. Además, cada complejo es autosuficiente, basándose en el reprocesamiento de los desechos. Por ejemplo, tantas personas juntas son una fuente de calor estupenda para que funcionen los generadores. Sólo hace falta saberla canalizar. Y todos son felices porque, como principio básico de convivencia, no existe la intimidad. ¿Cuál era la mayor causa de frustraciones en el pasado? La desigualdad, envidiar lo que tiene el vecino. Solución: todo ha de ser visto por todos, y todo puede ser usado por todos. Nada de puertas en el cuarto de baño (excepto para el huésped venusino, no acostumbrado a que le miren en según qué procesos corporales). Nada de cerrar las puertas de casa. Nada de...


–Perdone que le recuerde lo obvio –dice Mattern–, pero debo hacer referencia a sus prerrogativas sexuales. Compartimos los tres una única plataforma. Mi esposa está a su disposición. Dentro de la monurb es impropio rehusar una petición razonada, a menos que traiga aparejada consigo algún perjuicio. Ya debe usted saber que evitar toda frustración es la primera regla de una sociedad como la nuestra, donde las menores fricciones pueden conducir a incontrolables oscilaciones de desarmonía. ¿Conoce usted nuestra costumbre de la ronda nocturna?
–Me temo que...
–Las puertas no están cerradas en la Monurb 116. No tenemos bienes personales que deban ser guardados, y todos nosotros estamos socialmente ajustados. Por la noche es algo completamente normal el entrar en otros hogares. De este modo, cambiamos parejas en cualquier momento; generalmente las esposas se quedan en casa y son los maridos los que emigran, pero no necesariamente. Cada uno de nosotros tiene acceso en cualquier momento a cualquier otro miembro de nuestra comunidad.

También es cierto que algunos inadaptados, los neuros, se niegan a veces a sentirse dichosos en su entorno. Con tirarlos a las tolvas, todo solucionado. Más reciclaje.

Otra opción para la transparencia pública sería, obviamente, que las paredes de las viviendas fueran de cristal. Tenemos el caso de D-503, de profesión matemático del Estado único: vive en la más hermosa de las ciudades, construida principalmente de ese material y de acero, dentro del Muro verde. Dos veces al día, de cuatro a cinco de la tarde, y de nueve a diez de la noche, tiene sus horas personales, en las cuales puede hacer cualquier cosa diferente que los demás millones de ciudadanos, como escribir un diario. También, en días señalados, puede recibir y hacer visitas lúdico-festivas a la señorita O-90 y echar las cortinas, previo permiso del administrador de la vivienda y entrega del talón rosa reglamentario. Hala, alegría. Hasta que se encuentra con la extravagante I-330 y sus puntos de vista empiezan a torcerse de la norma. ¿Quizá el caos que imperaba en el mundo previo a la Guerra de los Doscientos Años no era tan malo? Al fin y al cabo, además de artefactos absurdos como ese cajón con teclas blancas y negras, que produce sonidos sin ningún orden logarítmico, se ha conservado el monumento literario que todos han leído de niños: la Guía de ferrocarriles.


"¡Con qué placer escuché nuestra música actual! La tocaron al final como contraste. Eran gamas cristalinas, cromáticas fundiéndose en series sin fin; eran los acordes sintéticos de las fórmulas de Taylor y de MacLaurin, las graves cadencias de los cuadrados de las hipotenusas de Pitágoras, las tristes melodías de los movimientos oscilatorios, los acordes interrumpidos por las rayas de Frauenhofer, del análisis espectral de los planetas... ¡Qué regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qué miserable parecía a su lado la música de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasía salvaje!... "


El ruso Yevgueni Zamiatin escribió Nosotros entre 1919 y 1921. El yo no existe en la sociedad utópica que describe. Todo es nosotros. Y, como en el libro anterior, todos sus habitantes, excepto algunos con restos de inadaptación, están satisfechos. ¿Por qué? Porque existen la Tabla de las leyes y el Libro de las horas, porque todos se despiertan, trabajan, comen, pasean exactamente en el mismo momento, visten igual, tienen las mismas posesiones y no han de pensar ni preocuparse por nada... el Bienhechor y el Departamento de los guardianes velan por la seguridad colectiva. Pronto, la nave espacial Integral difundirá estas maravillosas verdades por el universo. Si las demás civilizaciones quieren aceptarlas, ¡qué felicidad para ellas! En caso contrario...

Buenas noches y sed buenos.

viernes, 23 de enero de 2009

Zapatos italianos.

Hoy el tema va de calzado. Concretamente, de Zapatos italianos. ¿Quién es el autor sueco contemporáneo más famoso?: probablemente, Henning Mankell.

En esta novela tenemos a un médico retirado, que vive solo en una isla escandinava (pudiendo elegir Tahití...), dedicado a sus cositas y tal, hasta que un día aparece un antiguo amor, a quien abandonó de joven. La dama está enferma y le pide que cumpla una promesa que le hizo en su momento: llevarla a una laguna al norte del país. Y parece ser que no le había hecho sólo una promesa, sino también una hija, de quien no conocía la existencia (despistadillo, el hombre). Así que tiene que salir de su ansiado aislamiento para cuidar de ambas y crear un vínculo filial con alguien que es una desconocida. A lo largo del libro, los errores que cometió en el pasado van asaltándole de nuevo, sobre todo un secreto que lo alejó de su profesión y por el que precisamente decidió huir del mundo.


Para la música, una preciosa melodía del grupo cántabro Luétiga, incluida en su disco Cernéula, cuyo estribillo dice así:
"Yo, subir, subiré,
pero no bajaré
por encima del árbol,
morenuca es mi amante,
pero con garbo.
Morena resalada,
dame la mano".
Bueno, la estrofa realmente importante, la que concentra todo el lirismo del momento en que el chico piensa en su amante, es ésta:
"Ahí arriba, en lo alto,
vive mi suegra,
por no romper zapato,
no voy a verla".
Un zapato es un zapato, ¿no?...

lunes, 19 de enero de 2009

La máscara de hierro.

Resulta que los tres mosqueteros vivieron de verdad. Y por supuesto, el cuarto, el más importante, D'Artagnan. Y que Alejandro Dumas "sólo" noveló sus aventuras. Es la tesis que Roger Macdonald explica en La máscara de hierro. Con abundantes referencias documentales, va entretejiendo uno de los volúmenes de historia más curiosos que he disfrutado últimamente.

"Transcurrido prácticamente un año, D'Artagnan empezó a desesperarse pensando que nunca alcanzaría la meta de convertirse en mosquetero cuando, por una vez en su vida, las actividades amorosas jugaron a su favor. Tanto D'Artagnan como su comandante, Des Essarts, pretendían en París a la misma mujer, una antigua monja. Des Essarts, que quería deshacerse de D'Artagnan, lo trasladó al cuerpo de mosqueteros como parte de la guardia personal de Gastón, duque de Orleans, que estaba a punto de partir para asumir el mando de la campaña de Flandes".

Así pues, este espadachín, Charles D'Artagnan, habría abandonado su Gascuña natal a los diecisiete años. Adoptó el apellido de su madre, de origen noble venido a menos, y en el camino a París, tuvo un encontronazo con el conde Rosnay, agente del cardenal Richelieu, a causa de la pobre impresión que causaba su jaco. Como consecuencia, le apalearon y despojaron de la carta de presentación para un paisano suyo en la capital: el capitán de los mosqueteros Jean-Arnaud du Peyrer de Trois-Villes, pronunciado Tréville. Luego vino el encuentro fortuito con tres amiguetes: Athos (llamado Armand), Porthos (Isaac de Portau) y Aramis (Henri D'Aramitz), el duelo contra los guardias del cardenal, las intrigas en la corte, el peligroso despecho de Lucy Percy (a quien conocemos actualmente como Milady de Winter), el episodio del collar de diamantes entre la reina Ana y el duque de Buckingham...


Y si el libro se titula La máscara de hierro es por algo. El mismo Voltaire se hizo eco en uno de sus panfletos de esta leyenda: un hombre condenado a llevarla, con dos guardias permanentemente junto a él para matarlo si intentaba huir o quitársela, que pasó a lo largo de los años por las prisiones de Pignerol, Exiles, Sainte-Marguerite y la Bastilla. Hasta la propaganda revolucionaria, tras la toma de esta última, declaró haber encontrado el esqueleto del infortunado, encadenado y con la famosa máscara a sus pies. La teoría más difundida hace referencia al hermano gemelo de Luis XIV, pero Macdonald pronto desmonta esta idea. Hasta sugiere que Luis XIII era gay y el hijo de Ana, en realidad, podría ser de Mazarino, el sucesor de Richelieu. Tambien expone otras posibilidades, basadas en una compleja trama de conjuras palaciegas, envenenadores, guerras en Flandes, ministros caídos en desgracia, sucesivas amantes del rey deseosas de aumentar su poder, y hasta Molière, malquisto por algunos poderosos. Pero al final, la clave vuelve a girar alrededor de la biografía de D'Artagnan, encargado por el monarca de misiones más que delicadas, "por razón de Estado". Después de dimes y diretes, ¡el hombre de la máscara de hierro resulta ser...!

Nooo, no lo digo, que si alguien se quiere leer el libro no es plan de hacerle esta faena. Me recojo, y un saludo a vuestras mercedes.

miércoles, 14 de enero de 2009

Con diez cañones por banda...

Una vez me enrolé en la tripulación del bergantín Zephyr. Surto en la rada de Cherburgo, el capitán, que supervisaba el baldeado de cubierta desde el puente de popa, me vio llegar por la escollera arrastrando la bolsa de viaje. Con su ojo parcheado evaluó mi potencial para izar a pulso la mayor, y a pesar de que lo vio muy muy negro, cuando pasé a la altura del costado de estribor, empezó a cantar: «Quince hombres sobre el cofre del muerto, ho, ho, ho, y la botella de ron...»


Mis piernas se detuvieron. Era la contraseña, había llegado a mi destino. La llama de lo salvaje ardía en mis venas: océanos desconocidos, el crujido de los estayes mientras la roda del navío cortaba las olas, la Jolly Roger... imágenes que presagiaban grandes aventuras. El capitán, un hereje holandés, notando la marea de sensaciones que me recorría, me aseguró que tendría un coy caliente a bordo, ración de grog tres veces al día, turno de lavado de platos apenas una vez a la semana y patente de corso cuando arribáramos a las islas del Canal de la Mancha que, como todos desde Tortuga a Maracaibo saben, están libres de impuestos. Así que puse mi marca en el registro y, al silbato del contramaestre, ¡a bordo!




Mis compañeros de tripulación se dividían entre bucaneros de los Países Bajos y corsarias alemanas. Bueno, también había una pareja de piratillas franceses, pero no se dejaron ver demasiado en las jornadas de navegación: se metían a menudo en su minúsculo camarote del sollado y se dedicarían a estudiar latitudes, o a contar piezas de a ocho, o algo así. Singladura tras singladura, una vez abandonado el puerto con la primera marea, recorrimos el Mar del Norte: Sark, Jersey, Saint-Servant, Saint-Malo, con el espíritu de Surcouf observándonos desde las almenas, Guernsey, Alderney...

Efectivamente, mi habilidad con las velas resultaba limitada: todas desplegadas, constituían un hermoso espectáculo marinero, pero para izar y arriar los foques y el trinquete... ¡por vida de, cómo pesaban! Al final, los descendientes del almirante Tromp dijeron: «Anda, niño, quítate y deja a los hombres grandes» (con tanta mantequilla en el desayuno, claro, así tenían esos brazos), mientras a mí me encomendaron ocuparme de un par de cabos, una vez aclarado que, cuando me ordenaban soltarlos, yo no tirara justo en sentido contrario (confusiones tontas debido a la babel de lenguas a bordo), y que los nudos para sujetar el aparejo no se hacen como el lazo de los zapatos. Qué quisquillosos.




Ah, los amaneceres anclados en calas turquesas o al amparo de una fortaleza, el sol salutífero acariciándonos en el combés, las refrescantes zambullidas bajo la quilla, la campana que desde la camareta avisaba del rancho, la navegación en mar abierto, tensas las jarcias, delfines deslizándose junto a las amuras... También, el pedazo de galerna atlántica que nos pilló atravesados y que me hizo jurar a los cuatro vientos que no me iba a volver a montar en otro cascarón con menos tonelaje que el Queen Mary, en la puñetera vida. Ay, qué mal lo pasé. Cuando vi que las alemanas aparecían en cubierta con trajes impermeables de los pies a la coleta, en vez de traje de baño, ya tenía que haberme imaginado que la cosa iba a ser fina, que esta gente es muy previsora. Y cuando nos pusimos los salvavidas, nos agrupamos en la toldilla y nos atamos, también debía haber sospechado. Hala, un oleaje de la leche, yo con la cabeza alta junto al timón, cabello al viento, sintiendo el salitre penetrar por todos mis poros y de repente, glup, ¿eso que hace boing, boing, boing es mi estómago? Si parece que está bailando una animada giga con el píloro de tamboril...

Menos mal que la color de mi faz alertó a uno de los lobos marinos cercanos, y me espetó, educada pero firmemente, que me cambiara ipso facto de borda. Vaya caprichitos –pensé yo–, a ver si es que hay que equilibrar la estiba. Hasta que a los pocos minutos aprendí lo agradecido que es, para el resto de la marinería, que uno se ponga del lado adecuado del viento cuando la bilis, el desayuno y hasta la merienda del dia anterior, se ven libres de su prisión corporal.

En fin, habiendo comprobado que era un marinero de agua dulce, me volví a mi botella de ron, ho, ho, ho...



sábado, 10 de enero de 2009

La nieve.

Por las barbas de Senaquerib! Hacía años que no vivía cosa igual: blanco, blanco, blanco en Madrid, y no paró ayer en todo el día. Un buen escenario para La señorita Smila y su especial percepción de la nieve, de Peter Høeg. Hasta hicieron una película basada en el libro, que se allega más o menos al género de novela negra. Hay un crimen que parece un accidente, y Smila insiste en investigar más a fondo que la policía, basándose en su conocimiento de la nieve y el hielo por donde había caminado la víctima. Esta obsesión la llevará desde Copenhague hasta su Groenlandia natal: alguien no quiere que el resultado de unas presuntas expediciones geológicas salga a la luz, ella se ha puesto en su punto de mira y cada vez está más cerca… ¿en quién podrá confiar? Vale, pasa la prueba: tensión dosificada, buena ambientación y personajes creíbles. Puede que el final me pareciera más flojo, pero nada es perfecto.


"Me llevo mi taza de té a la ventana. Dinamarca es un país maravilloso. Y la policía es especialmente maravillosa. Y sorprendente. Acompañan a la Guardia del Rey hasta el castillo de Amalienborg. Ayudan a los patitos despistados que han perdido a sus mamás a cruzar la calle. Y cuando un niño se cae desde un tejado, primero llega la policía uniformada. Y después la policía judicial. Y finalmente, el fiscal para delitos monetarios manda a sus representantes. Es tranquilizador".

Más nieve: en El tiempo de los emperadores extraños, de Ignacio del Valle, cae con profusión. Y la cosa llega a los cuarenta bajo cero. Es enero de 1943, en el frente de Leningrado, y un oficial español es hallado sin vida, bajo circunstancias que apuntan a un asesinato. Se encarga a un soldado raso, con la ayuda de un sargento de mala uva, que busque al culpable. Sus antecedentes: antiguo teniente que solucionó el robo de un cuadro del Prado, degradado y enviado a prisión por un crimen pasional, y amnistiado a cambio de servir en la División española de voluntarios. Según van apareciendo más víctimas, empieza a darse cuenta de que el enemigo puede aparecer de la nada, en cualquier momento, y quizá vista el mismo uniforme... Otra novela negra, con suspense y detectives, ambientada en un entorno diferente. Buena descripción del sufrimiento en la guerra, tanto físico como psíquico, agudizado por el espantoso frío en el que han de sobrevivir los personajes. El final es inesperado, y el conjunto bastante convincente.


Estuvo perorando así un rato, mientras el Grenadier, perplejo, iba respondiendo con un "ja" monocorde a cada una de sus barbaridades. Fue mano de santo. Cuando se le acabó el diccionario, acercó su cara a la del alemán justo hasta el límite donde se podía considerar ofensivo.
–¿Teto teto? –le preguntó cachazudo.
El alemán interpretó que ésa era la expresión española para corroborar algo.
–Ja, ja, mein Obergefreiter. Teto teto.
–Vale, pues por detrás te la meto.


Cómo no, Enemigo a las puertas, banda sonora de James Horner, se erige en buen acompañante musical. El compositor no fue muy bien tratado por los críticos, que le acusaron de falta de originalidad y de "plagiarse a sí mismo". Este veredicto le ha caído en más de una ocasión, sobre todo cuando repite en diferentes películas el mismo tema de cuatro notas para aludir a un momento de peligro, o en el que los malos van a hacer su aparición. Creo que lo utilizó por primera vez en Willow. Pero tiene otras virtudes, como para aporrearle así. Es como quejarse de que Chaikovski siempre parece Chaikovski. Si tiene un estilo propio, ¿por qué lo va a cambiar, el hombre?

Para el final, tenemos a un islandés, Sjón, seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson. El zorro ártico (Skugga-Baldur) ganó el Premio de literatura del Consejo Nórdico en 2005. Tampoco sabemos cuántos más se presentaban a ese premio, porque en la contraportada se indica que "es la obra más importante de la literatura islandesa actual". Pues bueno, habrá que buscar otros ejemplos, para poder comparar... Escrito en forma de saga, con varias historias simbólicas y estrechamente enlazadas, pivota en torno a la lucha entre un cazador y el zorro al que persigue sin tregua, en una naturaleza helada que asume asimismo un papel protagonista. Se lee bien.


"Un zorro pardo yace sobre su piedra como si estuviera tallado en ella, se deja barrer por el viento y la tempestad. El trasero hacia el viento, se enrosca apretado y entierra el hocico bajo la cola; entrecierra los párpados, y las pupilas se adivinan apenas. Sin embargo, no pierde de vista al hombre, que no ha movido un músculo desde que se puso al acecho bajo la nevisca, en el borde de las laderas más altas de Ásheimar... hace unas dieciocho horas. El viento helado ha gemido sobre él y la nieve ha caído copiosa, y ahora parece un simple montón de turba cubierto de nieve.
Pero el animal no puede permitirse olvidar por un instante que es un cazador".

Nada, a ver si nos da un rato el sol. Hasta luego.