De esta manera comienza El mundo interior, de Robert Silverberg. Escrito a comienzos de los setenta, al tiempo que la crisis del petróleo empezaba a hacer de las suyas, el trasfondo básico es: ¿podemos seguir creciendo indefinidamente? Cuando los recursos naturales se agoten, ¿qué destino espera al ser humano? ¿Será el colapso de la civilización? En la novela, los problemas alimentarios han sido resueltos, aprovechando cada centímetro de suelo para el cultivo, mediante el sencillo método de construir las ciudades hacia arriba, en lugar de horizontalmente. Además, cada complejo es autosuficiente, basándose en el reprocesamiento de los desechos. Por ejemplo, tantas personas juntas son una fuente de calor estupenda para que funcionen los generadores. Sólo hace falta saberla canalizar. Y todos son felices porque, como principio básico de convivencia, no existe la intimidad. ¿Cuál era la mayor causa de frustraciones en el pasado? La desigualdad, envidiar lo que tiene el vecino. Solución: todo ha de ser visto por todos, y todo puede ser usado por todos. Nada de puertas en el cuarto de baño (excepto para el huésped venusino, no acostumbrado a que le miren en según qué procesos corporales). Nada de cerrar las puertas de casa. Nada de...–Perdone que le recuerde lo obvio –dice Mattern–, pero debo hacer referencia a sus prerrogativas sexuales. Compartimos los tres una única plataforma. Mi esposa está a su disposición. Dentro de la monurb es impropio rehusar una petición razonada, a menos que traiga aparejada consigo algún perjuicio. Ya debe usted saber que evitar toda frustración es la primera regla de una sociedad como la nuestra, donde las menores fricciones pueden conducir a incontrolables oscilaciones de desarmonía. ¿Conoce usted nuestra costumbre de la ronda nocturna?
–Me temo que...
–Las puertas no están cerradas en la Monurb 116. No tenemos bienes personales que deban ser guardados, y todos nosotros estamos socialmente ajustados. Por la noche es algo completamente normal el entrar en otros hogares. De este modo, cambiamos parejas en cualquier momento; generalmente las esposas se quedan en casa y son los maridos los que emigran, pero no necesariamente. Cada uno de nosotros tiene acceso en cualquier momento a cualquier otro miembro de nuestra comunidad.
También es cierto que algunos inadaptados, los neuros, se niegan a veces a sentirse dichosos en su entorno. Con tirarlos a las tolvas, todo solucionado. Más reciclaje.
Otra opción para la transparencia pública sería, obviamente, que las paredes de las viviendas fueran de cristal. Tenemos el caso de D-503, de profesión matemático del Estado único: vive en la más hermosa de las ciudades, construida principalmente de ese material y de acero, dentro del Muro verde. Dos veces al día, de cuatro a cinco de la tarde, y de nueve a diez de la noche, tiene sus horas personales, en las cuales puede hacer cualquier cosa diferente que los demás millones de ciudadanos, como escribir un diario. También, en días señalados, puede recibir y hacer visitas lúdico-festivas a la señorita O-90 y echar las cortinas, previo permiso del administrador de la vivienda y entrega del talón rosa reglamentario. Hala, alegría. Hasta que se encuentra con la extravagante I-330 y sus puntos de vista empiezan a torcerse de la norma. ¿Quizá el caos que imperaba en el mundo previo a la Guerra de los Doscientos Años no era tan malo? Al fin y al cabo, además de artefactos absurdos como ese cajón con teclas blancas y negras, que produce sonidos sin ningún orden logarítmico, se ha conservado el monumento literario que todos han leído de niños: la Guía de ferrocarriles."¡Con qué placer escuché nuestra música actual! La tocaron al final como contraste. Eran gamas cristalinas, cromáticas fundiéndose en series sin fin; eran los acordes sintéticos de las fórmulas de Taylor y de MacLaurin, las graves cadencias de los cuadrados de las hipotenusas de Pitágoras, las tristes melodías de los movimientos oscilatorios, los acordes interrumpidos por las rayas de Frauenhofer, del análisis espectral de los planetas... ¡Qué regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qué miserable parecía a su lado la música de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasía salvaje!... "
El ruso Yevgueni Zamiatin escribió Nosotros entre 1919 y 1921. El yo no existe en la sociedad utópica que describe. Todo es nosotros. Y, como en el libro anterior, todos sus habitantes, excepto algunos con restos de inadaptación, están satisfechos. ¿Por qué? Porque existen la Tabla de las leyes y el Libro de las horas, porque todos se despiertan, trabajan, comen, pasean exactamente en el mismo momento, visten igual, tienen las mismas posesiones y no han de pensar ni preocuparse por nada... el Bienhechor y el Departamento de los guardianes velan por la seguridad colectiva. Pronto, la nave espacial Integral difundirá estas maravillosas verdades por el universo. Si las demás civilizaciones quieren aceptarlas, ¡qué felicidad para ellas! En caso contrario...
Buenas noches y sed buenos.






