sábado, 5 de septiembre de 2009

La mujer de la arena

El argumento de La mujer de la arena, del japonés Kôbô Abe, es originalísimo.
Al parecer, la mujer percibió el estado emocional del hombre. Dejó de ajustarse el pantalón, y el extremo del cordel que había desatado cayó blandamente entre sus manos. Lo miró desde abajo con ojos de liebre; el parecido estaba no sólo en el modo de mirar, sino también en los párpados enrojecidos. El hombre le devolvió una mirada en la que el tiempo se había detenido. Un olor punzante, como de ternilla hervida, rodeó a la mujer.

Un profesor de escuela, aficionado a la entomología, va de excursión en busca de nuevos insectos. Al llegar a un pueblo de pescadores, estos le convencen para pernoctar en la casa de una joven viuda, situada en una depresión del terreno rodeada por dunas.

Al amanecer, cuando desea marcharse, ve con sorpresa que la única manera de hacerlo es con escalas de cuerda lanzadas desde el exterior, pero ni los vecinos ni la anfitriona están dispuestos a ayudarle. Es necesario que alguien trabaje junto a ella para mantener a raya a la arena, cavando sin descanso, jornada tras jornada, si quieren que el pueblo no desaparezca tragado por su avance. Es necesario un hombre para la mujer de la arena.

Para el profesor, lo que ocurre no tiene sentido. Él no desea quedarse ahí prisionero, tiene su vida en la ciudad, su familia, su trabajo… Por otro lado, no puede evitar la progresiva atracción por su nueva compañera, y el calor que señorea el lugar, así como el fino polvillo que se pega continuamente a sus cuerpos, contribuyen a perturbar cada vez más sus sentidos. ¿Se rebelará? ¿Intentará escapar como sea de la casa? ¿Se plegará a la situación?

Gran novela, sin duda, de las que se recuerdan, de las que gusta regalar, con una poderosa carga simbólica a la vez que un hermoso –y sensual– lenguaje. Y por hoy, ya está. Hasta pronto.
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