miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las tinieblas

En Las tinieblas, de Leonid Andréyev, Liuba consigue hacer que se tambalee la existencia de su obligado cliente ocasional, Alexéi.
–Pero, ¿por qué eres tan bueno? –preguntó la muchacha con un deje irónico.
Pero él, sin comprender la ironía, respondió seriamente:
–No lo sé. Probablemente porque he nacido así.
–Pues bien, yo he nacido mala. Y, sin embargo, los dos hemos venido al mundo de la misma manera, con la cabeza para adelante. ¿Qué tienes que decir a eso?
Sumido en sus reflexiones, él no prestó atención a aquellas palabras. Examinando el fondo de su alma, todo su pasado, que veía ahora con tanta claridad en toda su simplicidad y en todo su heroísmo, continuó:
–Ya ves, tengo veintiséis años, mis cabellos empiezan a encanecer y, sin embargo, hasta aquí... –Buscaba palabras, pero acabó su pensamiento con firmeza, aun con orgullo–: Hasta aquí no he conocido mujeres. Pero en absoluto, ¿entiendes? Tú, tú eres la primera mujer que he visto de esa manera. Y para decirte la verdad, me da un poco de vergüenza mirar tus brazos desnudos...
La música llenó de nuevo toda la casa, y el suelo temblaba bajo los pies de los que danzaban. En el salón, alguien, probablemente borracho, gritaba muy fuerte, como si condujera un tropel de caballos furiosos. Pero en el cuarto de Liuba reinaba un silencio melancólico. En la nebulosidad rosácea se percibían pequeñas volutas de humo de cigarrillo.

Él es un revolucionario en la Rusia de los zares, que en breve va a arrojar una bomba. Pero con el aliento de la policía en el cogote, rodeado de espías y confidentes, necesita descansar unas horas en lugar seguro si no quiere fracasar en su misión. Para ello se le ocurre entrar en una casa de lenocinio, alquilar los servicios de una de las chicas y utilizar la cama de forma poco convencional: para dormir.

Su desventura llegará al elegir a Liuba, que se revela como una criatura bastante rara, con carácter y reacciones peculiares, y que busca a alguien "bueno" como meta vital. ¿Será él el esperado, con su revólver en el bolsillo y que nunca ha catado labios de mujer? ¿Qué efectos tendrá en ambos ese encuentro?

Mordaz y desesperanzado, Las tinieblas entra sin problemas en la categoría de recomendable.
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domingo, 27 de septiembre de 2009

Amatenango del Valle

Nuestro guía en Chiapas, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, hacía numerosos comentarios sobre la historia, la geografía y la sociedad de la zona. Ciertamente se trata de un destino muy interesante, una muestra de los contrastes que tanto la naturaleza como la mano del hombre ofrecen en este país norteamericano.

Después de un día visitando parajes pintorescos, nos detuvimos en un pueblecito donde varias indígenas tzeltales ofrecían muestras de artesanía alfarera. El profesor inició una disertación sobre las costumbres de esa comunidad, tradicionalmente poco conectada con la "civilización". La falta de infraestructuras, la falta de desarrollo, la falta de interés del Gobierno, etc., etc. Y de repente sonó un teléfono móvil, una de las vendedoras echó mano a los pliegues de su ropa y extrajo un modelo de última generación.

Nuestro cicerone abrió mucho los ojos, mientras el pequeño grupo de viajeros permanecíamos a su alrededor en un silencio ligeramente escéptico. «No se lo van a creer en el Departamento de Antropología, no se lo van a creer», musitó al fin.

Y es que el mundo ya no es lo que era.



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lunes, 21 de septiembre de 2009

Eternidad

Mis ojos siguieron a un pequeño barco que se alejaba de la costa. El cielo era de acero, con jirones de luz intentando romper su cerco, casi exangües. Con cada empuje de las olas, con cada golpe de respiración de la marea, las aguas componían su mensaje sonoro, siempre el mismo, siempre diferente. Notas primigenias, acordes eternos, como aquellos que duermen ocultos dentro de nosotros, procedentes de lo que no es memoria, de lo que en algún momento no fue aún conciencia de existir, pero tampoco la nada. Como la música que debimos de escuchar nada más nacer, y quizá volveremos a hacerlo en nuestro viaje de retorno…



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jueves, 17 de septiembre de 2009

Piratas

Al amparo de la sorpresa, el Zephyr se aproximó por la popa del buque anclado. Ni un centinela sobre las vergas, qué imprudentes. Quizá alguien dormitara en el sollado, reponiéndose de la mar gruesa de la noche anterior.

Nosotros, sin embargo, teníamos los ojos bien abiertos ante el apetitoso botín. Agarrados a las jarcias, nos girábamos de hito en hito hacia el capitán, que manejaba con pericia el timón.

Yo me adelanté hasta el bauprés, donde la bandera del cráneo y las tibias mostraba claramente nuestras intenciones. Me humedecí los labios, sabían a salitre y a ansiedad.

El viento nos impulsaba con fuerza, tanto, que a una orden del segundo media docena de brazos se dispusieron a recoger trapo. No deseábamos encallar en algún bajío o arriesgarnos a colisionar contra el casco cada vez más cercano.

Un navío francés: los colores de Saint-Malo ondeaban en lo alto de su mástil. Hasta el graznar de las gaviotas se me asemejaba ya al tintineante sonido de las piezas de a ocho. Faltaban sólo unos segundos para poder disparar, sólo unos segundos... Ahora, ahora, ¡AHORA!

El cabeceo del bergantín hacía difícil encuadrar con pulso firme, pero confié en mi buena estrella cuando apreté el botón. El obturador de la cámara se abrió y cerró con un chasquido.

Esa noche me acosté en la estrecha litera, abrí el ojo de buey y, al agradable frescor que entraba en la cabina, me quedé dormido. Debía estar descansado para nuevas correrías.



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viernes, 11 de septiembre de 2009

La niña

Me pregunta una compañera de trabajo: ¿A ti no te he contado lo de la niña de la habitación? No sé… Pues que mi hijo ve a una niña en la habitación de casa. Ajá. Y si le preguntamos dónde está, señala en una dirección y contesta: ahí. Pero ahí no hay nadie. La amiga invisible, vamos. Una vez estaba dándole de comer y dijo que había venido la niña, imagina qué salto pegué. Lo imagino. Porque cuando empezó, tenía el crío dos años, a esa edad no se puede mentir. Seguro que no. Mi marido tomó una foto y se veían unos círculos luminosos, como si se hubiera reflejado una ventana o el espejo del armario. Me los estás poniendo de corbata. Y si le enseñas libros de Disney con dibujos, también habla de ella. En concreto, si sale el hada de Pinocho, con sus alitas y su vestido azul. ¡La niña, la niña!, exclama enseguida. ¿El hada de…? Bueno, mientras no nos haga nada a ninguno de los tres, a mí me da igual. ¿Tú que piensas? Mira, sólo un consejo, por si acaso. En caso de duda, nunca, nunca vayas hacia la luz…



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martes, 8 de septiembre de 2009

Sin novedad en el frente

Hoy me gustaría hacer esta recomendación: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque.
Habrían debido ser para nosotros, jóvenes de dieciocho años, los mediadores, los guías que nos condujeran al mundo de la madurez, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La noción de la autoridad que representaban, les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió, echó por los suelos esta convicción. Tuvimos que darnos cuenta de que nuestra edad era mucho más leal que la suya; no tenían por encima de nosotros más ventajas que la frase huera y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y al darnos cuenta de ello, se derrumbó, con él, el concepto del mundo que nos habían enseñado.

Se trata de una novela muy conocida, de manera que resumiré en seguida el argumento: un grupo de alumnos de bachillerato se alistan voluntarios en el ejército alemán, en el apogeo de la Primera Guerra Mundial.

Allí se unirán a obreros y campesinos veteranos, y en sus "aventuras" participarán de las barbaridades de la vida en las trincheras, comprobando a costa de su sangre que sus padres, maestros y gobernantes, cuando les inculcaron los valores por los que debían regirse, habían olvidado el más importante de todos: la humanidad.

Es esta una obra que sigue siendo necesaria, de fondo de biblioteca sí o sí. Porque es muy buena, sin necesidad de recurrir a moralinas para convencer de las virtudes de la paz (por supuesto, los nazis la prohibieron y quemaron, y Remarque tuvo que exiliarse). Así que aquí queda lo dicho. Otro día, más.
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sábado, 5 de septiembre de 2009

La mujer de la arena

El argumento de La mujer de la arena, del japonés Kôbô Abe, es originalísimo.
Al parecer, la mujer percibió el estado emocional del hombre. Dejó de ajustarse el pantalón, y el extremo del cordel que había desatado cayó blandamente entre sus manos. Lo miró desde abajo con ojos de liebre; el parecido estaba no sólo en el modo de mirar, sino también en los párpados enrojecidos. El hombre le devolvió una mirada en la que el tiempo se había detenido. Un olor punzante, como de ternilla hervida, rodeó a la mujer.

Un profesor de escuela, aficionado a la entomología, va de excursión en busca de nuevos insectos. Al llegar a un pueblo de pescadores, estos le convencen para pernoctar en la casa de una joven viuda, situada en una depresión del terreno rodeada por dunas.

Al amanecer, cuando desea marcharse, ve con sorpresa que la única manera de hacerlo es con escalas de cuerda lanzadas desde el exterior, pero ni los vecinos ni la anfitriona están dispuestos a ayudarle. Es necesario que alguien trabaje junto a ella para mantener a raya a la arena, cavando sin descanso, jornada tras jornada, si quieren que el pueblo no desaparezca tragado por su avance. Es necesario un hombre para la mujer de la arena.

Para el profesor, lo que ocurre no tiene sentido. Él no desea quedarse ahí prisionero, tiene su vida en la ciudad, su familia, su trabajo… Por otro lado, no puede evitar la progresiva atracción por su nueva compañera, y el calor que señorea el lugar, así como el fino polvillo que se pega continuamente a sus cuerpos, contribuyen a perturbar cada vez más sus sentidos. ¿Se rebelará? ¿Intentará escapar como sea de la casa? ¿Se plegará a la situación?

Gran novela, sin duda, de las que se recuerdan, de las que gusta regalar, con una poderosa carga simbólica a la vez que un hermoso –y sensual– lenguaje. Y por hoy, ya está. Hasta pronto.
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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fraternidad

En los servicios de caballeros se dan a veces situaciones de las que tampoco desvelaré demasiado, por no traicionar en público los misterios propios de mi sexo. En todo caso, una de las características de estos espacios es el imperio de la democracia.

Todos puestos en fila, de cara a la pared, sin favoritismos, con igualdad absoluta inter pares. Si hay cola (si hay más personas que puestos libres, quiero decir), se espera por exquisito orden de llegada, se saluda a los compañeros de derecha e izquierda con versallesca cortesía y se fija la mirada en un punto indefinido que nos empuje a la meditación, al desprendimiento de lo superfluo, al nirvana.

Porque despojados temporalmente de galones, del estatus social, de las diferentes vías del tren por las que se conducen nuestras vidas, ¿qué nos queda en ese preciso momento? En los servicios, ¿no estamos todos hechos de la misma pasta? Altos o bajos, gordos o delgados, triunfadores o escritores de blog, ¿no buscamos básicamente igual meta, descubrir nuestro lugar en el ignoto plan de la existencia? Es entonces cuando desearíamos abrazar a nuestros hermanos, fundirnos en un canto general, hacernos uno con el universo...

Por desgracia, a los pocos segundos creemos tener algo importante entre manos, dejamos pasar la oportunidad y caemos de nuevo en lo material. El ruido huracanado del secador anclado a la pared termina de borrar aquellas buenas vibraciones.



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