lunes, 25 de mayo de 2009

Ni de Eva ni de Adán

Como ocurre en tantos otros países, también los nacidos en Japón han de arrastrar estereotipos sobre su forma de ser. Quizá el suyo sea la contención emocional. En el libro Ni de Eva ni de Adán, Amélie Nothomb tiene esa sensación de vez en cuando mientras narra sus aventuras autobiográficas.
–También es difícil ser japonés.
–Seguramente, cuenta, cuenta.

No dijo nada. Respiró. Vi cómo sus rasgos se metamorfoseaban.

–A los cinco años, como los demás niños, tuve que examinarme para entrar en una de las mejores escuelas primarias. Si hubiera aprobado habría podido, un día, ir a una de las mejores universidades. A los cinco años, ya lo sabía. Pero no lo conseguí.

Me di cuenta de que estaba temblando.

–Mis padres no dijeron nada. Estaban decepcionados. A los cinco años, mi padre sí lo había conseguido. Esperé a que llegara la noche y lloré.

Tras ofrecerse como profesora de francés, nuestra protagonista conoce a Rinri, un nativo de reacciones hieráticas. Empiezan a salir juntos, a conocerse, él le presenta a su familia, suben al monte Fuji... Pero sólo con el tiempo será capaz de penetrar más adentro en su alma, hasta desembocar en una relación amorosa muy peculiar.

A lo largo de la obra se aprenden curiosas costumbres niponas relacionadas con el comportamiento social, la familia o los amigos. Y surgen a menudo situaciones sazonadas de humor cuando esas costumbres topan con el desconocimiento o la incomprensión inicial de la autora.

En suma, una novela amable, bien escrita y perfecta para pasar el rato.

Sayonara.
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