sábado, 14 de febrero de 2009

Lobster

Una opción para leer un 14 de febrero, cuando l'amour llama a tu puerta y tú estás en casa, y para colmo abres, que ya te vale. A veces eres el primer sorprendido. Y la sorpresa puede ser morrocotuda, porque no sea lo que tenías en mente como "tu tipo". ¿Te van las rubias? Toma morena. ¿Los chicos con rastas? Toma calvo. ¿Los seres humanos? Toma bogavante. Como lo oís.
Sentimientos desconocidos se entremezclan en él. La venganza y el deseo le provocan unos picores que jamás había sentido antes.
Esa mujer lo atrae; él, un bogavante, se siente atraído por una humana. Lobster se acerca para verla mejor. Para aclarar su confusión. La belleza de Anjelina puede enfebrecer a cualquiera. Lobster lo nota. Siente subir la fiebre. Su cuerpo arde, pero eso no logra borrar su ansia de venganza. Lobster no sabe qué hacer. Por primera vez se ve obligado a elegir: no instintiva, sino racionalmente.

Anjelina y Lobster se conocen en el Titanic. Él es un hermoso crustáceo que, por esas cosas del destino, se encuentra a bordo del transatlántico. No puede decirse que el acuario sea de su gusto, aunque pronto llegará el momento de abandonarlo, tras un breve viaje a la cocina. Justo cuando van a introducirlo en la olla, se produce una terrible sacudida que le hace perder el conocimiento, y al despertar se encuentra con Anjelina, pasajera de primera, atrapada entre las gélidas aguas que a él le hacen precisamente revivir.

Para conseguir que ella también se recupere, nada mejor que un trabajillo cuidadoso con frotamiento de pinzas, que le caliente la sangre. La señorita, harto feliz del resultado, se lo lleva en el bolsillo del abrigo cuando sube al bote salvavidas, pensando en repetir a la primera oportunidad. Por desgracia, la confusión hace que se separen, y a partir de ahí todo el relato girará en torno a su mutua búsqueda, aunque la incomprensión parezca reinar en el mundo. Qué le van a hacer...

Jo, qué argumento tan surrealista. Habrá que tomar Lobster como una metáfora, supongo. Aun así, imaginación no le falta al autor, el francés Guillaume Lecasble, sólo para conseguir mantenernos con la curiosidad activada hasta el final.

Y nada más.
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