miércoles, 28 de enero de 2009

Nosotros

D-503, de profesión matemático del Estado Único, vive en la más hermosa de las ciudades, dentro del Muro verde. Dos veces al día, de cuatro a cinco de la tarde y de nueve a diez de la noche, tiene sus horas personales, en las cuales puede hacer cualquier cosa diferente a los demás millones de ciudadanos. Por ejemplo, escribir un diario. También, en días señalados puede recibir y hacer visitas lúdico-festivas a la señorita O-90 y echar las cortinas, previo permiso del administrador de la vivienda y entrega del talón rosa reglamentario.

Hasta que se encuentra con la extravagante I-330 y sus puntos de vista empiezan a torcerse de la norma. ¿Quizá el caos que imperaba en el mundo previo a la Guerra de los Doscientos Años no era tan malo? Al fin y al cabo se ha conservado el monumento literario de aquella época que todos han leído de niños: la Guía de ferrocarriles. Aunque también tuvieran artefactos absurdos como un cajón con teclas blancas y negras, capaz de producir sonidos sin ningún orden logarítmico.

El ruso Yevgueni Zamiatin escribió Nosotros entre 1919 y 1921, como una premonición. El yo no existe en esta sociedad utópica, todo es nosotros. Y sus habitantes, excepto algunos con restos de inadaptación, parecen sentirse satisfechos. ¿Por qué?

Porque existen la Tabla de las leyes y el Libro de las horas, porque todos se despiertan, trabajan, comen, pasean exactamente en el mismo momento, visten igual, tienen las mismas posesiones y no han de pensar ni preocuparse por nada. El Bienhechor y el Departamento de los guardianes velan por la seguridad colectiva.

Pronto, la nave espacial Integral, en la que trabaja D-503, difundirá estas maravillosas verdades por el universo. Si las civilizaciones que encuentren quieren aceptarlas, ¡qué felicidad para ellas! En caso contrario...

Buenas noches y sed buenos.



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lunes, 19 de enero de 2009

La máscara de hierro

Resulta que los tres mosqueteros vivieron de verdad. Y por supuesto el cuarto, el más importante, D'Artagnan. Y que Alejandro Dumas "sólo" noveló sus aventuras. Es la tesis que Roger Macdonald mantiene en La máscara de hierro.

Así pues, este espadachín, Charles D'Artagnan, habría abandonado su Gascuña natal a los diecisiete años. Adoptó el apellido de su madre y en el camino a París tuvo una discusión con el conde Rosnay, agente del cardenal Richelieu. Como consecuencia le apalearon y despojaron de la carta de presentación para un paisano suyo en la capital: el capitán de los mosqueteros Jean-Arnaud du Peyrer de Trois-Villes, pronunciado Tréville.

Luego vino el encuentro fortuito con tres amiguetes: Athos (llamado Armand), Porthos (Isaac de Portau) y Aramis (Henri D'Aramitz), el duelo contra los guardias del cardenal, las intrigas en la corte, el peligroso despecho de Lucy Percy (a quien conocemos actualmente como Lady de Winter), el episodio del collar de diamantes entre la reina Ana y el duque de Buckingham...

Y si el libro se titula La máscara de hierro es por algo. El mismo Voltaire se hizo eco en uno de sus panfletos de esta leyenda: un hombre condenado a llevarla permanentemente, con dos guardias junto a él para matarlo si intentaba huir o quitársela, que pasó a lo largo de los años por las prisiones de Pignerol, Exiles, Sainte-Marguerite y la Bastilla.

La teoría más difundida hace referencia al hermano gemelo de Luis XIV, pero Macdonald expone otras posibilidades, basadas en una compleja trama de conjuras palaciegas, envenenadores, guerras en Flandes, ministros caídos en desgracia, amantes del rey y hasta Molière, malquisto por algunos poderosos. Al final, la clave vuelve a girar alrededor de D'Artagnan, encargado por el monarca de misiones "por razón de Estado". ¡El hombre de la máscara de hierro resulta ser...!

Nooo, no lo digo, que si alguien quiere leer el libro no es plan de hacerle esa faena. Me recojo y un saludo a vuestras mercedes.



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miércoles, 14 de enero de 2009

Ho, ho, ho...

Una vez me enrolé en la tripulación del bergantín Zephyr, surto en la rada de Cherburgo. El capitán, que supervisaba el baldeado de cubierta desde el puente de popa, me vio llegar por la escollera arrastrando el petate. Con su ojo parcheado evaluó mi potencial para izar a pulso la mayor y, a pesar de que lo vio muy negro, cuando pasé a la altura del costado de estribor empezó a cantar: «Quince hombres sobre el cofre del muerto, ho, ho, ho, y la botella de ron...».

Mis piernas se detuvieron. Era la contraseña, había llegado a mi destino. La llama de lo salvaje ardía en mis venas: océanos desconocidos, el crujido de los estayes mientras la roda del navío cortaba las olas, la Jolly Roger... Imágenes que presagiaban grandes aventuras. El capitán, notando la marea de sensaciones que me recorría, me aseguró que tendría un coy caliente a bordo, ración de grog tres veces al día, turno de lavado de platos apenas una vez a la semana y patente de corso cuando arribáramos a las islas del Canal que, como todos desde Tortuga a Maracaibo saben, están libres de impuestos. Así que puse mi marca en el registro y, al silbato del contramaestre, ¡a bordo!

Mis compañeros de tripulación se dividían entre bucaneros holandeses y corsarias alemanas. Bueno, también había una pareja de piratillas franceses, pero no se dejaron ver demasiado en las jornadas de navegación. Se metían a menudo en su minúsculo camarote del sollado y se dedicarían a estudiar latitudes, o a contar piezas de a ocho, o algo así. Singladura tras singladura, una vez abandonado el puerto, recorrimos el Mar del Norte: Sark, Jersey, Saint-Servant, Saint-Malo, con el espíritu de Surcouf observándonos desde las almenas, Guernsey, Alderney...

Efectivamente, mi habilidad con las velas resultó limitada: todas desplegadas eran un hermoso espectáculo marinero, pero izar y arriar los foques y el trinquete... ¡Por vida de, cómo pesaban! Al final, los descendientes del almirante Tromp dijeron: «Anda, niño, quítate y deja a los hombres grandes» (con tanta mantequilla en el desayuno, claro, así tenían esos brazos), mientras a mí me encomendaron ocuparme de un par de cabos, una vez aclarado que los nudos para sujetar el aparejo no se hacen como el lazo de los zapatos. Qué quisquillosos.

Ah, los amaneceres anclados en calas turquesas, el sol salutífero acariciándonos en el combés, las refrescantes zambullidas bajo la quilla, la campana que desde la camareta avisaba del rancho, la navegación en mar abierto, tensas las jarcias, delfines deslizándose junto a las amuras... También, el pedazo de galerna atlántica que nos pilló atravesados y que me hizo jurar a los cuatro vientos que no me iba a volver a montar en otro cascarón con menos tonelaje que el Queen Mary en la vida. Ay, qué mal lo pasé.

Cuando vi que las alemanas aparecían en cubierta con impermeables de los pies a la coleta, en vez de traje de baño, ya tenía que haberme imaginado que la cosa iba a ser fina, que esta gente es muy previsora. Y cuando nos pusimos los salvavidas, nos agrupamos en la toldilla y nos atamos, también debía haber sospechado. Un oleaje de la leche, yo con la cabeza alta junto al timón, cabello al viento, sintiendo el salitre penetrar por todos mis poros y de repente, glup, ¿eso que hace boing, boing, boing es mi estómago? Si parece que está bailando una animada giga con el píloro de tamboril...

Menos mal que la color de mi faz alertó a uno de los lobos marinos cercanos, y me espetó, educada pero firmemente, que me cambiara de borda. Vaya caprichitos –pensé yo–, a ver si es que hay que equilibrar la estiba. Hasta que a los pocos minutos aprendí lo agradecido que es, para el resto de la marinería, que uno se ponga del lado adecuado del viento cuando la bilis, el desayuno y hasta la merienda del dia anterior se ven libres de su prisión corporal.

En fin, habiendo comprobado que era un marinero de agua dulce, me volví a mi botella de ron, ho, ho, ho...



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