miércoles, 30 de diciembre de 2009

2010 (Si...)

Con Rudyard Kipling, me gustaría desear un buen año a quienes estéis leyendo estas líneas. A todos, por anticipado, feliz 2010.
Si...
Si puedes mantenerte firme, cuando todos a tu alrededor
se derrumban y te echan a ti la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan,
y al tiempo, no echar esas dudas en saco roto;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o que te engañen y no devolver a cambio engaños,
o que te odien y no dar cabida al odio,
y aun así, ni parecer demasiado bueno, ni hablar con excesiva sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen,
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu meta;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a ambos impostores por igual;
si puedes escuchar, soportándolo, que personas sin escrúpulos
tergiversen la verdad que has dicho, para atraer a los necios,
o puedes ver destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con herramientas inservibles...

Si puedes poner todas tus ganancias en un montón
y arriesgarlas a una sola tirada,
y perder, y volver a comenzar desde el principio
sin una palabra de queja sobre tu pérdida;
si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
y a resistir cuanto ya no te queda nada más,
excepto la voluntad que les dice: "¡Resistid!"…

Si puedes hablar con las multitudes y conservar tu virtud,
o caminar entre reyes, manteniendo los pies en el suelo;
si ni los enemigos ni tampoco los buenos amigos pueden herirte,
si todo el mundo cuenta contigo, pero nadie demasiado;
si puedes ocupar cada minuto inexorable,
haciendo que los sesenta segundos valgan la pena,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling

(Traducción propia de la versión original inglesa).


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domingo, 27 de diciembre de 2009

Mektub

Mektub.

Estaba escrito, como dicen los hijos del desierto.

Construimos nuestras propias cárceles, nuestras fortalezas, levantadas piedra a piedra a lo largo de los años. Desde fuera se ven poderosas.

Y en su interior... Bueno, ¿a quién le importa lo que ocurre en el interior?

Mektub.



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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Bella figlia dell’amore...

Voy caminando por la calle, bajo un airecillo serrano que presagia todos los males de garganta habidos y por haber. De improviso, una señorita de agradables rasgos surge a mano izquierda, y con una cadencia de paso que denota más prisa que la mía, se sitúa unos metros por delante. Me han explicado los entendidos en ciclismo que en un pelotón es bueno que otro corredor vaya cortando el viento, para evitar su impacto directo en carnes propias. De manera que me aplico el cuento y me pongo a chupar rueda.

Agradables rasgos y aparato locomotor de larga zancada, decía. Añadidos a una ondulante cabellera digna de un anuncio de champú, silueta de perfectas proporciones euclidianas, gusto y elegancia en el vestir... Lo que viene a ser un buen porte general. Algunos conciudadanos que se cruzan en nuestro camino giran la cabeza para sacar sus propias conclusiones científicas.

Si hubiera sido el verdiano duque de Mantua, le habría dedicado eso de Bella figlia dell’amore, schiavo son de’ vezzi tuoi. Como no lo soy, pienso en dedicarle una entrada del blog, cuyo contenido me pongo a cavilar. Una oda quedaría apropiada: Oh tú, delicada ninfa, náyade de belleza inaudita, nereida que ante simples mortales te presentas... Algo por el estilo. ¿Qué rima con inaudita? ¿Afrodita?




Ah, ya estoy nuevamente a su vera, tenemos el semáforo cerrado y hay que esperar. Hum, qué sonido tan peculiar está haciendo con la epiglotis, parece tal que, tal que... No, qué va, imposible, debo de tener los oídos atrofiados. Aunque... ¿por qué inclina ahora la cabeza hacia el suelo? ¿Se le habrá caído algo?

Tras la sonora preparación, cierto material orgánico desechable, que algunos llaman gargajo y otros esputo, sale expulsado de su linda garganta, atreviéndose a rozar sus exquisitamente perfilados labios, para acabar descansando sobre la vía pública, en flagrante atentado contra toda ordenanza municipal. Pero entonces... ¿no se trata de un ser etéreo, feérico, divino? ¡Oooooh!

Traumatizado testigo de una acción carente de la más mínima gracia, poco higiénica y absolutamente nada cívica, siento descender el nivel de mi termómetro platónico. No es que llegue hasta la suela del zapato, pero queda bastante bajo. Moraleja: debe de ser por tanto cierto eso de que no hay que juzgar las cosas por su envoltorio. Ni a las personas. Qué pena...
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viernes, 18 de diciembre de 2009

El muro

Imaginad que estáis invitados a la casa de campo de unos amigos. Vuestros anfitriones tienen que acercarse una tarde al pueblo y vosotros os quedáis disfrutando de la cabaña. Es un poco raro que a la mañana siguiente aún no hayan regresado, de manera que salís al camino por si acaso hubieran sufrido algún percance. Y de repente, ¡paf!, choque en toda la frente.
Lince comenzó de nuevo a quejarse y a pegarse a mis piernas. Aturdida, extendí la mano y toqué algo liso y frío: una resistencia lisa y fría donde sólo podía haber aire. Lo intenté otra vez con aprensión y de nuevo mi mano se posó sobre algo parecido al cristal de una ventana. Entonces oí unos latidos fuertes y me volví antes de comprender que se trataba de mi propio corazón que latía estrepitosamente en mis oídos. Mi corazón había sentido temor antes de que yo lo supiera.

La vía está expedita, ¿con qué habéis topado? Alargáis la mano y la posáis sobre una superficie invisible, una fuerza que os impide seguir adelante. Al tacto, vais siguiendo el contorno de la barrera hasta llegar a las proximidades de un caserío, desde donde distinguís a sus habitantes. Están paralizados, convertidos en piedra. Algo ha acabado con todo vestigio de vida al otro lado.

Así comienza El Muro, de Marlen Haushofer. A lo largo de sus páginas, la protagonista, cuyo nombre nunca sabemos, habrá de aprender a sobrevivir en el valle donde es la única representante de la especie humana. O quizá no...

Ordeñar, sembrar las patatas, segar la hierba para el invierno, aprovisionarse de leña, cazar a los animales cuya muerte no ponga en riesgo el equilibrio ecológico... Todo es nuevo para una persona de ciudad, con cuarenta años cumplidos y dos hijas ya adolescentes.

Y, sobre todo, algo de lo que nunca había sido consciente hasta entonces: una gran insatisfacción vital.

¿Mi opinión?

Una verdadera obra maestra.
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viernes, 11 de diciembre de 2009

Pizzería Kamikaze

Es posible que el otro lado no sea la alegría de la huerta, precisamente. Al menos, para los espíritus que hayan acelerado por su propia mano el momento de cruzar el umbral. Por ejemplo, en el relato más largo incluido en Pizzería Kamikaze, del escritor israelí Etgar Keret, al protagonista su nueva barriada de ultratumba le recuerda a una calle de Tel Aviv. Lo cual resulta muy poco estimulante.

Enseguida encuentra empleo como pizzero, un apartamento de alquiler y amiguetes de bares, para tener algo en que entretenerse en sus horas libres. Sin embargo, las cosas no acaban de salirle bien: sigue sin ligar demasiado, por no decir muy poco, igual que antes del suicidio.

Y eso que tampoco es exigente con el aspecto físico: todos en el inframundo tienen el mismo cuerpo del que habían disfrutado hasta entonces, pero añadiendo los efectos del método elegido para cambiar de plano existencial. Los más demandados son los "impecables", gracias a las pastillas o al veneno.
Por la noche encontré un pub, bastante guay por cierto, el Fiambre Bar. Ponen una música que no está nada mal. Puede que no a la última, pero tiene estilo, y muchas tías van allí solas. De algunas puedes saber exactamente cómo acabaron, porque tienen cicatrices en las muñecas y cosas así, pero otras están estupendas. La verdad es que en mi primera noche aquí una me tiró los tejos, una que sí merecía la pena, sólo que tenía la piel un poco floja, suelta, como si hubiera terminado ahogada, pero tenía un cuerpazo diez, y los ojos también. Sin embargo, no me lancé. Para mis adentros me dije que era por Ergá, a la que con todo este asunto de mi muerte no había hecho otra cosa que amar más, pero vete a saber, puede que tan sólo sea un cortao.

Así que, cuando tiene noticia de que su ex-novia también anda por allí, nuestro personaje emprende un viaje por este Hades tan diferente al que esperaba, decidido a recuperar a su verdadero amor. ¿Lo conseguirá? ¿Estará ella interesada en retomar la historia? ¿Qué aventuras "vivirá" entre tanto, con qué otros curiosos vecinos del lugar se habrá de tropezar?
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Yo estuve allí

Nynäshamn, territorio histórico de Södermanland, reino de Suecia. El sol casi se ha puesto. Ellos son cuatro veces más numerosos que nosotros y no conocen el miedo. Traen en su estandarte, en campo de oro, un grifo rampante de sable armado de gules. Estamos rodeados. Sin embargo, contra toda lógica, contra toda esperanza, aún resistimos.


Terrible y desigual batalla es la que se libra en esta Kräftskiva, "fiesta del cangrejo". Celebración típica que consiste en... comer cangrejos. De río, concretamente. Allí me encuentro, llevado por mi destino, en una mesa ocupada por una veintena larga de suecos de ambos sexos y apenas media docena de compatriotas. Las bandejas de crustáceos van circulando, a la par que disminuye el contenido de las botellas de aquavit. Ninguno de los dos bandos quiere ser el primero en doblar la rodilla y pedir clemencia. Los caparazones ya vacíos tiñen poco a poco de rojo el campo del honor.

Se dan ánimos entre sí para aumentar aún más su fuerza. Uno detrás de otro, los normandos se levantan, proponen un brindis y su hueste aplaude y grita estentóreamente ¡Hurra, hurra, hurra! tres veces, a la manera escandinava. A continuación inician un feroz y multitudinario canto coral como respuesta. Junto a cada vaso, en hojas impresas, figuran las letras de las canciones, que surgen de entre sus filas como nubes de saetas.

Por fin, entre mordisco y chupito, su alférez proclama desafiante: ¡Que canten los españoles, que canten, que salgan a la palestra si se atreven! ¡El vencedor quedará dueño del día! Idea que es ovacionada por los demás. Mis compañeros cruzan miradas, confusos, agotados, la sombra de la derrota planea con sus fatales alas sobre nosotros. Framåt, framåt! ¡Adelante!, nos exhortan los seguidores de Odín.

Y es en ese mismo instante cuando siento que unas palabras pugnan por salir de mi pecho. Es en ese preciso momento cuando me pongo en pie y me subo a la silla. Es en esa hora memorable cuando desvelo la cota de armas de mis ancestros, la misma que ya ondeara bajo el rey Ramiro, cuando los barbados vikingos arribaron en sus drakkar de cabeza de dragón...


Lleva nuestro emblema, sobre campo de azur, la Cruz de la Victoria de oro, guarnecida de piedras preciosas, con las letras alfa y omega pendientes de sus brazos. Y la leyenda, también de oro, Hoc signo tvetvr pivs. Hoc signo vincitvr inimicvs. Vencerás al enemigo… Vencerás...

Los ojos de todos brillan. Nacidos en cada esquina del hispánico mapa, nos convertimos sin necesidad de juramentos en hijos adoptivos de la misma tierra astur. Extiendo entonces los brazos desde la cumbre: No flaqueéis, muchachos, al unísono, con un solo corazón, y nos lanzamos.


Y la flor he de coger... Sostenemos tenorilmente la última nota. Al principio, asombrado silencio. De súbito, como una galerna incontenible, apoteosis. Los suecos braman de entusiasmo, las suecas insisten en tener descendencia nuestra, de forma inmediata. Queda sellada por tanto la alianza eterna, imperecedera, entre ambos pueblos. Cuando vuelvo la vista atrás, con la piel erizada, aún puedo vivir aquella jornada gloriosa. Yo estuve allí...
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viernes, 4 de diciembre de 2009

Sangre a borbotones

Madrid, Federación Ibérica de los Estados Unidos, fecha indeterminada de este siglo.
Acodado en el alféizar, veía los veleros amarrados en el puerto y el transbordador de bicicletas que unía Génova con Goya. El Canal Castellana atravesaba la ciudad de norte a sur y ya se había convertido en la principal vía de comunicación entre el centro y el resto de la península. Tambien era un lugar apropiado para depositar a los sabihondos, los entrometidos, los deudores y los bocazas, todos con sus correspondientes zapatos de cemento. La policía lo dragaba cada pocos meses, lo que resolvía aproximadamente la mitad de los casos de desapariciones que teníamos pendientes.

La hija de alguien ha desaparecido, alguien sospecha que su mujer le engaña, el personaje femenino del libro que alguien está escribiendo ha adquirido vida propia y su autor no sabe cómo continuar...

Son casos que llegan a la agencia de investigaciones compartida por Clot y su socio Dickens. Horas bajas para el negocio, de esas en las que un profesional ha de aceptar cualquier encargo.

Aunque alguno puede resultar mucho más peligroso de lo esperado. ¿Qué relación oculta hay entre ellos? Manex Chopeitia, el todopoderoso presidente de Chopeitia Genomics, la empresa cuya sede social es el edificio más alto y mejor protegido del continente, está interesado en que el sabueso no continúe metiendo las narices donde no le llaman.

Sangre a borbotones, de Rafael Reig. Novela negra con solera, de la que se adquiere en barricas de buen roble americano. Atascos de bicicletas en las horas punta, conducidas por los habitantes de una metrópolis hispano-angloparlante. Viviendas adosadas en el subsuelo de Argüelles, con luz artificial y jardines plegables. Muelles de carga en Puerto Atocha. Botes de vela maniobrando en los canales de la Gran Vía. Potentes drogas de diseño en cápsulas verdes... Como tantas otras leyendas urbanas, ¿existe en realidad el Protocolo 47, cierto experimento genético secreto financiado por Telefónica?

Quien quiera averiguarlo, que empiece a leer.
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martes, 1 de diciembre de 2009

Por ella

Aguzadas lanzas y broncíneos escudos se alineaban hollando las arenas, hasta donde las mil ciento ochenta y seis naves habían sido varadas. Los caudillos aqueos, procedentes de Beocia, la Fócide, el Ática, Arcadia, Lacedemonia, al frente de sus huestes, contemplaban cómo el sol se reflejaba en las titánicas murallas.

Cada hombre era consciente de su propia respiración, de cada gota de sudor que corría por su piel. A lo lejos, sobre la torre principal, podían distinguir a una figura que describía a sus acompañantes quiénes eran, cuáles sus méritos y hazañas. Aunque ninguna comparable a lo que estaba sucediendo desde hacía ya nueve años, frente a la inexpugnable ciudad.

Ella. Sólo podía ser ella, la hija de Zeus, la deseada por los mortales. Ella, por quien habían atravesado las profundas aguas, por quien lo habían dejado todo atrás. Ella, la princesa cuyo nombre significa hermosa como el sol.

Ninguno se movía, ninguno era capaz de pronunciar una palabra o de apartar los ojos. Cuando su brazo parecía apuntarles directamente, los héroes se humedecían los labios, presas de un ligero temblor, como si el dios de dioses les hubiera enviado uno de sus rayos.

Su presencia tras los muros les galvanizaba, les empujaba a intentarlo una y otra vez, sin pensar en volver a su tierra, sin temer por su suerte, tan frágil ahora que el Pélida Aquiles les había abandonado, henchido de ira por las afrentas de Agamenón. Sólo Calcas, el augur, murmuraba para sí algo ininteligible.

Las puertas de Troya se abrieron. En la llanura se desplegaron los penachos de los hijos de Ilión. Por el honor, por la gloria... Por ella...



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viernes, 27 de noviembre de 2009

Extrañas rocas del desierto

Lo encontré semienterrado en la arena. Más bien clavado a ella, como una roca que hubiera surgido ahí, en ese mismo sitio, hace millones de años, y ahí fuese a pervivir hasta el fin de los tiempos. Pero había sido hecho por el hombre. Sus bordes redondeados, la pátina de su superficie, su tacto cuando toqué las letras grabadas, así lo demostraban.

Probablemente se utilizaba como asiento, al abrigo del muro levantado a su espalda. ¿Qué estrellas se verían desde él por la noche, en el desierto? Quienes extrajeron el metal de la tierra, quienes lo fundieron, lo laminaron, le dieron forma cilíndrica y escribieron palabras de aviso, no tuvieron ese pensamiento en la cabeza. Innumerables hermanos suyos se habrían alineado en la cadena de montaje, y los tiempos no estaban, de todas maneras, para ese tipo de tonterías.

Doscientos litros de carburante. Inflamable. Wehrmacht, 1942. Ecos de cadenas deslizándose, movidas por sedientos y rugientes motores diésel, humo, gritos, explosiones. Ahora, en algún lugar del norte de África, junto al viejo bidón para alimentar las ansias de los carros de combate, calma. Silencio...



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lunes, 23 de noviembre de 2009

Sirenas

Me llamaba, podía sentir su voz.

Un paso tras otro, un latido tras otro, me fui acercando.

Carcajadas sin rostro caminaban tras de mí, pero yo no les prestaba atención.

Llegué al borde del mundo. El sol agonizaba.

Un breve albor rodeado de oscuridad, un súbito vacío de mi corazón, y sería suyo. Para siempre.

He oído decir a los viejos marinos que no soy el primero, que sólo los huesos de los ahogados son ya inmunes a esa llamada.

A la llamada de una sirena.



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sábado, 21 de noviembre de 2009

Cuentos de un minuto

Venga, rapidito. Hoy tenemos por aquí a István Örkény y sus Cuentos de un minuto.
Movimiento revolucionario en Paraguay.
En Asunción, la capital del país, la división blindada número 3, considerando insuficiente su paga, se presentó frente al palacio presidencial. Después de un breve tiroteo echaron a López Burillo, el presidente de derechas, amigo de los Estados Unidos, de tendencias reaccionarias, y colocaron en su lugar a Aurelio Lapaz, de tendencias progresistas. Al cierre de nuestra edición, la población de la ciudad celebra con un desfile de antorchas la nueva derrota de la reacción en América del Sur.

Nuevo movimiento revolucionario en Paraguay.
Las fuerzas aéreas paraguayas que reclaman su paga, lanzaron un batallón de paracaidistas en el jardín del palacio presidencial. Después de un breve tiroteo lograron echar a Aurelio Lapaz, el presidente amigo de Estados Unidos, de tendencias derechistas, el cual apenas ocupó el cargo por tres cuartos de hora. El nuevo presidente es López Burillo, de pensamiento progresista, cuyo triunfo los habitantes de Asunción celebran con un desfile de antorchas, el cual continúa en el momento de cierre de esta edición.

Los relatos cortos son un subgénero filoso, que lo mismo puede mostrar las miserias que la habilidad de sus cultivadores. En el espacio de unas pocas páginas, o incluso párrafos, hay que condensar un mundo.

El autor no se puede entretener con preliminares, explicaciones y complejas tramas. Tiene que ir directo al corazón del lector, ¡paf, paf!, y pegarle un par de amistosos sopapos para que abra los ojos, sorprendido.

Pues bien, Örkény sale más que airoso del reto. Esta recopilación es una buena muestra de su sentido del humor, expresado a través de un lenguaje que juega con lo absurdo, con la ironía, los dobles sentidos, seguramente influido por la prohibición de publicar que sufrió por parte de las autoridades tras la revolución del 56.

Una obra a disfrutar.
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jueves, 12 de noviembre de 2009

El tiempo arrebatado

El convoy situado en la vía hizo sonar un pitido. Iba a partir.

Los pasajeros que transbordaban desde la otra línea echaron a correr, desesperados por salvar el tramo de escaleras y alcanzarlo.

Trajes, vaqueros, tacones, zapatillas, bolsas con ordenadores portátiles, con monos de faena, carpetas llenas de apuntes...

En cada cara se veía la misma ansia: Tengo que llegar, tengo que extender el brazo y cruzar la meta. Allí hay asientos libres. Fuera de mi camino vosotros, yo lo conseguiré, yo...

La carrera, esquivándose a duras penas unos a otros, fue en vano. Todos vieron cómo se perdía su oportunidad cuando las puertas se cerraron.

Fue un momento de frustración, de imprecaciones silenciosas. Derrotados, tuvieron que humillarse ante ese tiempo arrebatado a sus vidas y esperar al próximo metro.

Tres minutos. Cada tres minutos llegaba uno.



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sábado, 7 de noviembre de 2009

La mecánica del corazón

Jack acaba de nacer en Edimburgo, la noche más fría de la historia, en una cabaña sobre la cima del Arthur's Seat. La doctora Madeleine consigue que sobreviva uniendo un reloj de cuco a su aparentemente dañado corazón. Allí le abandona su madre y ese será el hogar en el que crezca, entre redomas y objetos llenos de magia, bajo la tutela de su salvadora y en compañía de Anna y Luna, dos prostitutas, y Arthur, un viejo borrachín.

No es nada fácil ser diferente, con esas agujas que sobresalen de su pecho, ese sonido que surge de dentro, esos engranajes a los que hay que dar cuerda cada día. No, hay pocas cosas que jueguen a su favor. Sin embargo, el pequeño Jack quiere ser como los demás, no desea quedarse encerrado sin ver el mundo, y convence a la doctora para que le lleve un día a visitar la ciudad.

Ay, ¿quién es esa criatura que baila en la calle? ¿De quién es esa voz que canta, acelerando de forma tan evidente la maquinaria de su reloj? Lleva un vestido de plumas de ave, su cabello es largo y ondulado, su nariz chiquitilla y sus ojos inmensos, aunque los guiñe por no ponerse las gafas, que le serían muy útiles para no tropezar. Miss Acacia...
Mi corazón sigue acelerado, me cuesta retomar el aliento. Tengo la impresión de que el reloj se hincha y va a salir expulsado por mi garganta. ¿Qué tiene esta muchacha que me provoca estos sentimientos? ¿Está hecha de chocolate? Pero, ¿qué me ocurre?

Que sí, vale, de acuerdo, que después de La mecánica del corazón de Mathias Malzieu, ese cuento para niños grandes, como lo llaman, me comprometo a leer inmediatamente algo que lo compense. Yo qué sé, sobre dinosaurios, rayos láser, combates de boxeo, me da igual. Hasta compraré la prensa económica cada mañana, si es necesario para redimirme. Y sin embargo, aquí entre nosotros, ¡qué bonito!
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jueves, 29 de octubre de 2009

Trenes rigurosamente vigilados

Hoy nos visita Bohumil Hrabal, con su novela Trenes rigurosamente vigilados.
–Milos, mañana tenemos servicio nocturno, otra vez juntos... Por nuestra estación pasará un tren de carga compuesto por veintiocho vagones de munición, la llevan en vagones abiertos, pasará por nuestra estación a las dos de la mañana. Y entre nuestra estación y la siguiente no hay montes ni edificios... Todo ese tren podría volar y volar y el universo correría con los gastos...
–Estaría bien, señor factor, estaría bien, pero, ¿con qué?
–Nos llegará a tiempo todo lo necesario...
–¿Dónde está el tren?
–Mañana sale de Trebíc.
–Así que ahora vamos a ser nosotros los que vigilemos rigurosamente a un transporte militar, ¿verdad? –sonreí y el cobertizo se oscureció durante un momento.
Y es que la bandada de palomas polacas había pasado volando junto a la ventana.

El protagonista, Milos, se reincorpora al servicio ferroviario después de una temporada bajo observación psiquiátrica. Tiene novia, la revisora Mása, pero su primera experiencia íntima fue un desastre debido a que "se quedó mustio como un lirio", lo cual le condujo a un frustrado intento de suicidio.

No sufre el mismo problema su compañero de trabajo, el factor Hubicka, como demuestra en colaboración con la radiotelegrafista Zdenka, a quien estampa en el trasero los entintados sellos de la estación. El asunto trasciende, llega a altas instancias y, dado que se trata de sellos oficiales, el mismísimo director de los ferrocarriles del Estado crea una comisión para examinar el "cuerpo del delito", tomando las pertinentes fotografías.

Por su parte, el jefe del lugar, colombófilo empedernido que anda de aquí para allá cubierto de palomas, teme que los escándalos de su subordinado perjudiquen sus posibilidades de ascenso a inspector. También debe atender a cualquier maniobra en falso con las agujas que retrase en lo más mínimo la marcha de los trenes militares alemanes hacia el frente, ya que podría ser considerado como acto de sabotaje por los poco simpáticos SS que los escoltan.

Y finalmente entra en juego la Resistencia checa.

Tragicómica, con el ominoso escenario de las desgracias de la guerra planeando en todo momento sobre sus inolvidables personajes, pero con un humor no menos omnipresente, mi impresión es entusiasta: se trata de una obra extraordinaria. ¿Para qué decir más? Así que no olvidéis meter a Hrabal en vuestro equipaje.

Hasta pronto, ¡viajeros al tren!
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sábado, 17 de octubre de 2009

El beso

Extrañamente me crucé con pocas personas en la escalera, y apenas con dos o tres en esa habitación.

En determinado momento me quedé solo, no podía creerlo. Incluso el vigilante había desaparecido de su esquina, dirigiéndose hacia la sala contigua.

Solo con ellos, frente a frente.

Él sostenía su cabeza, rodeándola con ternura, en contraste con el cuerpo poderoso que se adivinaba bajo la túnica de oro.

Ella, arrodillada sobre la hierba y las flores, correspondía al abrazo, ofreciéndole además su mejilla.

Él posaba allí sus ocultos labios.

Ella cerraba los ojos y, en ese instante, el tiempo se detenía.

Una voz desde la puerta avisó de que el museo cerraría en diez minutos. Miré el reloj.

Diez minutos... Una eternidad...


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miércoles, 14 de octubre de 2009

En tierras bajas

Herta Müller, Premio Nobel. Ah, pues he leído un par de cosas suyas. Por ejemplo, En tierras bajas.
Miré mis manos. Yacían como cercenadas en el alféizar de la ventana, frente a mí, totalmente inmóviles. Las uñas estaban otra vez sucias. Olí una de mis manos y no pude determinar qué olor era. La mugre no tenía olor, y mi piel tampoco.

Moví los dedos como si estuvieran muy fríos. Quisieron caerse al suelo, pero yo permanecí sentada en la silla, recta como un huso.

El lazo rojo estaba junto a la pata de la mesa. Lo recogí y lo puse en el alféizar. Volví a cogerlo en mi mano y apreté el puño. Cuando abrí la mano, tenía la piel muy arrugada y sudada, y el lazo estaba húmedo y ovillado. Me limpié las uñas con una horquilla de alambre y vi lo chatas y anchas que eran.

Papá estaba enfrascado en su periódico. Detrás de la pared, la radio del abuelo hablaba sobre Adenauer. Mamá estaba sentada detrás de un paño blanco. La aguja subía y bajaba entre su frente y sus rodillas. Papá y mamá hablaban, una vez más, muy poco, y la mayor parte de ese poco versaba sobre la vaca y el dinero. Durante el día trabajaban y no se veían, por la noche dormían espalda contra espalda y tampoco se veían.

¿Una sola palabra para clasificarlo? Hum, una no es suficiente, elijamos tres: raro, raro, raro.

Se trata de una quincena de relatos en los que en vano buscamos una línea, un inicio de la trama, un desarrollo, un desenlace. No, son como un inmenso lienzo con multitud de escenas, que la autora va describiendo centímetro a centímetro.

Los personajes, muchas veces sin nombre propio (mamá, papá, el abuelo...), son descendientes de colonos medievales suabos que se establecieron en la actual Rumanía, en poblaciones endogámicas, sin capacidad para sustraerse a la grisura existencial.

Ahora bien, en ausencia de un argumento concreto, de un "contar algo", lo que no se le puede reprochar a nuestra autora es falta de recursos lingüísticos, ya que despliega una apabullante capacidad para llenar páginas y más páginas hasta que considera que el cuadro está completo.

De hecho, consigue que esas mil escenas no se repitan por mucho que todas hablen de lo mismo, que todas compartan el contenido de angustia e inevitabilidad del destino. Y, con la fuerza moral que le da el galardón, si habiendo alcanzado la mitad del libro empieza a notarse cierto deseo de terminar... habrá que achacarlo a la poca paciencia del lector.

A ver quién gana el año que viene.
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lunes, 12 de octubre de 2009

Khajuraho

Hilera tras hilera, paseé la vista por los altorrelieves que cubren los templos de Khajuraho.

El complejo es especialmente famoso por las escenas eróticas, talladas alrededor del año 1000 de nuestra era. Aunque algunas me parecieron un tanto complejas de llevar a la práctica, la verdad. Por lo de la flexibilidad y eso.

Me fijé asimismo en otras figuras: dromedarios, caballos, elefantes, innumerables guerreros de a pie que mostraban la potencia del ejército de aquel reino.

Avanzaban con apariencia imparable, si bien un detalle me llamó la atención: en lugar de expresiones marciales, las caras de felicidad eran la tónica general. ¿Realmente habían estado todos tan contentos de ser llamados a filas?

Lo entendí algo mejor al observar que uno de los pétreos soldados se aferraba a la grupa de un caballo y… Pues debía de ser yegua alazana, al fin y al cabo.

Con la curiosidad a flor de piel ante tanta liberalidad artística, empecé a cavilar: claro, durante las campañas los pobres mílites se sentían muy solos. Lejos de sus casas, cada día marcha que te marcha, de alguna manera tenían que dar salida a sus viriles impulsos.

Parece que los de caballería tenían soluciones para ello. Puede que los de infantería también, ya que caminaban muy pegaditos a sus compañeros, en apretadas cohortes. Pero, ¿y las tropas de elefantería? ¿Cómo...?

Atendiendo a las sonrisas que mostraban incluso los grandes paquidermos, algún modo habían hallado.



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viernes, 9 de octubre de 2009

El último libro

El avión estaba ya a pocos metros del suelo.

Cerré el libro.

De repente, el piloto metió gas a fondo. La aceleración nos empujó fuertemente hacia el respaldo.

Una voz por el interfono nos comunicó que, debido a la tormenta, daríamos unas cuantas vueltas más.

Abrí el libro.

Flaps otra vez en posición, superficie alar extendida, segundo intento.

Cerré el libro.

Me disponía a buscar en el bolsillo un caramelo cuando el libro, que se encontraba sobre mis rodillas, pareció cobrar vida y apareció a la altura de mis ojos. De hecho, la fuerza de la gravedad experimentó una súbita inversión.

Durante un par de segundos, el tomo (tapa dura, trescientas y pico páginas) estuvo flotando frente a mí, cual ágil pajarillo.

¿Y por qué esa sensación de que mi cuerpo también peleaba por escapar del cinturón de seguridad, en dirección al techo de la cabina? ¿Y ese sabor a higadillos que apareció en el paladar?

El coro de chillidos alrededor, un si bemol agudo al unísono, le puso más guindilla al asunto.

Nuevamente una voz surgió de los altavoces: mejor nos íbamos a otro aeropuerto a esperar a que la naturaleza atemperase su malhumor.

Abrí el libro.



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sábado, 3 de octubre de 2009

El fuego

¿Por qué una niña africana no habría de correr y saltar junto al camino que lleva a su poblado, pese a las advertencias de los mayores sobre el peligro? ¿No haría lo mismo cualquier niño del mundo?

Cuando crezca, ¿tendrá acaso algo de raro que se fije en ese chico que pasa regularmente cerca de su cabaña, a la luz de la luna? ¿Sería su mezcla de temor y esperanza hacia él diferente si viviera en un barrio elegante?

Y cuando, recién nacida su tercera hija, empiece a notar cosas raras en el comportamiento de su marido, como si hubiera perdido el interés en ella, ¿no se angustiará de que quizá haya encontrado a otra más atractiva, alguien con un hermoso cabello trenzado, alguien... con piernas?
–¿Qué haces? –dijo María, que estaba en el camino, justo a su lado.
–Nada –dijo Sofía–. Juego.
Saltó con el pie izquierdo.
Luego bajó el pie derecho para dar un paso hasta el camino otra vez.
Entonces el suelo explotó en pedazos.

La trilogía del fuego (El secreto del fuego, Jugar con fuego y La ira del fuego), de Henning Mankell, es mucho menos conocida que su serie sobre el inspector Wallander.

El mismo autor aclara que está basada en una persona real, que Sofía, la protagonista, es de carne y hueso, y que un día, cuando era pequeña, pisó una mina.

Tuvo suerte, sin duda, porque la hermana que jugaba junto a ella no sobrevivió. A cambio, dejó en ofrenda parte de su cuerpo. Y tuvo que aprender que el miedo es un compañero inseparable del ser humano.

Al igual que lo es el espíritu de desafío, y en las escaramuzas diarias entre ambos lo que está en juego es tan sencillo, y tan complicado a la vez, como una búsqueda: la búsqueda de la felicidad.
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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las tinieblas

En Las tinieblas, de Leonid Andréyev, Liuba consigue hacer que se tambalee la existencia de su obligado cliente ocasional, Alexéi.
–Pero, ¿por qué eres tan bueno? –preguntó la muchacha con un deje irónico.
Pero él, sin comprender la ironía, respondió seriamente:
–No lo sé. Probablemente porque he nacido así.
–Pues bien, yo he nacido mala. Y, sin embargo, los dos hemos venido al mundo de la misma manera, con la cabeza para adelante. ¿Qué tienes que decir a eso?
Sumido en sus reflexiones, él no prestó atención a aquellas palabras. Examinando el fondo de su alma, todo su pasado, que veía ahora con tanta claridad en toda su simplicidad y en todo su heroísmo, continuó:
–Ya ves, tengo veintiséis años, mis cabellos empiezan a encanecer y, sin embargo, hasta aquí... –Buscaba palabras, pero acabó su pensamiento con firmeza, aun con orgullo–: Hasta aquí no he conocido mujeres. Pero en absoluto, ¿entiendes? Tú, tú eres la primera mujer que he visto de esa manera. Y para decirte la verdad, me da un poco de vergüenza mirar tus brazos desnudos...
La música llenó de nuevo toda la casa, y el suelo temblaba bajo los pies de los que danzaban. En el salón, alguien, probablemente borracho, gritaba muy fuerte, como si condujera un tropel de caballos furiosos. Pero en el cuarto de Liuba reinaba un silencio melancólico. En la nebulosidad rosácea se percibían pequeñas volutas de humo de cigarrillo.

Él es un revolucionario en la Rusia de los zares, que en breve va a arrojar una bomba. Pero con el aliento de la policía en el cogote, rodeado de espías y confidentes, necesita descansar unas horas en lugar seguro si no quiere fracasar en su misión. Para ello se le ocurre entrar en una casa de lenocinio, alquilar los servicios de una de las chicas y utilizar la cama de forma poco convencional: para dormir.

Su desventura llegará al elegir a Liuba, que se revela como una criatura bastante rara, con carácter y reacciones peculiares, y que busca a alguien "bueno" como meta vital. ¿Será él el esperado, con su revólver en el bolsillo y que nunca ha catado labios de mujer? ¿Qué efectos tendrá en ambos ese encuentro?

Mordaz y desesperanzado, Las tinieblas entra sin problemas en la categoría de recomendable.
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domingo, 27 de septiembre de 2009

Amatenango del Valle

Nuestro guía en Chiapas, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, hacía numerosos comentarios sobre la historia, la geografía y la sociedad de la zona. Ciertamente se trata de un destino muy interesante, una muestra de los contrastes que tanto la naturaleza como la mano del hombre ofrecen en este país norteamericano.

Después de un día visitando parajes pintorescos, nos detuvimos en un pueblecito donde varias indígenas tzeltales ofrecían muestras de artesanía alfarera. El profesor inició una disertación sobre las costumbres de esa comunidad, tradicionalmente poco conectada con la "civilización". La falta de infraestructuras, la falta de desarrollo, la falta de interés del Gobierno, etc., etc. Y de repente sonó un teléfono móvil, una de las vendedoras echó mano a los pliegues de su ropa y extrajo un modelo de última generación.

Nuestro cicerone abrió mucho los ojos, mientras el pequeño grupo de viajeros permanecíamos a su alrededor en un silencio ligeramente escéptico. «No se lo van a creer en el Departamento de Antropología, no se lo van a creer», musitó al fin.

Y es que el mundo ya no es lo que era.



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lunes, 21 de septiembre de 2009

Eternidad

Mis ojos siguieron a un pequeño barco que se alejaba de la costa. El cielo era de acero, con jirones de luz intentando romper su cerco, casi exangües. Con cada empuje de las olas, con cada golpe de respiración de la marea, las aguas componían su mensaje sonoro, siempre el mismo, siempre diferente. Notas primigenias, acordes eternos, como aquellos que duermen ocultos dentro de nosotros, procedentes de lo que no es memoria, de lo que en algún momento no fue aún conciencia de existir, pero tampoco la nada. Como la música que debimos de escuchar nada más nacer, y quizá volveremos a hacerlo en nuestro viaje de retorno…



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jueves, 17 de septiembre de 2009

Piratas

Al amparo de la sorpresa, el Zephyr se aproximó por la popa del buque anclado. Ni un centinela sobre las vergas, qué imprudentes. Quizá alguien dormitara en el sollado, reponiéndose de la mar gruesa de la noche anterior.

Nosotros, sin embargo, teníamos los ojos bien abiertos ante el apetitoso botín. Agarrados a las jarcias, nos girábamos de hito en hito hacia el capitán, que manejaba con pericia el timón.

Yo me adelanté hasta el bauprés, donde la bandera del cráneo y las tibias mostraba claramente nuestras intenciones. Me humedecí los labios, sabían a salitre y a ansiedad.

El viento nos impulsaba con fuerza, tanto, que a una orden del segundo media docena de brazos se dispusieron a recoger trapo. No deseábamos encallar en algún bajío o arriesgarnos a colisionar contra el casco cada vez más cercano.

Un navío francés: los colores de Saint-Malo ondeaban en lo alto de su mástil. Hasta el graznar de las gaviotas se me asemejaba ya al tintineante sonido de las piezas de a ocho. Faltaban sólo unos segundos para poder disparar, sólo unos segundos... Ahora, ahora, ¡AHORA!

El cabeceo del bergantín hacía difícil encuadrar con pulso firme, pero confié en mi buena estrella cuando apreté el botón. El obturador de la cámara se abrió y cerró con un chasquido.

Esa noche me acosté en la estrecha litera, abrí el ojo de buey y, al agradable frescor que entraba en la cabina, me quedé dormido. Debía estar descansado para nuevas correrías.



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viernes, 11 de septiembre de 2009

La niña

Me pregunta una compañera de trabajo: ¿A ti no te he contado lo de la niña de la habitación? No sé… Pues que mi hijo ve a una niña en la habitación de casa. Ajá. Y si le preguntamos dónde está, señala en una dirección y contesta: ahí. Pero ahí no hay nadie. La amiga invisible, vamos. Una vez estaba dándole de comer y dijo que había venido la niña, imagina qué salto pegué. Lo imagino. Porque cuando empezó, tenía el crío dos años, a esa edad no se puede mentir. Seguro que no. Mi marido tomó una foto y se veían unos círculos luminosos, como si se hubiera reflejado una ventana o el espejo del armario. Me los estás poniendo de corbata. Y si le enseñas libros de Disney con dibujos, también habla de ella. En concreto, si sale el hada de Pinocho, con sus alitas y su vestido azul. ¡La niña, la niña!, exclama enseguida. ¿El hada de…? Bueno, mientras no nos haga nada a ninguno de los tres, a mí me da igual. ¿Tú que piensas? Mira, sólo un consejo, por si acaso. En caso de duda, nunca, nunca vayas hacia la luz…



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sábado, 5 de septiembre de 2009

La mujer de la arena

El argumento de La mujer de la arena, del japonés Kôbô Abe, es originalísimo.
Al parecer, la mujer percibió el estado emocional del hombre. Dejó de ajustarse el pantalón, y el extremo del cordel que había desatado cayó blandamente entre sus manos. Lo miró desde abajo con ojos de liebre; el parecido estaba no sólo en el modo de mirar, sino también en los párpados enrojecidos. El hombre le devolvió una mirada en la que el tiempo se había detenido. Un olor punzante, como de ternilla hervida, rodeó a la mujer.

Un profesor de escuela, aficionado a la entomología, va de excursión en busca de nuevos insectos. Al llegar a un pueblo de pescadores, estos le convencen para pernoctar en la casa de una joven viuda, situada en una depresión del terreno rodeada por dunas.

Al amanecer, cuando desea marcharse, ve con sorpresa que la única manera de hacerlo es con escalas de cuerda lanzadas desde el exterior, pero ni los vecinos ni la anfitriona están dispuestos a ayudarle. Es necesario que alguien trabaje junto a ella para mantener a raya a la arena, cavando sin descanso, jornada tras jornada, si quieren que el pueblo no desaparezca tragado por su avance. Es necesario un hombre para la mujer de la arena.

Para el profesor, lo que ocurre no tiene sentido. Él no desea quedarse ahí prisionero, tiene su vida en la ciudad, su familia, su trabajo… Por otro lado, no puede evitar la progresiva atracción por su nueva compañera, y el calor que señorea el lugar, así como el fino polvillo que se pega continuamente a sus cuerpos, contribuyen a perturbar cada vez más sus sentidos. ¿Se rebelará? ¿Intentará escapar como sea de la casa? ¿Se plegará a la situación?

Gran novela, sin duda, de las que se recuerdan, de las que gusta regalar, con una poderosa carga simbólica a la vez que un hermoso –y sensual– lenguaje. Y por hoy, ya está. Hasta pronto.
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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fraternidad

En los servicios de caballeros se dan a veces situaciones de las que tampoco desvelaré demasiado, por no traicionar en público los misterios propios de mi sexo. En todo caso, una de las características de estos espacios es el imperio de la democracia.

Todos puestos en fila, de cara a la pared, sin favoritismos, con igualdad absoluta inter pares. Si hay cola (si hay más personas que puestos libres, quiero decir), se espera por exquisito orden de llegada, se saluda a los compañeros de derecha e izquierda con versallesca cortesía y se fija la mirada en un punto indefinido que nos empuje a la meditación, al desprendimiento de lo superfluo, al nirvana.

Porque despojados temporalmente de galones, del estatus social, de las diferentes vías del tren por las que se conducen nuestras vidas, ¿qué nos queda en ese preciso momento? En los servicios, ¿no estamos todos hechos de la misma pasta? Altos o bajos, gordos o delgados, triunfadores o escritores de blog, ¿no buscamos básicamente igual meta, descubrir nuestro lugar en el ignoto plan de la existencia? Es entonces cuando desearíamos abrazar a nuestros hermanos, fundirnos en un canto general, hacernos uno con el universo...

Por desgracia, a los pocos segundos creemos tener algo importante entre manos, dejamos pasar la oportunidad y caemos de nuevo en lo material. El ruido huracanado del secador anclado a la pared termina de borrar aquellas buenas vibraciones.



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domingo, 30 de agosto de 2009

Los orígenes

Me viene a las mientes que no conozco las crónicas familiares más allá de los abuelos. ¿De donde vendrá la prosapia de mi linaje, la hidalguía de mi estirpe, la nobleza de mi sangre? ¿O no tengo de eso? Nada, nada, no me puedo quedar con la duda, voy a ver qué encuentro en Internet sobre mis apellidos.

Veamos: aquí leo que el primero es de etimología prerromana, toma ya. Y sus primeras referencias modernas surgen en la Navarra de los siglos VIII-IX, de donde pasó a Asturias, León y Castilla, antes de desparramarse por todo el orbe. Pues me imagino a mi ancestro como un tipo con barba y bigotones, escaso conocimiento de los baños, polainas de piel de lobo y espadón en ristre. Le tiene el ojo echado a mi tataratataratatarabuela, una tal Cunigunda...

Para el segundo apellido, el heredado por vía materna, hay discusión sobre si es de origen catalán o gallego. Pero vamos, lo importante es la cota de armas con azur, sable y gules, que nadie piense que acabamos de bajarnos del árbol. Quien defiende la primera propuesta, la catalanidad, indica que uno de sus miembros recibió el título de ciudadano honrado en Gerona. Ese debía de ser el de mi familia, ese. Aunque a poco que su época se pareciera a la nuestra, darle tal premio debía de ser como motejarle de tonto del pueblo.

El tercero es interesantísimo. ¿Pues no dice, de acuerdo con ciertas versiones, que desciende de la realeza? De Alfonso IX de León, sin ir más lejos. Parece que no se llevaba bien con su primo, el rey de Castilla, y por eso no compareció en las Navas de Tolosa. Sin embargo, reconquistó Extremadura él solito (bueno, en realidad iba detrás de la hueste, que las armaduras pesan de lo lindo y cuesta mucho correr con ellas). ¿Será verdad que es antepasado mío? Estoy pensando en reclamar mis legítimos derechos, qué caramba.

Y por fin, el cuarto apellido es asturiano por arriba y por abajo, por delante y por detrás. Según un manuscrito, trescientos miembros de la familia estuvieron en Covadonga. Andarían en el pomar recogiendo manzanas y de repente vieron llegar a la morisma, a quienes sus costumbres no les permiten beber sidra ni catar el chorizo de jabalí. De manera que pensaron: hala, a la batalla, que tocaduras de gaita las justas.

Total, que si alguna vez llego a tener descendientes que continuaran la saga, que sepan que tienen que bañarse a menudo, porque ya no son los tiempos en que nació el primer apellido. Que no deben sablear nunca a nadie, para hacer honor al segundo. Que tengan en cuenta la opción de Urraca o Berenguela para nombrar a mi hipotética nieta, recordando al tercero. Y por el cuarto, ¡puxa Asturies!



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domingo, 23 de agosto de 2009

Jet lag

Insomne, contemplo desde mi ventana los puntos de luz. Quizá haya otros, otros como yo, sujetos con las cadenas de la noche, que intentan cerrar los ojos sin tregua. Debilitados, consumen sus últimas energías en pensamientos que anhelan no existir, que desearían fundirse con la negrura, la liberación del olvido. Pero nada ocurre, nada ni nadie viene en nuestra ayuda. Junto a mí, ellos os velan.




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martes, 4 de agosto de 2009

Aviadores

Cuando se sobrevuela Londres se gana una perspectiva que corrobora con creces la obtenida al caminar por sus calles y avenidas: es una ciudad grandísima, inmensa. Se extiende hasta donde la vista alcanza, durante un largo rato antes de que el avión ascienda y se aleje definitivamente. Más o menos, esa debía de ser la misma impresión que se llevara un piloto alemán hace unos setenta años. Y no precisamente de Lufthansa.

Aviadores, de Ian Kershaw, relata la odisea de un puñado de norteamericanos que, contraviniendo las leyes de su país, se alistaron en la RAF en 1940. Caballeros del aire, como indica el subtítulo de la obra. Cada uno tenía un pasado diferente, pero algo fundamental en común: la intuición de lo mucho que se jugaba el mundo en ese envite. Por eso consiguieron alcanzar Canadá y de ahí dieron el salto al viejo continente, donde se les asignó a una escuadrilla de los míticos Spitfires.
Pasaban cinco minutos de las dos y media de la tarde. En el búnker de Uxbridge, Winston Churchill se dio cuenta de que Park estaba inmóvil, más tenso que de costumbre. El motivo quedó claro cuando el primer ministro miró a la pared cubierta de bombillas. Todas estaban rojas, lo cual indicaba que en aquellos momentos la totalidad del Mando de Cazas estaba combatiendo.
–¿Qué reservas nos quedan? –preguntó Churchill.
Park se dio la vuelta.
–Ninguna.

La obra, con muy buen pulso narrativo, utiliza fuentes originales como los recuerdos y testimonios de quienes les conocieron, pues de todos ellos apenas uno alcanzó indemne el final de la guerra. En tono de admiración, sin por ello perder el rigor histórico, quedan recogidas las biografías de cada piloto y las acciones en las que se vieron envueltos, trazando en conjunto un vívido fresco de ese momento en el que, con las famosas palabras de Churchill, «Nunca en la historia de los conflictos humanos, tantos debieron tanto a tan pocos».
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miércoles, 29 de julio de 2009

El aciago demiurgo

El aciago demiurgo, de Emil Cioran, es un libro capaz de dejar marca. Un libro que conviene retomar en diferentes etapas de nuestro camino, buscar fragmentos anteriormente subrayados y volver a contemplarlos después de los años, de manera que el bagaje de las pequeñas y grandes cosas vividas nos haya preparado para afrontar el pesimismo existencial de su autor.
Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o cálculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto en ningún plan divino. No hay modo de ver qué lugar ocupa entre los seres, ni siquiera si es uno de ellos. ¿Será acaso un fantasma?

Se estructura esta obra en seis capítulos. El primero, que da nombre al conjunto, es un ensayo acerca del pretendido creador del mundo. En caso de tratarse de un ente divino, no podría ser bondadoso. Más bien hablaríamos de un demiurgo malvado, aciago, cuyas pulsaciones aún subyacen en sus criaturas.

A continuación, Los nuevos dioses reflexiona sobre la expansión del cristianismo y el inevitable eclipse de los dioses griegos y romanos.

Paleontología, la tercera parte, es difícil de explicar. Está construida a partir de los huesos, del esqueleto en contraposición a la carne, como metáfora de la desnudez última de cada ser.

Más tarde, en Encuentros con el suicidio, se dedica Cioran a monologar sobre esta idea, una constante en su pensamiento filosófico.

El no liberado es otro apartado complejo. Toca ideas variadas, incluso sin relación aparente, más allá de su génesis en el interior de un espíritu atormentado.

Y finalmente, un conjunto de aforismos, Pensamientos estrangulados, ácidos, provocadores, brillantes,... tristes.
Esos momentos en que se desea estar absolutamente solo porque se está seguro de que, cara a cara con uno mismo, se será capaz de encontrar verdades raras, únicas, inauditas; después la decepción y pronto la amargura, cuando se descubre que de esa soledad finalmente alcanzada nada sale, nada podía salir.
El aciago demiurgo puede provocar fascinación. Si contuviera un atisbo de la verdad, si estuviéramos de alguna manera predestinados a cometer nuestros actos, si lo que creemos libre albedrío se encontrara realmente tan limitado, y si a pesar de su escasez hiciéramos uso sistemático de él para la destrucción, entonces, ¿cuál sería nuestra sustancia, nuestro papel en el orden del universo? ¿El de marionetas? ¿Esclavos? ¿Virus?
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jueves, 23 de julio de 2009

Atlas descrito por el cielo

Si nos referimos a comunidades de vecinos heterodoxas, una para echar a comer aparte sería la de Atlas descrito por el cielo, de Goran Petrovic. Reunida en asamblea, decide acometer una obra en el edificio para extrañeza de los transeúntes:
–¡Ea, ustedes! –nos gritó poniéndose de puntillas–. Vecinos, feliz trabajo, ¿adónde van con el techo?
–¡Que la felicidad te acompañe a ti, estamos cambiando su color! –Bógomil señaló justo hacia la cumbre hecha de la bóveda celeste–. Este año nuestro techo va a ser, digámoslo: ¡azul!
El cartero Spíridon se golpeó la frente sin piedad, reprochándose probablemente el no haber comprendido el propósito de tan evidentes obras, así que después de una breve observación se bajó al nivel de los espectadores perplejos.
–¡Gente!, la cosa está clara, ¡ellos están cambiando el techo! –instruyó orgullosamente a quienes ignoraban lo que él supo estando de puntillas–. Antes era rojo, ahora es azul. En lugar de las tejas pusieron el cielo. Ya no hay nada más que ver, pueden irse tranquilamente a sus casas.

Pues sí, son convecinos fuera de lo común quienes viven en este edificio. Herrero, que invita a los demás a visitar sus sueños, especialmente a la hermosa Sasha, por quien suspira. Andrei, agazapado permanentemente tras el sofá de la sala comunal, esperando a que Eta regrese y puedan continuar su juego del escondite. La Silenciosa Tatiana, cuyos cantos congregan sobre ella a ochenta y ocho constelaciones de estrellas, en lugar de las cincuenta y tres que corresponderían según la Unión Astronómica Internacional. Bógomil, a quien su tía Despina visita de tanto en tanto, saliendo del Espejo Septentrional. Esther, con un lunar de granada en el interior del muslo derecho hasta que el malvado actor Augusto se lo roba. Drágor, que recolecta como pasatiempo la Levedad y la Gravedad Elementales. El cartero Spíridon y su ex-colega Aaron Hartman, despedido de Correos por abrir cartas de contenido triste y sustituirlas por otras alegres...

Y como hilo conductor de cada capítulo, la descripción de cuadros, grabados, mapas, incunables y demás obras de arte que reposan en prestigiosas instituciones alrededor del mundo, como la Galería Tretiakov de Moscú, el Museo del Prado de Madrid, el Centro NASA para la Investigación del Espacio de Milwaukee, el Legado Federal de Sueños de París o el Archivo de la Secreta Asociación del Panal Dispersado por Todo el Mundo de la Biblioteca de Babilonia.

Sin más palabras, me despido por hoy. Estoy enrolado en el barco de papel gigante que va a zarpar por el aire, hacia la constelación de Puppis.
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lunes, 20 de julio de 2009

Cuando España "invadió" Escocia

Visitando el Museo Nacional en Edimburgo, llama la atención cómo los escoceses mitifican algunos momentos de su pasado. Especialmente, los garrotazos contra los ingleses. Nombres como Stirling, Bannockburn o Culloden les producen un escalofrío en el espinazo capaz de hacerles olvidar por un momento el whisky. Sólo por un momento.

Pus hay un curioso pasaje de esa historia, y es que un batallón de trescientos españoles desembarcó para apoyar la rebelión contra el rey Jorge I, dando lugar a la denominada Batalla de Glenshiel. Corría el año de 1719 y Felipe V, tan melancólico él, pensó en recuperar algunos de los terrenitos perdidos como consecuencia del Tratado de Utrecht: Milán, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Menorca, Gibraltar... Tal política suponía chocar con los británicos, que por entonces se encontraban entretenidos en sus cosas: las discrepancias entre la nueva casa real de Hannover y la de los Estuardo.

En connivencia con estos últimos, se aparejó una flota destinada al sur de Inglaterra, pero la tormenta de turno desbandó los buques. Por el extremo contrario, el norte, dos solitarias fragatas dejaron en tierra a esos trescientos soldados, cuya misión era levantar a los clanes. Sin embargo, el número de voluntarios que se presentaron fue más bien escaso, de manera que un retén quedó guardando el castillo de Eilean Donan y el resto de la tropa salió hacia Inverness.

Poco después, la armada inglesa, que andaba con la mosca detrás de la oreja, apareció por la zona. Tras los cañonazos de rigor capturaron la vieja fortaleza e hicieron prisioneros a sus defensores. Y los hispano-escoceses del cuerpo principal acabaron topándose con una fuerza contraria de granaderos, dragones y demás tipos con pelucas empolvadas, en las colinas de Glenshiel.

¡Pum!, ¡zas!, ¡raca!, ¡tarariiií!, ¡toma!, ¡cagüen!, ya la tenemos montada en lo que desde entonces se llama Peak of the Spaniards. Después de un rato, las milicias jacobitas, algo desorganizadas, empezaron a retroceder. Según parece, habían herido al jefe del clan MacGregor. Los Rodríguez, López y Menéndez se vieron finalmente solos, por lo que, sobrepasados en número, solicitaron el armisticio. Confinados los supervivientes en Edimburgo, se les repatrió unos meses después, tras alcanzarse el acuerdo entre los respectivos gobiernos.

¿Y quién se supone que era ese jefe de los MacGregor, que tuvo la mala pata de que le hicieran pupa y sus hombres se retiraran? Cuentan que su nombre completo era Robert Roy MacGregor. O lo que es lo mismo, de acuerdo con la historia-leyenda, Rob Roy.

Mar sin leat, que en gaélico significa adiós.



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martes, 14 de julio de 2009

Los vikingos

Los vikingos tienen fama de gamberros, es cierto, pero en nuestro idioma no consta su nombre como insulto, al contrario que el de otros pueblos como los vándalos o los cafres.

Y eso que desembarcaron varias veces en las costas astures y gallegas. Lo que pasa es que aquí los aborígenes tampoco eran muy finolis en el trato social, y les quemaban los barcos a la menor ocasión.

Así que siguieron camino por Portugal, haciendo fonda en Lisboa, y no olvidaron remontar el Guadalquivir para visitar Sevilla.

Más tarde volvieron a subir con prisas y llegaron a Pamplona, donde capturaron al rey García I Íñiguez, que tuvo que pagar rescate. Pero es inverosímil que se inaugurase así la costumbre de correr delante de los astados, ya que los cascos vikingos en realidad no llevaban cuernos.
A pesar del impacto psíquico inmediato, indudable y traumático, que causaron sobre los monjes, la «Edad de los vikingos» empezó lentamente y con muchas cautelas: una primera fase de aproximación, de unos cincuenta años, antes de que se iniciasen los asaltos más poderosos, sistemáticos y bien coordinados hacia el oeste. Dejando aparte los esfuerzos de los suecos en Rusia, el principal impulso procedió primero del norte, desde Noruega a las Órcadas y las Hébridas, y desde estas a Irlanda y el noroeste de Inglaterra; y, un poco más tarde, del sur, desde Dinamarca a los Países Bajos y desde allí al norte de Francia y el sudeste de Inglaterra. Los dos brazos de la tenaza toparon, según los indicios, en Dublín (851), Northumbria (868) y Cotentin, en términos moderadamente «amistosos».

Los vikingos, de Paddy Griffith, podría ser un comienzo para aprender sobre su vida y milagros. Aunque tampoco entra a narrar la historia escandivava en detalle, se trata de un estudio bien documentado, con un planteamiento divulgativo, acerca de las razones por las que se construyó a su alrededor el mito de ferocidad y pillaje.

He dejado hidromiel fermentando, hasta luego.
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viernes, 10 de julio de 2009

El último encuentro

Capacidad para no olvidar, para vivir con imágenes de hace tiempo muy frescas en la memoria: en ello se basa la existencia del general. Durante cuarenta y un años y cuarenta y tres días, las jornadas pasan en su castillo al pie de los Cárpatos sin más contacto que el de los sirvientes y su ya nonagenaria niñera, hasta que una mañana recibe una carta. En ella se anuncia la próxima llegada de Konrád, un camarada de su juventud. El general da las instrucciones precisas para que se le reciba con la mayor distinción posible. Siempre ha estado esperando ese momento, esa entrevista cara a cara con la verdad, que para ambos podría suponer El último encuentro.
Una vez pasado el sentimiento de sorpresa, se sentía cansado. Uno se pasa toda la vida preparándose para algo. Primero se enfada. A continuación quiere venganza. Después espera. Él llevaba mucho tiempo esperando. Ya no se acordaba ni siquiera del momento en que el enfado y el deseo de venganza habían dado paso a la espera. El tiempo lo conserva todo, pero todo se vuelve descolorido, como en las fotografías antiguas, fijadas en placas metálicas. La luz y el paso del tiempo desgastan los detalles precisos que caracterizan los rostros fotografiados. Hay que mirar la imagen desde distintos ángulos y buscar la luz apropiada para reconocer el rostro de la persona cuyos rasgos han quedado fijados en el espejo ciego de la placa. De la misma manera se desvanecen en el tiempo todos los recuerdos humanos.

El renacimiento artístico de Sándor Márai tuvo que producirse tras su muerte, después de que le fueran negadas tantas cosas, incluyendo la residencia en su añorada Hungría. Y aunque él ya no pudiera disfrutarlo, su legado quedó como uno de los más extraordinarios del siglo XX.

Este libro es una de sus joyas. Dos hombres, dos inseparables oficiales del imperio, de un mundo que daba sus últimos estertores cuando parecía más brillante que nunca... y una mujer, Krisztina.

Desde el momento en que el general y su exiliado amigo comienzan a rememorar el pasado, la niñez, la adolescencia, el tiempo de los grandes descubrimientos, la incorporación a las responsabilidades adultas, desde el momento en que comienzan a rememorar todo lo que desembocó en aquello, surge una magia que nos circunda y nos penetra, y cuyo resultado es una única reflexión: ¿pero cómo se puede escribir tan bien?
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lunes, 6 de julio de 2009

Tocarnos la cara

Hoy me gustaría recomendar un libro de Belén Gopegui: Tocarnos la cara.
–Necesitamos los espejos, ¿no es así? –preguntó–. Somos igual que bailarines, nos hacen falta para perfeccionar un giro del cuerpo, y, qué le vamos a hacer, la posición del carácter, las facultades, el comportamiento. Aceptadme –dijo– una moraleja: el esfuerzo y los sueños dependen del espejo, por eso hace tiempo que fueron sustituidos por el deseo. La imagen del deseo no choca contra ninguna parte, no tiene límites. Es una enorme valla publicitaria.

Simón rió, quiero decir, su reflejo lo hizo. Él se dio la vuelta con parsimonia dejándonos ver un rostro sosegado. Apagó el foco y regresó a la mesa. Mientras se servía de una botella de vodka, miró a Óscar.

–Un probador –dijo–. Un teatro para que cada cliente pueda ver su fantasía sometida a las leyes de la carne. Igual que bailarines. Algo aprenderán.

–¿Cómo...? –empezó Óscar.

–¿Cómo sabréis lo que hay que hacer? Haber asistido a mis clases puede serviros algo. El resto lo veremos aquí. ¿Y bien?

Un profesor de teatro convence a cuatro alumnos para montar una obra alternativa, El probador, la representación de un espejo de carne y hueso. Ellos aceptan la propuesta como vía de escape de unas vidas cómodas pero en el fondo insatisfactorias.

Poco a poco se van hilvanando sus existencias individuales, los sueños de juventud frustrados, los esfuerzos baldíos, la angustia no confesada de tener que conducirse día a día de manera diferente a como su propio ser les grita, dentro de una sociedad que no permite a sus miembros salirse del papel asignado… Todo confluye en el proyecto teatral, que se convierte así en el clavo al que se agarran. Y cuando fracase, tendrán que volver a empezar.

En las novelas de Gopegui la penetración psicológica, el yo interior de los personajes, presenta siempre una rica paleta de matices... Al menos en las cuatro primeras, porque luego perdió el norte y le salieron panfletos sin valor (esa es mi personal y discutible opinión, evidentemente). Como el título recomendado es el segundo de los suyos, entra dentro de mis favoritos.

Nada más y un saludo a todos.
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jueves, 2 de julio de 2009

Homo Faber

El protagonista de Homo Faber, de Max Frisch, viaja en un avión que se avería y ha de realizar un aterrizaje forzoso en el desierto.
La mera pregunta de cómo he pasado la noche, me pone furioso, porque mis pensamientos están proyectados hacia adelante; estoy acostumbrado a mirar hacia el futuro y no hacia el pasado; a hacer planes. Caricias por la noche, bueno; pero caricias por la mañana me parecen insoportables, y más de tres o cuatro días de vivir con una mujer, francamente, creo que son el principio de la hipocresía. Los sentimientos a primera hora de la mañana, no hay hombre que los resista. Prefiero fregar platos.

Walter Faber es una persona absolutamente racionalista, un ingeniero para quien no cuentan las emociones. De manera que, en vez de angustiarse por su suerte, se limita a jugar al ajedrez a la sombra del aparato mientras espera la llegada del equipo de rescate. Y allí trabará relación con su vecino de asiento, que resulta ser hermano de un amigo de juventud.

En aquella época, la novia de Faber, embarazada, se había negado a casarse con él, debido a su fría reacción cuando le comunicó la noticia. Por el contrario, terminó casándose con el amigo. Tras volver sano y salvo decide visitarle, sólo para encontrarse con su reciente suicidio.

Más tarde conoce a una atrayente joven, a quien propone acompañar hasta Grecia, donde vive su madre. Algo le está ocurriendo, algo que no acierta a explicarse. A pesar de la diferencia de edad incluso piensa en el matrimonio. Y por azares del destino, la madre resulta ser esa antigua novia. ¿De verdad ha tenido su vida hasta ese momento la lógica mecánica y acerada que él tanto adora? ¿Va a tenerla en el futuro? De forma resumida, hasta aquí puedo contar.

Venga, id corriendo a leerlo.
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domingo, 28 de junio de 2009

Groucho y yo

El señor Julius, conocido fuera de su casa como Groucho Marx, escribió en 1972 su autobiografía Groucho y yo. Después de haber leído anteriormente sus Memorias de un amante sarnoso, ¿cómo no iba a adquirir este libro, con manos temblorosas, cuando me topé con él?
Unos días más tarde, recibí la invitación a una despedida de soltero que sus numerosos amigos le dedicaban. Para aquellos que no estén familiarizados con esta humillación semipública, el principal motivo de una despedida de soltero –aparte de emborracharse–, es dar a los amigos casados de la víctima la oportunidad no sólo de escapar de sus esposas por una noche, sino de pasar unas horas regocijándose ante las inminentes desdichas del pobre diablo.
(...)
Harpo y yo ideamos una treta brillante. Cada uno de nosotros llevaría una maleta, y al meternos en el ascensor nos despojaríamos de nuestros vestidos. Luego guardaríamos la ropa en la maleta. Cuando el ascensor llegara al piso donde se celebraba la reunión, las puertas se abrirían y nosotros saldríamos como Dios nos trajo al mundo y tocados con nuestros sombreros de paja, portando las maletas. Esto iba a provocar sonoras carcajadas. Además de ser divertido, causaría impresión. Apenas sí podíamos resistir la espera.

Cuando las puertas del ascensor se descorrieron, los dos bromistas hicimos nuestra entrada apoteósica. Pero algo había salido mal. En lugar de las sonoras carcajadas masculinas que habíamos previsto, tres mujeres se desmayaron y el resto empezó a llamar a gritos a la policía. Por lo visto, varias amigas de la novia daban aquella misma noche una cena en el piso superior. En nuestra precipitación, nos habíamos equivocado al oprimir el botón del ascensor.

Presas del pánico, dimos media vuelta, pero se trataba de una puerta automática y ya se había cerrado silenciosamente a nuestra espalda. Allí estábamos, atrapados. Buscamos la escalera, pero no dimos con ella. Aparentemente, algún enemigo nuestro la había hecho desaparecer. Finalmente descubrimos en un rincón una frondosa planta decorativa. Trémulos de confusión, corrimos hacia ella y nos ocultamos detrás.

Las andanzas de nuestro personaje no empezaron en la gran pantalla y ni mucho menos acabaron allí. Nacido en el seno de una amplia familia sin demasiados recursos, comenzó joven en el mundillo de la farándula, después de fracasar como chico de repartos.

Fue acumulando experiencia en teatros locales, participando en espectáculos de variedades a los que pronto se unieron sus hermanos Harpo, Chico, Zeppo y Gummo. Hasta que por fin conseguió debutar y triunfar en Broadway gracias a la financiación de un fabricante de galletas saladas, que quería ver a su amante en escena.

El dinero fluyó, abundante. Después se volatilizó, en el año 29. El cine sonoro se impuso al mudo y muchas, muchas más cosas ocurrieron: Sopa de ganso, Un día en el circo, Una noche en la ópera...
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sábado, 20 de junio de 2009

Las brigadas internacionales de Franco

Hoy toca un libro sobre la Guerra Civil.
El 12 de diciembre, el buque de carga Urundi, registrado en Alemania y con la bandera de la esvástica, echaba el ancla fuera del puerto de Galway, bajo una intensa tormenta. Un remolcador llevó a 550 voluntarios irlandeses hacia el barco, y estos tuvieron que subir con cuerdas hasta la cubierta, sufriendo el azote de la lluvia. Al menos cincuenta hombres no pudieron subir y, una vez que los otros hubieron embarcado, volvieron a la orilla. Un voluntario médico del Urundi se rompió varias costillas cuando el barco cabeceó sobre las olas mientras él atendía a irlandeses mareados. El tiempo no mejoró en todo el trayecto hasta El Ferrol. O’Duffy viajó más cómodamente en un barco que partió de Liverpool con destino a Portugal.

Las brigadas internacionales de Franco, de Christopher Othen, es una obra bastante original. Trata de aquellos extranjeros que se ofrecieron voluntarios… en el "otro lado". Tenemos como muestra a la brigada irlandesa del general O'Duffy: nada más llegar a Cáceres desde Galway, se dice que descubrieron que en España había vino, y claro, se llevaron una alegría. Al ser transferidos al frente de Madrid, se liaron a tiros contra una unidad española del mismo bando.

Poco después, en la batalla del Jarama, tuvieron dos bajas, en una acción que el periódico Irish Independent describió como heroica. Como consecuencia, casi se amotinaron, negándose a volver a combatir al día siguiente por considerarlo poco útil y peligroso. De ahí pasaron directos a la retaguardia.

También se relatan las andanzas y motivaciones de varios aventureros británicos, de fascistas rumanos, belgas o franceses, exiliados rusos del antiguo ejército zarista, trescientos argentinos, siete mexicanos, cinco chilenos y un peruano. Ah, también un actor finlandés. Como indicaba al principio, un libro curioso, ameno y documentado.
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martes, 16 de junio de 2009

Canciones de Beuern

Beuern es una abadía alemana donde se encontraron unos manuscritos con canciones de monjes medievales, los goliardos. Estos traviesillos hombres santos recorrían Europa en plan mendicante, a la que salta, y su filosofía de la existencia se resume así: Istud vinum, bonum vinum, vinum generosum, reddit vinum curialem, probum animosum.

Para que luego se diga que el clero es aburrido. Los Carmina Burana se dividen en varios grupos, según los aspectos que tratan: los gulatorum et potatorum, los amatoria, los moralia et divina, etc. La investigación musicológica consiguió reconstruir las melodías anotadas, si bien, al no existir indicaciones de ritmo o instrumentación, cada grupo que las toca hoy en día lo hace de acuerdo con sus propias propuestas.

Hasta aquí la brevísima historia de los originales. Pero no son estos quizá los más famosos. En los años treinta del pasado siglo, el compositor Carl Orff se topó con las letras y pensó que sería una buena idea crear algo moderno con ellas, una "cantata escénica".

Fortuna imperatrix mundi, el comienzo, se dedica a glosar las vicisitudes de la fortuna y el azar. A continuación, Primo vere elogia la alegría que se siente al despertar la primavera, cuando la sangre bulle. Luego viene In taberna: sin más comentarios.

Cour d'amours dulcifica ligeramente el desmadre, lo hace más delicado, tierno, romántico, del tipo oh, gentil doncella de mis entretelas, permitid que este indigno admirador bese el camino que pisáis, vuestros delicados pies, muá, muá, vuestros finos tobillos, muá, muá, las rodillas, mmmmmm...

Y todo termina de nuevo con el tema de la fortuna, que como la rueda de la vida, se repite de forma circular.

Un ejemplo de su amplia difusión lo tenemos en la banda sonora de la película Excalibur, cuando Perceval le lleva el Grial al rey Arturo y este decide cabalgar por última vez junto a los caballeros que aún le son fieles.

Y nada más, queridos oyentes. Si no hubiera amatoria a la vista, por lo menos que no falten los gulatorum. Hasta la próxima.



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miércoles, 3 de junio de 2009

Matrimonio por interés

Eso del amor está bastante bien, reconozcámoslo. Pero llegados a asuntos de casamentería, conviene establecer unas condiciones previas para que no te toquen en suerte vagos y pretendientes de medio pelo. Hacer ciertas preguntillas, vamos. Como muestra, las que plantea Mijaíl Zóschenko:
Sólo una cosa tengo clara y son las novias que sirven al Estado. Allí no hay engaño: sueldo, clase, categoría... Pero también con ellas te puedes equivocar. Por ejemplo, a mí me gustó una. Nos echamos el ojo. Nos conocimos. Que si esto que si lo otro, ¿dónde está empleada?, le pregunto, ¿cuánto cobra? ¿Qué nivel es el suyo, qué sueldo?
–Estoy empleada en un almacén –me contesta–. Y mi nivel es tal y cual.
–Vaya –le digo–. Merci y perfecto. Usted –le digo– me gusta. Y su nivel me resulta simpático, tampoco el sueldo está mal. Presentémonos.

Zóschenko fue acusado de antipatriota y expulsado de la Unión de escritores en la Rusia stalinista. Un veto con consecuencias muy peligrosas. Sin embargo, no por ello dejó de describir el mundo que le rodeaba con espíritu jocoso. Podemos disfrutar de ese sentido del humor en Matrimonio por interés y otros relatos (1923-1955).

Se trata de una colección de situaciones esperpénticas que, según los testimonios, estaban pensadas para compartir leídas en voz alta: las desventuras amorosas tras la revolución, lo que ocurre cuando toca la lotería, las visitas al dentista del seguro, el alquiler del piso, el funcionamiento de los baños públicos, las diferencias entre los cigarrillos rusos y los extranjeros…

Todos estos y unos cuantos palos más son tocados por nuestro autor. ¿El resultado?

La recomendación de la semana.
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