viernes, 21 de noviembre de 2008

Ojo en el cielo

Si habéis leído a Philip K. Dick, ya sabéis que era capaz de imaginar unas historias asombrosas. Si no lo conocíais y os atrevéis a probar, no os dejará indiferentes. Por ejemplo, en Ojo en el cielo.
–¿Qué hay de nuevo?
–Una escaramuza, mejor dicho, una gran batalla se desencadenó ante nuestros ojos cuando veníamos para acá –explicó Hamilton–. Vampiros de Wall Street, perversos chupadores de sangre, contra heroicos y perspicaces trabajadores, que se lanzaban al combate con la canción alegre en los labios.
Silky le miró con los ojos llenos de incertidumbre.
–¿Hacia qué bando parecía decantarse la victoria?
–Bueno –concedió Hamilton–, la agonizante pandilla de chacales fascistas daba la impresión de que iba a quedar sepultada de un momento a otro bajo el diluvio de divisas llameantes.

Resulta que un grupo de visitantes sufre un accidente en un "desviador de radiaciones protónicas", y al despertar se encuentran viviendo en una realidad alternativa, el escenario surgido del subconsciente de alguno de ellos. Para poder regresar hay que darle un golpe en la cocorota a su creador, pero no es fácil identificarle porque de puertas para afuera todos parecen "normales". Y cuando por fin lo consiguen es sólo para aterrizar en el siguiente universo, y después en otro más, a cuál más peculiar.

Así, habrán de seguir la voluntad de un dios a la antigua usanza, que premia o castiga a la gente por sus acciones (como hacer que te ataque una plaga de langostas). O arreglárselas en un mundo donde el sexo no existe, lo que fastidia bastante al protagonista. Más tarde toma el relevo la psique de una librera paranoica, que ve peligros detrás de cada esquina, y acaban en medio de una revolución soviética en los Estados Unidos, donde el camarada comisario político es quien menos nos podíamos esperar.

Muy bueno.
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